Dios opta por los pobres Una relectura latinoamericana de la Dilexi te

Edgardo Alfredo Guzmán Midence, CMF

Introducción

La segunda parte de la exhortación apostólica Dilexi te nos sitúa en el centro neurálgico de la misión eclesial: la opción de Dios por los pobres. El presente artículo se centrará de manera específica en este segundo capítulo, el cual se despliega en tres ejes fundamentales que articulan la identidad de la Iglesia: la fundamentación teológica de la opción por los pobres (números 16-17), la figura histórica y salvífica de Jesús como Mesías pobre (números 18-23) y el desarrollo de la misericordia hacia los pobres en la Biblia (números 24-34).

Para asegurar que esta reflexión no se reduzca a un ejercicio meramente intelectual, resulta imperativo realizar su lectura desde las coordenadas del propio contexto eclesial, allí donde se encarna y desarrolla la misión cotidiana. Por ello, en este artículo se propone una relectura en clave latinoamericana. Según las últimas estadísticas de la Agencia Fides, el 64.2% de los católicos del mundo viven en América 1 , esto convierte al continente americano en el “pulmón espiritual” de la Iglesia universal. De hecho, la procedencia de los dos últimos pontífices se arraiga en el horizonte histórico y cultural de América Latina.

Esta preeminencia demográfica y pastoral coexiste, no obstante, con una contradicción estructural profunda, dado que el continente americano se confiesa mayoritariamente cristiano (entre un 86-89%), mientras padece una asimetría social que constituye una de las brechas de desigualdad más escandalosas del planeta. Como bien ha planteado Gustavo Gutiérrez, esta contradicción nos obliga a preguntarnos cómo es posible que en sociedades marcadas por el bautismo cristiano persista una desigualdad tan profunda que condena a las mayorías a la insignificancia y la exclusión. Semejante escenario deja de ser un simple diagnóstico sociológico regional para convertirse en una interpelación directa a la autenticidad de la fe y a la coherencia de la misión eclesial en su propio territorio.

En un mundo que privilegia la «civilización de la riqueza. Esta hace de la acumulación del capital el motor de la historia y de su posesión y disfrute el principio de humanización» 2 . La opción por los pobres se convierte en la respuesta de los discípulos y misioneros de Jesús. Ellos prosiguen la misión de anunciar el Reino como expresión del amor divino. Esta es la razón de la presencia de Cristo entre nosotros: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único (Jn 3,16)»3 . La segunda parte de la Dilexi te aborda la predilección de Dios por los desvalidos en contextos de marginalidad y sufrimiento; en ella se desarrolla lo que Gutiérrez denomina «la memoria preferente de Dios por los oprimidos». Para un seguidor de Jesús, esto constituye un criterio fundamental de discernimiento y de compromiso frente a las realidades que desafían la vivencia del Evangelio.

1. La opción por los pobres: Un proyecto de amor [16-17]

Esta exhortación apostólica nos permite redescubrir la opción por los pobres no como una decisión política, sino como respuesta a quién es Dios: «Dios es amor misericordioso y su proyecto de amor, que se extiende y se realiza en la historia, es ante todo su descenso y su venida entre nosotros para liberarnos de la esclavitud, de los miedos, del pecado y del poder de la muerte» (DT 16). El documento pontificio inicia deconstruyendo la premisa que sostiene que la opción por los pobres se reduce a una categoría puramente sociológica o ideológica. Frente a las lecturas reduccionistas que intentan encasillar esta praxis en agendas políticas, el texto magisterial fundamenta que se trata ante todo de una cuestión teologal que tiene que ver con el núcleo de la fe cristiana.

El descenso de Dios

La salvación es un proceso descenso. Entre las muchas formas que Dios pudo escoger para revelarse, en la tradición judeocristiana se manifiesta como un Dios que desciende. Dios no nos ama en abstracto. Su proyecto salvífico es un descenso. De este modo lo recuerda el libro del Éxodo: «El Señor le dijo: — He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Y he bajado a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa» (Ex 3, 7.- 8). Dios no ama “desde lejos”, sino que se “abaja” a la historia (trans-descendencia) para liberar al ser humano, de la esclavitud, el miedo y la muerte.

Dios se dirige a sus criaturas, «haciéndose cargo de su condición humana y, por tanto, de su pobreza. Precisamente para compartir los límites y las fragilidades de nuestra naturaleza humana» (DT 16). Esta exhortación apostólica pone en evidencia que Dios, al encarnarse, desciende para abrazar la pobreza radical de la condición humana: la muerte. Jesús no solo vivió en la precariedad material, sino que se solidarizó con el ser humano en su finitud absoluta. Esta solidaridad y cercanía divina con los pobres, revela en palabras de Gustavo Gutiérrez:

La profundidad y complejidad de su mundo. La verdad es que “la pobreza significa, en última instancia, muerte”, temprana e injusta. Muerte física por la carencia de los medios más elementales para satisfacer las necesidades primarias como el hambre o enfermedades que la humanidad ha logrado vencer, pero que siguen siendo letales en los países pobres, donde también son las primeras víctimas de los desastres naturales. A esto se agrega una suerte de muerte en vida por exclusión social: a los pobres e insignificantes no se les reconocen sus derechos y su dignidad como seres humanos, ni se aprecian sus valores culturales; son materia de lo que Francisco llama “una economía de la exclusión y la iniquidad. Esa economía mata” (EG 5). La pobreza destruye personas, familias y pueblos. Por eso, ser pobre hoy llama cada vez más a empeñarse en la lucha por la justicia y la paz, defender su vida y su libertad, buscar una mayor participación democrática en las decisiones de la sociedad, organizarse “para una vivencia integral de su fe” (Doc. Puebla 1137) y comprometerse en la liberación de toda persona humana4 .

Preferencia, no exclusivismo

Dilexi te sienta las bases para abordar teológicamente la «opción preferencial por los pobres». Esta categoría, acuñada formalmente en el contexto eclesial latinoamericano durante la III Conferencia General del Episcopado en Puebla (1979), alude a una primacía de amor que elude cualquier tipo de exclusivismo o discriminación. Aunque el término «preferencia» históricamente ha suscitado reparos y divergencias hermenéuticas, la reflexión magisterial constata que dicha opción no comporta la exclusión de ningún ser humano, sino que define el orden de prioridad de la caridad divina.

Frente a este debate, el propio Gustavo Gutiérrez advierte que se trata de «un temor infundado en cuanto a la fórmula misma, puesto que la palabra pre-ferencia (del latín prae-ferre: llevar primero, poner delante) comprende ya la idea de algo que es primero, y de ningún modo elimina segundas o terceras instancias. Ocurre lo mismo con el vocablo prior-idad. Dice, simplemente que los últimos deben ser los primeros en nuestra solidaridad (Mt 20,16)» 5.

Las fuentes bíblicas de esta predilección remiten al horizonte del amor gratuito de Dios, una realidad que se revela universal y preferente a la vez. Precisamente en esta dualidad reside su radicalidad. En este sentido, la opción por los pobres comporta una doble impronta de la gratuidad: por una parte, se fundamenta en la iniciativa soberana del Dios del Reino que «nos amó primero» (1Jn 4,19); por otra, se traduce en una praxis solidaria en la lógica evangélica de «den gratis lo que recibieron gratis» (Mt 10,8). Esta dinámica exige prescindir de toda lógica de retribución, actuando en virtud del valor intrínseco y la dignidad que el propio necesitado reclama 6.

La debilidad de Dios

«Desde el comienzo, la Escritura manifiesta con mucha intensidad el amor de Dios a través de la protección de los débiles y de los que menos tienen hasta el punto de poder hablar de una auténtica “debilidad” de Dios para con ellos» (DT 17). Esta afirmación explica las numerosas páginas del Antiguo Testamento que revelan el rostro de un Dios que toma partido en defensa de los pobres y de los sectores más vulnerables de la sociedad. El «Dios que camina con su pueblo» se manifiesta como amigo y liberador: aquel que escucha el grito de aflicción y desciende para socorrer a los oprimidos (Ex 2,23-3,10).

Por este motivo, la Alianza exige que el pueblo asuma la defensa de los desvalidos y salga a su encuentro, reconociendo que atender el clamor de quienes sufren y restaurar su dignidad constituye una tarea fundamental. En este imperativo ético se sostiene la acción profética, la cual, al amparar al huérfano, a la viuda y al forastero, encuentra en la fidelidad divina el fundamento para denunciar la injusticia y la esperanza de un orden social que garantice el derecho de los oprimidos. De este modo, solo bajo la moción del Espíritu resulta posible anunciar la buena nueva a los pobres (cf. Is 61,1-3), así como buscar a Dios y la justicia de su Reino (cf. Sof 2,3) 7.

2. Jesús, mesías pobre y de los pobres

[18-23]

Después de delinear la base veterotestamentaria de la predilección de Dios por los pobres y el deseo divino de responder a su grito, la exhortación presenta a Jesús de Nazaret como su plena realización. El papa Francisco, en el Mensaje para la V Jornada Mundial de los pobres, lo expresó de este modo: «Jesús no sólo está de parte de los pobres, sino que comparte con ellos la misma suerte. Esta es una importante lección también para sus discípulos de todos los tiempos» 8.

La encarnación como pobreza radical

La máxima expresión de la cercanía de Dios hacia pobres la encontramos en el misterio de la encarnación de Jesús. En su encarnación, el Hijo de Dios «se vació de sí y tomó la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres» (Flp 2,7). En esa misma línea de sentido teológico, Pablo afirma: «Ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza» (2 Cor 8,9). Las imágenes de estos textos resultan reveladoras, tienen el proposito de comunicar que Jesús «siendo Dios se hizo uno de nosotros; ‘hacerse pobre’ sería equivalente a hacerse ser humano y vulnerable por solidariedad con los otros» 9.

Los evangelios describen a un Jesús plenamente humano y sencillo. «Paso como uno de tantos» (Flp 2, 7). Su existencia estuvo marcada por la pobreza. Esta realidad incidió en cada aspecto de su vida. Al respecto, Dilexi te proporciona una descripción detallada de cómo la vida de Jesús transcurrió en condiciones de precariedad material. Esta realidad es visible desde su nacimiento, según el relato lucano: «No había lugar para ellos en el albergue» (Lc 2,7), hasta su crucifixión, dado que no hubo un lugar acogedor ni siquiera a la hora de su muerte, pues lo condujeron fuera de Jerusalén para crucificarlo: «Lo condujeron al Gólgota, que significa Lugar de la Calavera» (Mc 15,22).

El documento pontificio destaca que en esa condición de desamparo se sintetiza con claridad la pobreza de Jesús, afirmando que «se trata de la misma exclusión que caracteriza la definición de los pobres: ellos son los excluidos de la sociedad. Jesús es la revelación de este privilegium pauperum» (DT 19). En sintonía con esto, Gustavo Gutiérrez señala que Jesús al asumir esta condición de la «no-persona» (el excluido) revela el verdadero rostro del amor divino 10.

Jesús pone su “cátedra de redención” entre los excluidos

De este modo, la trayectoria terrena de Jesús, delimitada cronológicamente entre el pesebre y la cruz, encarna de manera radical aquella exclusión estructural que caracteriza la condición de los pobres. Monseñor san Óscar Romero en una homilía del 24 de diciembre de 1978 expresó estas palabras que recogen muy bien el sentido de esta identificación de Jesús con el mundo de los excluidos: «la Iglesia se predica desde los pobres y no nos avergonzaremos nunca de decir “la Iglesia de los pobres”, porque entre los pobres quiso poner Cristo su cátedra de redención» . Precisamente entre los excluidos, cargando con el pecado del mundo para transformarlo.

Al situar su «cátedra de redención» en medio de los pobres, Cristo no solo elige un lugar geográfico o social. Él establece una metodología de sanación para un mundo herido por estructuras injustas. Esta cátedra enseña que la verdadera liberación no se logra únicamente con estrategias externas o negociaciones técnicas. Redimir el mal estructural exige, en palabras de Sobrino, combatirlo «desde dentro». Jesús asume la fragilidad extrema y se deja triturar por la violencia del sistema. Así, el «plus» de sufrimiento que conlleva la redención se convierte en un acto de solidaridad absoluta. Cristo transforma la víctima en el eje de la historia. De este modo, la pobreza deja de ser solo una carencia para convertirse en el espacio donde el amor paga el precio de la libertad. Esta lección de la cátedra de los pobres redefine la esperanza: solo quien carga con el peso de la injusticia tiene el poder real de erradicarla 12.

Jesús anuncia la Buena Noticia a los pobres (Lc 4,18)

La Dilexit te destaca el comienzo del ministerio público de Jesús. El evangelio de Lucas lo presenta en la sinagoga de Nazaret leyendo el libro del profeta Isaías y aplicándose a sí mismo la palabra del profeta: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres» (Lc 4,18; Is 61, 1). El Espíritu lo unge y lo envía. Se trata de la misión del mesías. La idea central de este pasaje es que la Buena Nueva del Reino debe ser anunciado a los pobres, quienes poseen la primacía en la recepción de este mensaje.

El texto profundiza en la identidad de estos «pobres», señalando a quienes sufren situaciones de opresión y marginación que demandan una liberación urgente. En este análisis se identifican también las causas estructurales de la pobreza: la injusticia social, la falta de amor y el pecado de quienes sostienen dicho orden. La mención triple y deliberada de «cautivos, ciegos y oprimidos» emplea un «paralelismo sinonímico», recurso retórico que refuerza el concepto de pobreza y enfatiza que la liberación tiene un alcance integral. La proclama de libertad constituye, en sí misma, la buena noticia; un mensaje que resonaba con especial fuerza para quienes, habiendo vivido el cautiverio en tierras extrañas, comprendían profundamente la promesa del profeta.

¡La evangelización de los pobres! Es bien sabido cuán crucial es este tema para Lucas, pero veinte siglos de predicación nos han enseñado también con qué facilidad se puede traicionar su sentido. Nada de lo que el evangelista relata nos autoriza a dar una interpretación puramente «espiritual» de los pobres o de la pobreza. Por el contrario, los pobres constituyen, de manera muy concreta, aquellos sujetos privados de la participación equitativa en los bienes de este mundo. Como bien puntualiza Gustavo Gutiérrez, en sintonía con el pensamiento de Hannah Arendt, la pobreza trasciende la mera carencia material para convertirse en una desposesión civil y ontológica, pues el pobre es, fundamentalmente, «aquel que no tiene derecho a tener derechos» 13.

Esta tendencia a la «espiritualización» ha causado un daño inmenso a la Iglesia y, de forma más específica, a la vida religiosa, pues la ha distanciado de su intención original: la búsqueda de la justicia y la equidad. Para los primeros hombres y mujeres que se retiraron al desierto de Egipto, el compromiso de vivir como pobres y socorrer al necesitado – primero con el propio patrimonio y después con el trabajo manual – tenía un sentido extremadamente real. Esta fue una preocupación central en todo el monacato antiguo: «El Señor ha dicho: “Ve, vende lo que posees, dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; ¡y ven, sígueme!” (Mt 19,21). Aquel que renuncia a cualquier propiedad con este fin, no debe actuar con desprecio hacia sus bienes... sino distribuirlos con caridad él mismo, si es capaz y tiene experiencia suficiente, o bien a través de intermediarios elegidos y probados» 14.

La conclusión de este segundo apartado de la exhortación apostólica explicita que el compromiso con la promoción y el desarrollo integral de los sectores más desprotegidos no es una añadidura ética, sino una consecuencia directa e ineludible de la fe en un Cristo que se abajó y se identificó con los marginados. Frente a la claridad de este imperativo en el testimonio de las Sagradas Escrituras, el texto problematiza la persistencia de posturas eclesiales que pretenden desvincular la vivencia de la fe de la solicitud y el cuidado real de los desposeídos (DT 23).

Esta advertencia sintoniza con el magisterio previo expuesto en Evangelii gaudium, donde se denuncia que la manifestación más grave de exclusión hacia los pobres radica, paradójicamente, en el abandono de su dimensión espiritual. Dado que los sectores populares suelen manifestar una profunda disposición hacia la trascendencia, la Iglesia no puede privarlos del acompañamiento pastoral, la vida sacramental y el anuncio del Evangelio. Por consiguiente, la opción preferencial por los pobres no se agota en la asistencia material, sino que exige, de manera primordial, una praxis que priorice su atención religiosa y su maduración en la fe (EG 200).

3. La misericordia en la Biblia: la prueba del amor [24-31]

En la tercera sección del segundo capítulo se profundiza en el sentido bíblico de nuestra relación con los excluidos y en el lugar privilegiado que los pobres ocupan en el Pueblo de Dios, tal como lo expuso el papa Francisco en Evangelii Gaudium (197-201). La Exhortación Apostólica nos sitúa en el corazón de la buena nueva: la fusión de los mandamientos del amor.

El mandamiento único

El apóstol Juan nos plantea una lógica de verificación que no admite matices: «Si uno dice que ama a Dios mientras odia a su hermano, miente; pues si no ama al hermano suyo a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y el mandato que nos dio es que quien ama a Dios ame también a su hermano» (1 Jn 4,20). Este interrogante rompe cualquier intento de refugiar la fe en un espiritualismo abstracto o en un culto desvinculado de la realidad.

Como bien ha señalado Gustavo Gutiérrez, el amor al prójimo no es un apéndice de la fe, sino la prueba tangible de su autenticidad. En el horizonte de la «unidad de la historia», Gutiérrez nos recuerda que no existen dos compartimentos separados para lo sagrado y lo profano. El Dios invisible se hace «visible» y nos interpela a través del rostro del hermano, especialmente del «insignificante» o la «no-persona». Por tanto, la proximidad al pobre no es una opción secundaria, sino la mediación necesaria para que nuestro amor a Dios sea verdadero y no una mera elucubración conceptual 15.

En su respuesta al doctor de la ley, Jesús realiza una operación revolucionaria: toma el Shemá de Israel (Dt 6,5) y lo funde con el precepto del Levítico (Lv 19,18). Al unirlos, Jesús establece que el amor a Dios y el amor al prójimo son dos amores distintos, pero inseparables.

Esta fusión nos exige pasar de una religión de ritos a una fe de seguimiento. Jon Sobrino enfatiza que este movimiento nos obliga a mirar hacia abajo, allí donde «Cristo puso su Cátedra de redención». Para Sobrino, el amor al prójimo como a uno mismo exige una «honestidad con la realidad»: no es posible confesar que Dios es el único Señor si permitimos que los ídolos de la riqueza y el olvido sigan oprimiendo a sus hijos preferidos. El amor a Dios, si es auténtico, nos desplaza necesariamente hacia el servicio y la defensa de la vida del otro, especialmente de los pobres 16.

El protocolo del juicio final (Mt 25,40)

La llamada del Señor a la misericordia encuentra su expresión más radical y definitiva en la gran parábola del juicio final. Este texto no es una mera descripción del futuro, sino el criterio de verificación del presente: «Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40). En este punto, la Exhortación Apostólica presenta la clave para una auténtica vida cristiana, recordándonos que Mateo 25 es el protocolo real sobre el cual seremos juzgados (Cf. DT 28).

Como señaló Jon Sobrino, este texto nos sitúa ante la «santidad primordial»: aquella que no se entiende ni se vive al margen de la respuesta ética ante el sufrimiento del hermano. La santidad de abajo. Para Sobrino, el juicio no se basa en el cumplimiento de leyes abstractas, sino en la capacidad de dejarse afectar por la realidad del otro, reconociendo en el pequeño la presencia sacramental de Cristo 17 .

En esta misma línea, las obras de misericordia se presentan como el signo de autenticidad de nuestro culto. Un culto que alaba a Dios pero que, si es verdadero, debe transformarnos por el Espíritu para hacernos imagen de la misericordia de Cristo hacia los más débiles. La relación con el Señor en la oración y la liturgia tiene la tarea fundamental de liberarnos del riesgo del cálculo y del interés, y ensanchar nuestro corazón en el horizonte de la gratuidad (Cf. DT 27). La gratuidad es el núcleo del Reino de Dios por ello, el consejo de Jesús de invitar al banquete a los pobres, lisiados y ciegos (Lc 14,12-14) rompe la lógica de la retribución. Al elegir a quienes no tienen cómo retribuirte, entramos en la dinámica de un Dios que nos amó primero de forma gratuita e inmerecida.

El segundo capítulo de la Exhortación finaliza con una llamada radical: «Las palabras fuertes y claras del Evangelio deberían ser vividas “sin comentario, sin elucubraciones y excusas que les quiten fuerza. El Señor nos dejó bien claro que la santidad no puede entenderse ni vivirse al margen de estas exigencias suyas”» (DT 28). Gustavo Gutiérrez advertía que la reflexión teológica no debe oscurecer el sentido directo del llamado de Jesús, pues los aparatos conceptuales a menudo sirven para alejarnos de la realidad sufriente en lugar de acercarnos a ella. La santidad, por tanto, se juega en la capacidad de abrazar estas exigencias con valentía, entendiendo que el servicio al más pequeño es el lugar donde el amor de Dios llega a su plenitud y donde la historia humana encuentra su verdad definitiva. Esta exigencia de fidelidad histórica y evangélica, que rehúsa cualquier neutralización teórica del sufrimiento, halla su reflejo originario en los albores del cristianismo.

El testimonio de las primeras comunidades cristianas

La vida de las primeras comunidades cristianas, narrada en el canon bíblico, no se fundaba en análisis teóricos ni en proyectos humanos, sino que su programa de caridad brotaba directamente del ejemplo vivo y las palabras de Jesús. Este estilo de vida se nos ofrece hoy como un testimonio de la fe que obra necesariamente por medio de la caridad, convirtiéndose en una exhortación permanente para todas las generaciones de creyentes. Para estas comunidades, la fe no era una afirmación abstracta; la Carta de Santiago es tajante al advertir que la fe carece de sentido si no se traduce en gestos concretos. Santiago cuestiona con energía:

«¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso esa fe puede salvarlo? ¿De qué sirve si uno de ustedes, al ver a un hermano o una hermana desnudos o sin el alimento necesario, les dice: “¿Vayan en paz, caliéntense y coman”, y no les da lo que necesitan para su cuerpo? Lo mismo pasa con la fe: si no va acompañada de las obras, está completamente muerta» (St 2,14-17).

Esta exigencia de coherencia alcanza una fuerza estremecedora en la denuncia contra la injusticia social y la acumulación de riquezas. La Palabra de Dios advierte que el oro amontonado y el lujo desmedido son testimonios contra quienes los poseen, mientras que el clamor de los trabajadores a quienes se les ha retenido el salario llega directamente a los oídos del Señor del universo. Esta advertencia bíblica es un mensaje directo y elocuente que no admite relativizaciones ni elucubraciones que debiliten su fuerza exhortativa. Cerrar el corazón al hermano en necesidad, viviendo en la abundancia, hace imposible que el amor de Dios permanezca en el creyente (DT 30).

Un ejemplo fundamental de cómo estas comunidades resolvieron sus desafíos prácticos lo encontramos en el libro de los Hechos de los Apóstoles, específicamente en la atención a las viudas (Hch 6,1-6). Ante el descontento de los judíos de cultura griega por la desatención de sus viudas extranjeras, los apóstoles no respondieron con discursos doctrinales, sino con una reorganización del servicio. Pusieron en el centro la caridad hacia todos, pidiendo a la comunidad buscar personas sabias y estimadas para confiarles el «servicio de las mesas». Este gesto demuestra que la organización eclesial nació para servir y para asegurar que nadie, especialmente los más débiles y extranjeros, quedara fuera de la protección de la caridad (DT 31-32).

Este compromiso con los pobres marcó de tal manera la identidad de la Iglesia primitiva que, cuando Pablo consultó a los apóstoles en Jerusalén para asegurar la validez de su misión, el único encargo explícito que recibió fue que «no se olvidase de los pobres» (Ga 2,10). Pablo asumió esta tarea organizando colectas y enseñando que la generosidad es un verdadero bien para quien la práctica, pues «Dios ama al que da con alegría».

La vida de estas comunidades nos enseña que el auxilio al pobre no es un añadido, sino que permite que la luz despunte «como la aurora» y que las heridas propias comiencen a cicatrizar (Is 58,8). A lo largo de los siglos, este testimonio ha sido la semilla fecunda que interpela a los cristianos a realizar obras de amor que transforman la realidad.

Conclusión: Dejarnos evangelizar por los pobres

El papa León XIV en la Exhortación Dilexi te hace un llamado urgente a redescubrir la centralidad de los pobres en la vida y la misión de la Iglesia. Invita a contemplar la realidad de la pobreza desde la fe cristiana, entendida como un verdadero lugar teológico-espiritual, descubrimos que posee una dimensión teologal profunda: la predilección gratuita de Dios por ellos; y una dimensión cristológica definitiva: la presencia sacramental de Cristo en sus rostros 18 . Solo en la medida en que, como creyentes, seamos capaces de ver a los pobres bajo esta luz, su interpelación y su oferta de salvación para el mundo de la abundancia podrán ser recibidas en toda su radicalidad.

Como bien señala Jon Sobrino, «fuera de los pobres no hay salvación»; una afirmación que no apela a una superioridad moral intrínseca de los marginados, sino al hecho de que en su vulnerabilidad se custodia una reserva de humanidad capaz de fracturar la lógica del cálculo y el egoísmo social. Dejarse evangelizar por ellos implica reconocer que las periferias poseen razones para vivir que suelen diluirse en las sociedades opulentas. Al devolvernos la verdad de la condición humana, los desaposesionados enseñan lo que Gustavo Gutiérrez denomina la «gratuidad del amor» 19 : una entrega que prescinde de la retribución y rompe el círculo del interés.

Con el propósito de encarnar esta reflexión teórica en una praxis teológico-pastoral concreta, se recuperaron diversos testimonios de personas en situación de calle que habitan en las inmediaciones de la Plaza de San Pedro, en Roma. Este acercamiento se produjo en el marco de la Lectio Divina que, el último martes de cada mes, organizan las Hermanas Misioneras de San Antonio María Claret. La participación en estos espacios de oración facilitó una aproximación metodológica a lo que Gutiérrez describe como el «reverso de la historia»: una lectura de la realidad desde la perspectiva de quienes han sido invisibilizados por el sistema vigente. Al indagar en el diálogo con ellos sobre las razones de la opción divina por la vulnerabilidad, sus respuestas develaron aquello que Sobrino categoriza como «santidad primordial», es decir, la fe que germina directamente de la lucha cotidiana por la existencia.

A modo de ilustración de este dinamismo, se presenta el testimonio de una mujer en situación de desamparo, cuya palabra desentraña con lucidez este protocolo de amor:

¿Por qué Dios opta por los pobres? ¿Qué significa eso para ti?

«Para poner fin al dominio de los arrogantes y de los violentos sobre los mansos y los indefensos, sin usar violencia a su vez. Porque el poder existe y se transmite con la violencia, y Dios quiere romper esta cadena con la sola arma de la ternura; aquella que derrite los corazones de piedra y difunde la caridad. Para hacer lo que los poderosos de este mundo no hacen: hacerse cargo de las responsabilidades. Porque, cuando Dios quiere proteger a alguien, se pone en sus manos, y el pobre siempre se encuentra en manos ajenas. Lo que no está claro es por qué, si Dios — que es omnisciente y, por tanto, conoce el poder y sabe lo que hace — ha renunciado a su poder, nosotros, en cambio, todavía nos obstinamos en acumularlo, en perjuicio de nuestra salud, individual y colectiva».

¿Cómo experimentas el amor de Dios en tu vida?

«Cada día, en la majestad de lo creado, cuando logro estar en armonía con los demás y cada uno tiene espacio para expresar su propia personalidad. En cada encuentro eucarístico, en los guías espirituales y en el compartir con hermanos y hermanas. En la música. Es tal como estar enamorado: lo ves todo hermoso y el corazón late fuerte en el pecho, hasta el punto de doler».