Gloria Liliana Franco Echeverri, ODN
De Ad Gentes a Inter Gentes Celebrando el 60º Aniversario de Ad Gentes Sobre la Actividad Misionera de la Iglesia

Gracias por la invitación a compartir con ustedes durante esta jornada de encuentro.
A Modo de Introducción
Me parece imposible reflexionar sobre la misión, sin hacerlo desde el fundamento de una profunda espiritualidad. La espirituali-dad que nos convoca, justo en el 60º aniversario de Ad gentes, tiene un carácter dinámico e histórico.
Nuestro Dios es el eterno Creador, no para de crear y cuenta con nosotros como co-creadores. Nuestro Dios se encarnó, aconteció en nuestra historia y desde entonces, esa experiencia nos pone de cara a la exigencia de que la fe esté unida a la vida y se constituya en un estímulo para la acción. Con belleza lo expresa un himno de nuestra liturgia: “Y Tú te regocijas, oh Dios, y Tú prolongas en tus pequeñas manos tus manos poderosas. Y estáis de cuerpo entero los dos así creando, los dos así, velando por las cosas1”.
I. La Misión Brota de un Encuentro
La espiritualidad cristiana nos conduce a un estilo de ser y de estar en el mundo. Se traduce en gestos, en opciones, en modos… El modo de Jesús. Ese modo que se bebe en el Evangelio, saboreando la Palabra, contemplando la Persona de Jesús y escudriñando en la historia, en la realidad y entre los pobres, sus rasgos.
Contemplar es un verbo… nos sitúa en la lógica de la acción, lejos de toda pasividad que paraliza. Nos pone en movimiento, nos saca de nosotros. Nos ubica en la dinámica de la encarnación. Lo propio del Dios Trinidad que nos presenta Ignacio de Loyola, en los Ejercicios Espirituales, es ver, nuestro Dios, es un Dios que mira. Así nos lo recuerdan los salmos 33, 53, 104, 139, 13, 84...
La Trinidad está mirando al mundo en su complejidad, en su fragilidad y Dios Trinidad se determina a salvarlo. A hacer redención de la humanidad, y para eso se abaja, se agacha, se hace misión. Lo primero es ver, es contemplar, es conmoverse… es en términos ignacianos “afectarse”. De ahí surge el movimiento, la salida. La amorosa mirada es la que hace posible la efectiva compasión. Esa que nos conduce a ir más allá y la que nos sitúa en dialogo reciproco con las distintas personas y culturas.
Bauman ha dicho que esta es una sociedad líquida, Lipovetsky la ha llamado porosa, Mardones fragmentada, Yun Chul Han, ha dicho que es la sociedad del cansancio… Lo cierto es que es la nuestra, en ella nos corresponde vivir. En ella estamos convidados a la plenitud de la misión.
Y como repetidas veces lo insinuó el Papa Francisco este “mundo contemporáneo está en continua transformación y se encuentra atravesado por múltiples crisis2” A nosotros, inspirados por nuestro Dios Trino, lo que nos corresponde es mirar a lo profundo de nuestro mundo en crisis, en transformación; contemplar para movernos a compasión, ver con reverencia la realidad, para lanzarnos decididos en misión.
La nueva mirada contemplativa sobre la realidad supone un itinerario de apertura, que nos ubica en salida y nos dispone al compromiso. La capacidad contemplativa incluye todas las demás dimensiones de la vida, todas se dan cita en torno a ella. No es un apéndice, un compartimento que se reduce a espacios de oración…es una actitud que nos sitúa de manera nueva ante la vida y nos libera de la prisa, la rigidez de la agenda, el activismo desenfrenado. Nos dispone al cambio, a la transformación y nos permite ver más allá, a la otra orilla. Ver como Dios ve.
La espiritualidad misionera supone un desborde místico que nos conduce a peregrinar, al interior sin tregua, y al exterior sin excusa. Nos moviliza, nos lanza, nos pone en camino. Nos sitúa ahí donde el silencio hace posible que resuene la Palabra, donde la humildad nos permite reconocernos necesitados, donde la fragilidad nos hace recibirlo todo como gracia, donde la urgencia del Reino nos lanza en misión.
II. Distintas Opticas y una ùnica Llamada
La misión ha sido tema central de reflexión en los Sínodos sobre la Evangelización, convocado por Pablo VI y sobre la Nueva Evangelización, convocado por Benedicto XVI. Posterior a ellos, surgieron exhortaciones apostólicas movilizadoras: Evangelii nuntiandi y Evangelii gaudium del papa Francisco. De forma más vertebral otros Sínodos se han desarrollado en torno a temáticas especificas directamente relacionadas con la actividad misionera de la Iglesia. Y este último Sínodo sobre Sinodalidad: comunión, participación y misión, tuvo a la basa de su proceso de escucha, la pregunta: ¿Cómo ser una Iglesia sinodal y misionera?
Existen muchas diferencias teóricas en torno a la misión. Hay quienes la entienden como continuación en la Iglesia de la misión de Jesús. Algunos la interpretan cristocéntricamente, otros reinocéntricamente o en clave neumatológica. Para algunos se reduce a un tratado de misionología y hay quienes la ubican en el ámbito del actuar, del hacer. Algunos conciben la misión ante todo como jerárquica, como realización de un envío y otros desde claves carismáticas, sociológicas, liberadoras, populares. Lo cierto es que independiente de la concepción teológico misionera que tengamos, no hay misión sin experiencia de Dios, sin encuentro que totalice y lance por los caminos del Reino.
La actividad misionera de la Iglesia no tiene su origen en la voluntad, la moviliza el afecto. La llamada definitiva es al amor. Hoy se hace necesaria una verdadera conversión misionera, que supone transformación auténtica de las personas, las estructuras y las instituciones y ello supone aplicación de sentidos:
III. Sentipensar la Misión
a. Mirar más allá, a lo profundo:
Con recta intención y mirada limpia, capaz de reconocer el bien recibido. Afinar la mirada para contemplar lo fundamental: Situados en la ciudad o en los campos; a las puertas del Templo o de camino al Centro Comercial; por los corredores del Colegio o de rodillas frente al Sagrario…allí donde estemos, abrir los ojos para contemplar la vida que fluye en su complejidad y al Dios que habita cada recodo de la historia. Ver al otro al interlocutor como hermano y generar las necesarias dinámicas de diálogo, la mística del encuentro.
Tal y como lo afirma George Agustín, en su libro El desafío de la Nueva Evangelización: “Lo primero es suscitar la disposición a colocar otra vez a Dios en el centro. Solo una opción inequívocamente prioritaria por Dios puede colmarnos de nueva vida…
Cristo, como lo señalan tantos teólogos de la modernidad, es la imagen inédita de Dios y no hay auténtica actividad misionera que no pose los ojos en Él. Se trata de contemplarlo en su pasar por la vida haciendo el bien y en su caminar pascual ofreciéndose. Lo fundamental del anuncio es la Palabra, pero aquella que se hizo Carne y habitó entre nosotros.
Y en ese sentido no se trata de imponer nada, de colonizar. En época de transformaciones el gran anuncio brota del testimonio creíble. Ver las personas y las culturas desde la óptica de Dios, será reconocer las pinceladas del Evangelio que habitan en todo y en todos.
b. Escuchar lo definitivo:
El Sínodo de la Amazonía insistió en que “la escucha conduce a la conversión”. Y por eso la escucha debe ser transversal a la actividad misionera de la Iglesia.
Escuchar lo definitivo, es dejar que resuene eso que tiene poder para cambiarnos el rumbo y conferirle un sentido nuevo a nuestra existencia. Dejar que resuene la Palabra que da vida y el clamor de los más Pobres: Como lo afirma Martin Heidegger, “para comprender algo hay que entrar en el mundo al que ese algo pertenece”. Y ahí, en el escenario de la cotidianidad, donde la vida fluye en su complejidad, es necesario agudizar el oído para escuchar: a Dios que hecho Evangelio se nos revela acercándonos a lo divino y manifestando lo plenamente humano; su Palabra que con vigencia de siglos resuena siempre nueva; la historia, que, saturada de acontecimientos, nos evidencia la urgencia del Reino.
Para generar pensamiento significativo y acción transformadora, es necesario el silencio. Pero, no ese silencio pasivo que paraliza y acomoda, el silencio capaz de fecundar, ese en el que resuenan los acontecimientos, y el Espíritu acontece liberándonos de la velocidad, la superficialidad y la fragmentación a la que culturalmente nos vamos acostumbrando.
c. Oler percibiendo lo que trasciende:
Hay olores que nos devuelven al origen, que nos recuerdan quienes somos; olores que nos evocan la persona amada; olores que olores que nos ponen en camino: que nos incomodan y desinstalan, olores que crean para nosotros escenarios, que evocan lugares.
Oler es condición para existir. Porque respiramos, vivimos. Oler nos sitúa en un contexto especifico. Oler nos sumerge en la cultura, nos acerca a lo plenamente humano y nos lanza a correr riesgos, a percibir la realidad, incluso, a veces padeciéndola. La Iglesia necesita, eso dijo Francisco, de creyentes contemplativos que huelan a oveja, que recuperen la “frescura original del Evangelio”, que sean portadores del Evangelio de la alegría y que lo comuniquen con la sencillez, la profundidad y el gozo de quien se sabe amado. No hay misionero que no huela la realidad, que no huela a la realidad en la que se insertan sus pies.
d. Palpar en todo y en todos, la gracia:
Experimentar la permanente salvación que Él obra en nosotros y a veces también, a través de nosotros. En la Evangelii Gaudium, el Papa Francisco clamó por “evangelizadores que oren y trabajen”, discípulos conscientes de que “la misión es una pasión por Jesús, pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo”. El Papa insistió en que: “Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás”.
El teólogo alemán Johann Baptist Metz, en lo que llamó la difusa postmodernidad de nuestros corazones, señaló que “un estilo de vida fragmentado y superficial puede originar una notable pérdida de sensibilidad, a causa de la cual se debilita nuestra capacidad de compasión con respecto al sufrimiento y, por consiguiente, se obstruyen los caminos hacia la fe. Cuando el deseo se vuelve ciego y el afecto pierde en términos de compromiso, incluso la religión puede reducirse a mera verificación del yo y, por lo tanto, a la lógica del supermercado”.
e. Recordar el origen:
Mantener la memoria del amor que nos confiere identidad: Un mal de nuestro siglo es la amnesia, fácilmente perdemos la memoria y nos sometemos al vértigo del consumo, de la moda, de un sistema que tiende a deshumanizar. No es posible vivir con consciencia, sin vínculo con nuestro origen, con aquellos rasgos, valores y criterios que nos definen. Para favorecer una adecuada actividad misionera es necesario desarrollar: memoria, imaginación, sentido.
Para mantener esta experiencia fundante se requiere poner la mirada en Jesús, reconocerlo como el Centro y la Clave de nuestra existencia y en referencia a Él, ordenar el corazón y desear vivir en estado de conversión, es decir en referencia al origen, al amor primero, a la vocación más auténtica, a lo más radical y profundo del Evangelio.
f. Elogiar la cotidianidad como lugar sagrado:
De la manifestación de Dios. Él acontece en todo y en todos. Sólo abrir los ojos y lo reconocemos. Dios está en todo por presencia y por ausencia. Porque todo nos grita su nombre o porque toda evidencia que se le necesita.
Hay un cuento de Antoni de Mello que me gusta mucho: Dice que alguien le reclamaba a Dios diciéndole: dónde estabas y que hiciste, cuando hubo guerra… hambre…maltrato… violencia. Y que Dios sonriendo le dice: estaba en Ti, te hice a ti.
Dios se manifiesta en lo cotidiano, incluso en esta cotidianidad colmada de complejidad y sufrimiento. Ahí está… justo con las víctimas, del lado de los que sufren. Sólo abrir los ojos y verlo. La espiritualidad cristiana, nos exige tener los ojos abiertos.
g. Reconocerlo habitando en todas las criaturas:
La sacralidad de todo lo creado. También allí, donde hay bien, bondad y belleza esta Dios. Donde la naturaleza nos desborda y nos produce plenitud. Él habita en todo y en todos. Es el incansable Hacedor, no para de crear y recrear. En toda realidad, por más cruda y dura que aparezca, hay una posibilidad germinal, que brota de la fe y del poder de lo comunitario, de lo que se teje y se construye con otros, y ahí, justo ahí, radica nuestra confianza. Brota de la certeza de que todo es “Historia de Salvación”.
Dios no se agota, Él se derrocha en toda su plenitud con cada persona que con humildad le abre el corazón y le hace espacio. Él se empeña en habitar cada geografía humana con estilo propio. Leon Felipe lo expresa así: “Para cada hombre guarda un rayo nuevo, de luz el sol y un camino virgen Dios”.
IV. De Ad Gentes a Inter Gentes:
Cuando pensamos en las formas de la misión, posamos la mirada sobre la misión “Ad gentes” que tiene en el corazón de su intencionalidad la proclamación del Evangelio, unida a la solidaridad real con los pobres, al reconocimiento de su dignidad, y al mejoramiento de las condiciones de calidad de vida. Supone ir más allá, a la otra orilla.
Entre 1990 y 2005, hubo un auge de comprensión de la misión ad gentes como envío de misioneros al extranjero. Así lo concibieron sobre todo muchas congregaciones religiosas. Se ampliaron los canales del diálogo entre culturas como base para la acogida del Evangelio.
La Encíclica Redemptoris Missio de Juan Pablo II, fue clave en la comprensión de la misión ad gentes, dirigida especialmente a los no cristianos:
Esta encíclica presenta la misión como un estilo de acción o actividad respetuosa con la libertad (RM 8.11.39), con la dignidad de las personas (RM 29.42.58), con los derechos de las naciones y de los grupos humanos (RM 28.52); pide que sea realizada desde la actitud de diálogo ecuménico e interreligioso (RM 20.25.29.50.55). La Redemptoris Missio armoniza los diferentes y contrastantes aspectos de la misión como diálogo y proclamación, salvación y promoción humana, escatología y tiempo. Entiende la misión como respuesta de la iglesia a diferentes desafíos de nuestro tiempo: emigración (RM, 32.37.40.82), urbanización (RM 32.37), relativismo (RM 11.36), secularización del concepto de salvación (RM 8.11.50), materialismo y añoranza de lo sagrado (RM 32.38.50). Así mismo, esta encíclica clarifica y redefine el concepto de evangelización de la EN.
Utiliza la palabra misión para referirse a la actividad de la iglesia, mientras que el término evangelización es reservado para la proclamación de la Palabra en todas sus formas. La encíclica entiende que la pasión por la misión ha sido durante la historia de la iglesia una señal de vitalidad y renovación, mientras que su falta ha ido acompañada de una crisis de fe (RM 2). La encíclica entiende la misión como missio ad gentes y nueva evangelización3
Todos estamos llamados a caminar de dos en dos y a salir de nuestros pequeños cálculos y comodidades para servir allí donde la vida clama. La misión urge en todo tiempo y en todo contexto. La misióloga Kirsteen Kim expresó:
«La misión de Dios es mayor que cualquier iglesia y es en este amplio movimiento en el que participan todas las iglesias en el mundo. La missio Dei se derrama por doquier, cruzas fronteras y es llevada adelante a través del mundo por el viento del Espíritu. Ella no tiene un único origen4”.
Subyace pues a este modelo de misión ad gentes, la proclamación explicita de Jesucristo, la idea de la hospitalidad reciproca, de la mutua acogida que favorezca el encuentro. Esto desde el reconocimiento de que la misión no consiste sólo en anunciar a Jesús, sino también en trabajar decididamente por el Reino ayudando al desarrollo humano integral.
Estos últimos años se ha anclado el concepto de misión inter gentes, de tal manera que se amplía una concepción de la misión más encarnada, capaz de entrar en diálogo con las distintas realidades. La misión entre las naciones pone énfasis en el encuentro, en el diálogo con la realidad, en el “con” otros, encorresponsabilidad y desde redes de compromiso y participación compartida.
“La expresión tradicional «missio ad gentes» se centra en el porqué, qué y quién: justifica la necesidad de misión y su contendido y se articula desde la perspectiva de los misioneros que llegan a los todavía no bautizados. La expresión «missio inter gentes» centra la atención en el cómo realizar la misión, lo cual presupone y a la vez modifica el porqué, el qué y el quién5”.
La diferencia fundamental entre los dos modelos aparece en la forma de abordar el pluralismo religioso. “La misión no ha de ser entendida como confrontación, sino como relación y creación de relaciones, diálogo y consenso, armonía y solidaridad. Lo que se pretende es que el evangelio cristiano y las iglesias locales hagan una auténtica inmersión en las realidades…6”.
V. Somos Misión
Contemplar la realidad nos conduce a optar con Jesús y como Él, por El Reino, por lo plenamente humano, por la persona en todo su milagro y su miseria. El camino, el proceso, el pan partido, el encuentro con los amigos para juntos hacer posible la vida; la poesía y la profecía; el lugar solitario para orar y la muchedumbre para comprometernos; el Templo para que resuene la palabra y la casa del pecador para hacer posible la misericordia, la plaza pública para levantar a la mujer caída y la cena entre amigos para actualizar la fraternidad.
La identidad cristiana se consolida en lo comunitario: una cena entre amigos, Pentecostés, la Eucaristía. La experiencia de Dios nos conduce a fortalecer la dimensión comunitaria, nos hace más aptos para buscar el bien común, para partir el pan y ofrecer la vida; para buscar la justicia y jalonar la paz. Con Jesús, nos hacemos partícipes, cocreadores de su proyecto de Vida para la humanidad, Él quiere contar con nosotros para continuar su obra. La realidad es inédita y sumergidos en ella, buscamos la mejor manera de ser las manos y el corazón de Dios.
Dios clama desde la realidad. La realidad es compleja es un entretejido variopinto, repleto de diversidad. Es imposible conocerla y abrazarla desde criterios y parámetros tradicionales, tampoco desde esnobismos sin Espíritu. Ante la complejidad de la realidad, no es posible abrigarse en caparazones que nos den seguridad y nos limiten para ser de los demás.
Él acontece en la vida, en todo y en todos, Él se nos va revelando. Se necesita actitud consciente, estar despiertos, con los ojos y el corazón abiertos, se requiere una nueva mirada, y esa mirada debe ser contemplativa. Nuestra petición constante como creyentes, debe ser: mirar como Dios mira.
Nuestro Dios no está acomodado en su cielo. Es el Dios encarnado, el Dios con Nosotros, el Dios de Jesús, el Abba que nos enseñó que el amor se compromete, se ofrece, que en todo ejercicio de auténtico amor hay kenosis y que sólo es amor, si es hasta el extremo. No puede haber dicotomía entre fe y vida. La historia de nuestra vida, de nuestras opciones, es la historia de nuestra fe.
Creerle a Jesús e insertarnos a su estilo, en los distintos recodos de la historia, supone que escuchemos la realidad en la que Dios acontece y se manifiesta. Nos lleva a tomar decisiones, a reformar la vida, a cambiar de espacio geográfico o existencial. Nos dispone para lo nuevo, para lo insospechado. Nos reviste de fortaleza para lo impensable. Y nos hace “salir” de lo propio, de lo que acomoda, de lo que instala… Y en este hoy complejo e incierto de la realidad, eso requiere discernimiento, otear lo que el Espíritu quiere y que nos dispone para el “más”, que muchas veces es el menos, lo último, lo difícil, el descampado, la cruz.
La misión es una andadura que nos conduce a desentrañar las huellas de Dios en la realidad y sólo adquiere su pleno sentido en la medida en que nuestro corazón se va transformando en un corazón, semejante al de Jesús, apasionado por Dios y por la humanidad. Y una consecuencia más es que nos hace: TESTIGOS DE LA ESPERANZA.
Muchas gracias por esta invitación y buen encuentro.
Himno de la Liturgia de la Horas: Alegre la mañana.
Mensaje del Papa Francisco para el lanzamiento del Pacto Educativo Global. Vaticano, 12 de septiembre de 2019.
cf. K. Müller. « La mission de l’Église de Vatican II à Redemptoris Missio ». Spiritus 33 (1992) 147-159.
K. KIM. Joining in with the Spirit: Connecting World Church and Local Mission. London: Epworth Press, 2009, p.284.
Cfr. Luis Alberto Gonzalo Díez. «La ‘missio inter gentes’ o la cuestión de ser». Imágenes de la Fe 446 (octubre 2010).
JOSÉ CRISTO REY GARCÍA PAREDES. Complices del Esppiritu, el nuevo paradigma de la misión. Madrid: Publicaciones Clareatianas, 2014, p. 97.