La Misión del Laico Ante Los Desafíos del Siglo XXI

“Soy católico cristiano y amigo de hacer bien a todo el mundo; que para esto tomé la orden de la caballería andante que profeso, cuyo ejercicio aun hasta hacer bien a las ánimas del purgatorio se extiende”.[1]

Uno de los aspectos que más me llaman la atención del laico, Miguel de Cervantes, es su fe y religiosidad manifestada a lo largo de las páginas de su obra universal, El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha.

En el Siglo de Oro Español, ciertamente, y como veremos a continuación, apenas se hablaba de la importancia del laico en la misión eclesial, pero, ello no resta importancia a la fe comprometida de la que sí eran conscientes la mayoría de los laicos de esa época. Razón por la cual, me parece oportuno traer a la memoria algunas de las citas de esta grandiosa obra literaria para hablar sobre la misión laical.

En su compañía, vamos a exponer esta misión en tres grandes bloques. En el primero, nos referiremos a la misión del laico a lo largo de la historia. En el segundo, presentaremos la esencia de donde parte la misión y la realidad que la alimenta, así como sus tentaciones y desafíos. Y en el tercer y último bloque, analizaremos cómo es el mundo postmoderno y globalizado en el que vive el laico y, desde ese conocimiento, plantearemos los retos a los que se enfrenta, así como la necesidad de la formación y el diálogo ecuménico e interreligioso para realizarlo con mayor fruto.

  1. Retazos históricos sobre la tarea misionera del laico

Hablar sobre la misión del laico a lo largo de la historia nos obliga a señalar, en primer lugar, la dignidad de la que ésta parte: ser imagen de la misión trinitaria. El Padre ha enviado al Hijo, y el Padre y el Hijo han enviado al Espíritu Santo, para hacernos partícipes de sus proyectos de vida y amor, y para salvar a la humanidad[2].

El papa Pío XI, y después sus sucesores y el concilio Vaticano II, han puesto de manifiesto esta realidad, promoviendo el apostolado y la teología del laicado y enfatizando que, en el Pueblo de Dios, todos ingresamos como laicos, pues nadie ha sido bautizado cura u obispo[3].

De forma semejante, este era también el sentir de la Sagrada Escritura, dado que, en el Antiguo Testamento, laikos era referido al pueblo elegido y llamado de una forma especial por Dios, en contraposición a los pueblos paganos. Y, en el Nuevo Testamento, tal como relata la primera carta de Pedro, este término adquiere, por el bautismo, una designación honorífica; pues los laikos son aquellos que forman parte de un “linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido” (1 P 2, 9. Cf. 1 P 2,5.9-10; Ap 1,6; 5,10). De lo que se deduce que, el Cuerpo eclesial está constituido por una gran riqueza y variedad de carismas y ministerios (cf. 1 Co 12, 4-31) y, por lo mismo, no se concibe a sí mismo como clerical, visto “desde arriba”; o como laico, visto “desde abajo”. 

1.1. Época oscura para la misión eclesial del laico

La importancia que la Biblia y el Magisterio actual dan a la vocación misionera del laico, no resta lo que el estudio teológico sobre esta misión debe aún decir y desarrollar, dado que, a lo largo de la historia eclesial, su tarea misionera ha estado bastante relegada a un segundo plano. Así, y comenzando por el análisis de la etimología de la palabra “laico”, nos encontramos con un significado antiguo y ambiguo. Laico es “aquel que no tiene noción de una cosa”. Y, a esta definición indeterminada, se suma la de los escritos de Clemente de Roma (90 d.C), quien relata que el laikos es aquél que no pertenece a la clase elegida del clero.

En definitiva, casi desde los comienzos de la Iglesia, los laicos fueron designados negativamente. Eran los no clérigos, los no monjes. De lo cual se sigue que, la estructura “de comunión” de la iglesia y el sacerdocio común de los fieles, además de no estar estudiados en profundidad, también fueron prácticamente ignorados. Así lo podemos constatar, aun con mayor rigor, desde que Constantino declaró al cristianismo religión oficial de su imperio, donde todo el pueblo pasó a formar parte de Iglesia y, con ello, se perdió la fuerza originaria que tenían las primeras comunidades cristianas. Seguidamente, con el Edicto de Milán, los obispos comenzaron a gozar de los mismos privilegios que los altos funcionarios del imperio, por lo que la diferenciación teológica entre clérigos y laicos se convirtió además en un contraste sociológico. Los primeros pasaron a ser una clase poderosa y, los últimos, el pueblo sencillo sin una misión concreta que realizar[4].

Además, con la llegada de la Edad Media y la proliferación de la espiritualidad monástica, el monje comenzó a ser percibido como un modelo de santidad que el laico debía tratar de imitar. Y, sumándose a esta disparidad, estuvo la bula Clericis laicos (1296) de Bonifacio VIII; quien, debido a su relación política con los estados europeos, declaró que los laicos habían sido siempre enemigos de los clérigos. Estas situaciones tensas entre el clero y los laicos provocaron movimientos anticlericales en la Baja Edad Media que se irían endureciendo en la Edad Moderna. Y, como consecuencia de todo ello, la teología, desde el IV concilio de Letrán (1215) hasta el concilio de Trento (1545-1563) tomaría una posición unilateral de los ministerios respecto del laicado. Lo cual, a su vez, hizo que, la eclesiología, en lugar de caracterizarse por su dimensión comunitaria, se convirtiera en una jerarcología[5].

Esta situación comenzó a experimentar un cierto cambio a finales del siglo XVII e inicios del XIX, pues comenzará a darse mayor relevancia al papel del laico. Aunque, todavía el laico estará prácticamente restringido a ser un ayudante del sacerdote.

1.2. Brisas de esperanza en el siglo de la vanguardización

El siglo XX denominado por algunos como el “siglo de la vanguardización” debido a la explosión de avances en la ciencia, la tecnología, la democracia y los derechos civiles; ha sido también, como señalábamos más arriba, el siglo de la nueva concepción de la misión del laico en la Iglesia.

En los inicios del siglo XX, Pió XI, el “papa de las misiones”, hará que la misión del laico comience a tener el protagonismo que se merece, promoviendo tres acciones importantes: la separación de la iglesia y el estado; la retirada de la política de los clérigos y la publicación la encíclica Ubi arcano (1922), donde pondrá de relieve la importancia del apostolado y la misión laical. Además, esta encíclica insiste en que de la misión de los laicos no radica en una participación extraordinaria de estos en el apostolado jerárquico, sino que tiene sus propias raíces en el bautismo, la confirmación y el matrimonio. Igualmente, añade, los ámbitos seculares donde se mueve el laico: el trabajo, la familia y los negocios, poseen, gracias al orden creacional, su propia dignidad y legitimidad[6].

Este impulso a la misión del laicado será después ampliada y ratificada por el concilio Vaticano II. De hecho, la constitución dogmática Lumen Gentium, antes de hablar sobre la jerarquía, dedica el capítulo segundo a hablar del pueblo de Dios. Todos los bautizados, señala, participan en el ministerio profético, sacerdotal y real de Jesucristo. Después, en el capítulo cuarto se reafirma la identidad del laico y su plena participación en la misión de la Iglesia[7]. Y, también, en esta misma constitución, se pone de relieve la relación fraternal entre sacerdotes y laicos, como signo de una eclesiología de comunión y de corresponsabilidad. “Común es la dignidad de los miembros (de la Iglesia) por el hecho de su regeneración en Cristo; común es la gracia de adopción filial; común es la vocación a la perfección; ya que no hay más que una salvación, una esperanza y una caridad, sin división” (LG, 32).

Hoy día, el papa Francisco, continuando con la herencia de sus predecesores, recuerda que los laicos son “los protagonistas de la Iglesia y del mundo; a los que nosotros estamos llamados a servir y no de los cuales tenemos que servirnos”[8].

  1. 2. La índole sacramental y contemplativa del laico misionero

“Ea pues, manos a la obra, venid a mi memoria cosas de Amadis, y enseñazme por donde tengo que comenzar a imitaros; mas ya sé que lo que él hizo fue rezar, y así lo haré yo … Y lo que le fatigaba mucho, era no hallar por allí otro ermitaño que le confesase, y con quien consolarse”[9]. Mas, “Encomiéndate a Dios (Sancho) y (ten)… firme propósito de acertar en cuantos negocios te ocurrieren, porque siempre favorece el cielo los buenos deseos”[10]

Miguel de Cervantes, una vez más, a través de este texto de su novela, nos da fe de su práctica sacramental y de oración. Acojamos, pues, este testimonio como punto de partida para hablar sobre estos aspectos en la misión del cristiano.

2.1. El laico llamado a la misión por el bautismo

El sacramento del bautismo, esbozábamos líneas más arriba, es la fuente de donde dimana la identidad misionera. Esta identidad, decía san Juan Pablo II, en su exhortación sobre el laicado, nos la ha dado Cristo Jesús. Pues en El, muerto y resucitado, el bautizado llega a ser una “nueva creación” (Gál 6,15; 2Cor 5,17), manifestando, a través de la misión que se le confía en este sacramento, la santidad de su ser en la santidad de todo su obrar[11].

En virtud, por tanto, del sacramento del bautismo y también del sacramento de la confirmación, cada cristiano tiene un deber-derecho y una participación, a su manera, en la vocación al apostolado; convirtiéndose así, y por medio de su trabajo, en un discípulo misionero para la Iglesia y para la santificación del mundo. Por consiguiente, el laico debe ser consciente de que no es un simple obrero que trabaja en la viña, sino que forma parte de la viña misma[12]: “Yo soy la vid; vosotros los sarmientos” (Jn 15,5).

Además, por el bautismo, la misión del laico participa del triplex munus sacerdotal, profético y real de Jesucristo. Así, por el oficio sacerdotal se ofrece a sí mismos y ofrece todas sus actividades, incluso el descanso corporal y espiritual al Señor. Por el oficio profético, Jesucristo le hace su testigo, dándole el sentido de la fe y la gracia de la palabra. Y, llamándole, a través de su vida cotidiana y de las condiciones generales del mundo, a hacer resplandecer la novedad y la fuerza del Evangelio, entre creyentes y no creyentes. Y, por el oficio real, está llamado, de modo particular, a restituir el valor originario a la creación. Saneando las estructuras y las condiciones del mundo, impregnando de valores morales la cultura y, en fin, ordenarlo todo para el bien del hombre[13].

2.2.     Tentaciones, limitaciones y desafíos en la misión del laico

“Nuestras obras no han de salir del límite que nos tiene la religión cristiana que profesamos. Hemos de matar en los gigantes a la soberbia, a la envidia en la generosidad y buen pecho, a la ira en el reposado continente y quietud del ánimo”[14].

Estas tentaciones que plantea D. Quijote a Sancho, ciertamente traen como consecuencia grandes limitaciones en la misión. Pero existen otras contingencias de las que no se suele hablar, pero que, sin embargo, también son grandes gigantes a los que hay que hacer frente, para dar la dignidad que se merece a la misión del laico.

Por ejemplo, tal como destacan los últimos papas, hay que hacer frente al clericalismo que, durante siglos, se ha mantenido por parte de algunos sacerdotes. En éste, suele ocurrir que el cura clericaliza al laico y, a su vez, por falta de adultez o por comodidad, el laico pide ser clericalizado. Lo cierto es que, con estas actitudes, han surgido dos problemas en la misión del laico: no cumplir con sus responsabilidades específicas en el mundo profesional, social, económico, cultural y político; y alejar las realidades del mundo de la iluminación del Evangelio y del aporte de los clérigos. Por otro lado, el laico corre el peligro de reivindicar protagonismos en las jerarquías eclesiásticas y en las labores específicamente pastorales, y dando a entender una Iglesia deformada y apartada del ámbito social[15].

En lo que respecta a la tentación del clericalismo, ésta, separa la fe y la vida, porque entrega al clero la responsabilidad exclusiva de la evangelización y aleja al Evangelio del mundo. Bien porque lo encierra en el ámbito clerical, bien porque lo lanza al mundo, pero con el riesgo de diluirlo, dado que no cuenta con los laicos, que son quienes conocen y están más en el mundo[16].

2.3. Contemplar para poder evangelizar

“¿ Y qué haré si no tengo rosario? En esto le vino al pensamiento cómo le haría, y fue que rasgó una gran tira de las faldas de la camisa, que andaban colgando, y diole once ñudos, el uno más gordo que los demás y esto le sirvió de rosario el tiempo que allí estuvo, donde rezó un millón de aventarías”[17].

La devoción a la Virgen María es una constante en la vida cristiana de los cristianos y, de un modo singular, en España. Ya Gonzalo de Berceo destacaba dos características en la religiosidad popular mariana: la idea de protección y de servicio. Y así lo podemos constatar también en la devoción que nos muestra el laico Miguel de Cervantes a través de su Quijote.

En la religiosidad actual, también el laico, además de recurrir a María para realizar su misión, la toma como modelo de oración y contemplación. Mirándose en Ella, reconoce la necesidad de encontrarse con Dios y de estar en “un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios”[18].

El laico misionero debe saber que no se puede transmitir el Evangelio sin conocer lo que significa «estar» con Jesús y vivir en el Espíritu de Jesús la experiencia del Padre. Pues sólo a partir de esta experiencia de «estar» con Él, se puede recibir el impulso para el anuncio, para la proclamación, y para compartir lo que se ha vivido como bueno, positivo y bello.

Además, sabe que sólo el amor de Jesucristo puede atraer hacia sí a los hombres con los que se encuentra cada día en el lugar donde desarrolla su trabajo; porque sólo en la relación intensa con Él se aprende «el arte del vivir». Un «arte» que abre a la esperanza, porque el Señor ha vencido a la muerte y su Espíritu actúa con fuerza en la historia[19]. Una historia en la que debemos apuntar más alto, hacia esa santidad que lejos de hacernos menos humanos, permite que nuestra debilidad se encuentre con la fuerza de la gracia[20].

La oración y la contemplación son, pues, el manantial de dónde brota la fuerza para la misión. Porque, como recuerda el papa Francisco, cada vez que hacemos la señal de la cruz y cada vez que decimos “Padre nuestro”, estamos renovando las raíces que nos dan origen. Este Padre, para el que cada uno de nosotros somos hijos amados y no personajes virtuales, hace que, en vez de triunfar el miedo y la incertidumbre en la misión, afloren el bien y la esperanza[21].

La oración, además, le permite al laico misionero estar en continúo discernimiento y diálogo con la Trinidad. Para poder preguntarle al Espíritu Santo qué espera Jesús de él en cada momento y en cada opción que debe tomar. De este modo, tanto el laico como la misión que realiza, se convierten en un camino de santidad; en un proyecto del Padre para reflejar y encarnar el Evangelio[22].

Asimismo, en la vida de oración del laico, debe ocupar un lugar preeminente la liturgia y, primordialmente, la celebración de la Eucaristía. La liturgia es la expresión principal y más poderosa de la nueva evangelización, y la que ayuda a elevar los corazones de los hombres y mujeres hacia Dios[23]. A través de estas celebraciones y de su función pedagógica, experimenta que el sujeto educador es el mismo Dios, y el verdadero maestro en la oración es el Espíritu Santo[24].

  1. El reto misionero en un mundo globalizado y postmoderno

“Vos, Sancho, iréis vestido parte de letrado y parte de capitán, porque en la ínsula que os doy tanto son menester las armas como las letras y las letras como las armas. -Letras -respondió Sancho-, pocas tengo, porque aún no sé el A, B, C; pero bástame tener el Christus en la memoria para ser buen gobernador. De las armas manejaré las que me dieren, hasta caer, y Dios delante “[25].

El ambiente social en que vivió Cervantes también tenía sus dificultades. Pero, está claro que, este buen laico, sabía que confiar al Señor los avatares y complicaciones de su vida diaria era la mejor opción que podía tomar.

El laico de hoy día, como acabamos de ver en el punto anterior, también sabe que necesita la oración para ser misionero en esta sociedad postmoderna. Ahora bien ¿qué situaciones son las que perturban al hombre del siglo XXI? Si escuchamos la opinión pública, quizá nos convenza de que la principal amenaza es el terrorismo. Sin embargo ¿es este realmente el problema más acuciante, o más bien otros que no aparecen en las noticias, pero que, sin duda, perturban la estabilidad psíquica y espiritual de la persona?

Nos referimos, por ejemplo, a la lucha del ser humano por la solidez de las cosas y de los acontecimientos. Necesita que todo deje de estar en una continua fluctuación y devenir. De igual modo, observamos que hay quienes consideran los propios bienes como signo de predilección divina, en vez de una llamada a custodiar la creación para poder servir con responsabilidad a la familia humana[26]. De la misma forma, intuimos que, en medio de esta vorágine y empoderamiento, la persona siente la necesidad de dar sentido a su vida y de encontrar la verdad.

Ante todo ello ¿qué hacer? ¿cómo actuar? Quizá, una de las reacciones que podemos adoptar, nos la aporta el cardenal Francisco Javier Nguyén van Thuán. Él, cuando estaba en la cárcel por afirmar su fe en Cristo, reflexionando sobre su situación, se dio cuenta de que no podía desgastar sus fuerzas esperando que le liberaran y, por ello, tomó la decisión de vivir el momento presente, colmándolo de amor y aprovechando cada instante que se le presentara para realizar acciones ordinarias de manera extraordinaria[27].

Realizar acciones ordinarias de manera extraordinaria puede ser el mejor método para dar sentido a la vida en este mundo postmoderno, esforzándose por no absolutizar determinados paradigmas culturales, y preocupándose por los intereses de las personas antes que por los de las cosas. Se trata, en definitiva, de volver la mirada hacia la fragancia genuina de las realidades que nos rodean, para que nuestras relaciones con los demás sean de verdad personales y no virtuales[28].

Es la hora de realizar una misión en comunión, para determinar cuál es el mejor servicio que podemos hacer. Y, también ¿por qué no?, de escuchar la llamada a “remar mar adentro”, hacia la misión ad gentes, para poder descubrir la vida de muchas otras personas que, aun no reconociendo en ellas el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo[29].

3.1. Cultivar la mente y el espíritu para responder a los desafíos de la misión

“La de Ja caballería… es una ciencia -replicó don Quijote—… que el que la profesa ha de ser jurisperito y saber las leyes de la justicia distributiva y conmutativa … hade ser teólogo, para saber dar razón de la cristiana ley que profesa ficlara y distintamente adondequiera que le fuere pedido”[30].

Al igual que el caballero D. Quijote, uno de los retos importantes que debe afrontar el laico en su vocación misionera es de la preparación y la formación de manera madura y responsable, para poder ser competente en la misión. Formación que debe estar apoyada y sustentada por una capacitación integral a nivel humano, espiritual y pastoral, que tienda al desarrollo de las virtudes humanas fundamentales, tales como la lealtad, la solidaridad, la fidelidad y, en general, la coherencia entre fe y vida[31]. En ella, sin duda, adquiere un valor especial la reflexión y formación bíblico-teológica iluminada por la Tradición de la Iglesia[32].

Asimismo, san Juan Pablo II, en su discurso ante las Naciones Unidas, refiriéndose a la ciencia, la cultura y la educación y, tomando como referencia el aforismo aristotélico del genus humanum arte et ratione vivit, ponía de manifiesto que la cultura y el deseo de aprender forman parte de la dimensión espiritual y transcendente del hombre. Este, aseveraba, es el modo concreto de ser y existir del ser humano; porque la cultura, además de tener un valor inmanente, enriquece su dignidad y explícita su vocación al conocimiento y la búsqueda de la verdad[33]. De igual modo, el papa Francisco destaca que las culturas profesionales, académicas y científicas proporcionan a la nueva evangelización la oportunidad de realizar un diálogo entre fe y razón, así como a desarrollar una nueva apologética y una nueva credibilidad, con el fin de que el Evangelio pueda ser acogido y escuchado por todos[34].

Además, el laico, en esta toma de conciencia respecto de su misión en el mundo de la cultura y de la ciencia, también debe reconocer que existe una profunda corresponsabilidad entre el Dios de los filósofos y científicos, y el Dios de Abraham, porque toda verdad, incluso parcial, si es realmente verdad, se muestra como universal. El Dios de la Creación, el Dios de la Revelación y el Dios de la Historia de la salvación es el mismo y, por consiguiente, Aquel que fundamenta y garantiza que sea racional e inteligible el orden natural de las cosas sobre el que basan sus teorías los científicos[35].

De igual modo, ha de ser conscientes de que, aunque en algunos casos, dejándose llevar por las ideologías, la ciencia pone su acento en la producción; sin embargo, mayoritariamente tiene la tarea de ayudar al hombre a “crearse a sí mismo”, reconociendo en la religión el camino por medio del cual el ser humano puede responder a sus preguntas más profundas. Y, por su parte, la Iglesia, que tiene como una de sus prioridades la verdad del hombre, debe hacer que la fe se inculture en todos los contextos[36]. Porque, como afirma el físico Paul Davies, en este mundo, dominado por formidables progresos científicos y tecnológicos, es necesario una guía espiritual, pues la ciencia sola no puede proveer adecuadamente a nuestras necesidades espirituales; y, a su vez, cualquier religión que se niegue a abrazar los descubrimientos científicos difícilmente sobrevivirá en el siglo XXII”[37]. El laico, por consiguiente, para poder realizar con mayor competencia su misión, debe cultivar su inteligencia, pues una razón que es débil degrada al hombre[38].

Fundamental es también que el laico conozca la función que ejercen los medios de comunicación y las redes sociales en toda su novedad y complejidad. Y, junto a ello, que sepa aprovecharlos tanto si realiza su labor misionera en el seno de su diócesis, como si lo hace en la misión ad gentes. Hoy, es en este areópago donde se cruzan multitud de vidas, de interrogantes y de expectativas, y desde donde se abren nuevas oportunidades y posibilidades para la proclamación del Reino de Dios[39].

3.2. Misionero de la Iglesia en el corazón y las realidades del mundo “Procura (Sancho) descubrir ¡a verdad por entre las promesas y dádivas del rico como por entre los sollozos e importunidades del pobre… muéstratele piadoso y clemente; porque, aunque los atributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea, a nuestro ver, el de la misericordia que el de la justicia “[40].

Cervantes conocía bien las miserias de su mundo. Para las de hoy, el papa Francisco nos pide que salgamos sin miedo a ellas, para ofrecer la misericordia y la vida de Jesucristo. Porque, afirma, “prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades”[41]. Asimismo, nos insta a estar unidos y trabajar en comunión, pues, aportando la riqueza que cada uno posee daremos más fruto y nos será más fácil llevar la gracia sanadora del Evangelio a la humanidad que sufre[42].

La familia es otra de las realidades nucleares que el laico debe tener presente en la actualidad. Tanto para ocuparse de trasmitir la fe en ella, como para que cada uno de los miembros que la forman estén presentes en el mundo de la educación, la sanidad, la economía, la política, etc[43].

La realidad de la juventud es, sin duda, otro lugar donde el laico debe realizar su misión. Prueba de ello es el reciente sínodo sobre ella, que se acaba de concluir en Roma, y en el que el papa propone una escucha real a los jóvenes, para no ofrecerles respuestas confeccionadas y ya preparadas[44]. Sin duda, son ellos quienes tienen en sus manos, de un modo especial, el presente y el futuro de la humanidad y de la Iglesia. Por eso, es preciso creer en su capacidad de dejarse fascinar por la persona de Cristo. Porque de su encuentro con El, pueden surgir aspiraciones profundas de autenticidad, de verdad, de libertad y de generosidad, para trabajar por el Reino ad intra y ad extra de nuestras comunidades eclesiales[45]. La misión -afirma el documento final del sínodo-, es una brújula segura para ellos, pues esta es un “donde sí mismo que conduce a una felicidad auténtica y duradera”[46]. Y un ejemplo de ello lo tenemos en el recién canonizado Nunzio Sulprizio. San Pablo VI que lo beatificó -y que, curiosamente, ha sido canonizado el mismo día que él-, así como el papa Francisco, lo ponen como modelo de valentía y fortaleza en la sociedad y en el encuentro con Cristo, a través del dolor y del sufrimiento[47].

La opción por los pobres es para la Iglesia, desde sus inicios y en su tradición, una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica. Por eso, el laico debe estar presente en esta realidad. Además, debe estar ahí, porque esta preferencia de misericordia que ha tenido Dios hacia los pobres y marginados, tiene también consecuencias para la vida de fe de todos los cristianos, dado que estamos llamados a tener “los mismos sentimientos de Jesucristo” (Flp 2,5)[48].

También, en esta realidad de la pobreza, nos encontramos hoy a san Oscar Romero como un gran modelo de santidad. En la homilía de su canonización el papa Francisco nos decía que el Señor nos pide que dejemos todo lo que paraliza el corazón para dejar espacio al Señor. Porque, el tener y querer demasiado sofoca nuestro corazón y nos hace incapaces de amar a Dios y al hombre. Por eso monseñor Romero supo dejar la seguridad del mundo e incluso su propia seguridad, “para entregar su vida según el Evangelio, cercano a los pobres y a su gente, con el corazón magnetizado por Jesús y sus hermanos”[49].

3.3. La exigencia del diálogo ecuménico e interreligioso en la misión del laico

“Exclamó Benengeli… Yo, aunque moro, bien sé, por la comunicación que he tenido con cristianos, que la santidad consiste en la caridad, humildad, fe, obediencia y pobreza”[50].

La presencia y la cercanía hacia los miembros de otras religiones, como podemos observar, estaba también presente en el tiempo de Cervantes. En el mundo globalizado en que vivimos, es aún más imprescindible que el laico atienda a la persona humana, a través de un camino de diálogo y confianza con las religiones y las culturas, para poder encontrar en ellas las «semillas del Verbo» y presentarles la novedad del Evangelio. En el espíritu de cada una de las personas que forman parte de esas tradiciones religiosas, aseveraba el obispo Pedro Casaldáliga, está “lo más hondo de su propio ser: sus motivaciones últimas, su ideal, su utopía, su pasión, la mística por la que vive y lucha, y con la cual contagia a los demás. Su forma de ser y relacionarse con la totalidad de la realidad”[51]. Y este fue el espíritu con el que vivió y dio su vida Pedro Claverie, obispo de Oran y víctima del islamismo en Argelia. El afirmaba su fe en Dios y se consideraba creyente, pero, también entendía que Dios no es posesión de nadie.

Ser cristiano que vive y anuncia el Evangelio, por tanto, debe llevarnos a comunicar la propia experiencia de fe y caridad, tanto a los hermanos de otras confesiones cristianas, como a los creyentes de otras religiones, y a los que no creen o son indiferentes. Pues sólo a través de este encuentro se puede contribuir a la paz, y al rechazo de todo fundamentalismo y de toda violencia que se produce contra los creyentes de cualquier religión y de los derechos humanos[52].

  1. a) Caminar con las iglesias y comunidades hermanas

Este año, estamos celebrando el setenta aniversario de la creación del Consejo Mundial de las Iglesias (CMI). Este Consejo, nació con un fuerte sentido misionero, pues tenía como objetivo la unidad de los cristianos, para poder ser aceptados y creídos en el anuncio de la Buena Nueva. Porque este es, en definitiva, el deseo profundo de Jesús y su oración Padre: “que todos sean uno… para que el mundo crea” (Jn 17,21)[53].

El Vaticano II, en el decreto Unitatis Redintegratio, reflexionando sobre esta realidad recordaba que la división “contradice clara y abiertamente la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y perjudica a la causa santísima de predicar el Evangelio a toda criatura”[54]. El laico misionero, por consiguiente, debe sentirse llamado al ecumenismo. Este es un camino que se debe realizar en el Espíritu de Jesús y caminando junto a los otros cristianos; orando y trabajando juntos; así como superando la desconfianza mutua, motivada, muchas veces, por la falta de comprensión y conocimiento del otro[55]. Este camino, por tanto, debe de ser un camino de amor, porque como afirmaba San Gregorio de Nisa, “Si el amor logra expulsar completamente al temor y este, transformado, se convierte en amor, entonces veremos que la unidad es una consecuencia de la salvación”[56].

En esta encrucijada, afirmaba también el papa Francisco, en su reciente viaje a los Países Bálticos, es preciso dejar de mirar las heridas del pasado o toda actitud autorreferencial, para buscar una unidad que nos ayude a hacer frente al individualismo y la secularización que lleva al creyente a pasar de “cristiano residente a turista”. Es preciso acoger la cruz del sufrimiento de tantos jóvenes, ancianos y niños expuestos a la explotación, al sin sentido, a la falta de oportunidades y a la soledad.

La misión, pues, exige al laico la búsqueda de la unidad y el reconocimiento de tantos hermanos en la fe que, por anunciar la Buena Nueva, sufren el destierro e incluso el martirio. Su testimonio debe ayudarlos a descubrir que el Señor pide radicalidad, gratitud y alegría; sabiendo que será Él quien nos dé la fuerza “para hacer de cada tiempo, de cada momento, de cada situación una oportunidad de comunión y reconciliación con el Padre y con nuestros hermanos, especialmente con aquellos que hoy son considerados inferiores o material de descarte”[57].

  1. b) Encontrarse y orar con los hermanos de otras religiones

En este mundo plural y globalizado, se necesita aprender a distinguir entre la pluralidad de los nuevos movimientos religiosos o sectas, y la pluralidad de las grandes religiones, dado que es fácil observar cómo se anula la frontera entre el mundo virtual y el real; y cómo se privilegia el mundo de los sentimientos frente a las normas y creencias. Esta forma de pensar, a su vez, fomenta el relativismo y el sincretismo, creando la idea de que algunas mediaciones religiosas (mitos, símbolos, doctrinas, técnicas mentales y ascéticas variadas) son simples objetos de consumo útiles para la experiencia espiritual y para la curación del alma y del cuerpo. Asimimo, en este mercado, se privilegia la doctrina y la moral de la experiencia subjetiva, y la búsqueda de una salvación de bienestar y de máxima plenitud. Es el mundo donde, como afirmaba la socióloga inglesa Grace Davie se está “creyendo sin pertenecer” (believing without belonging)[58].

Frente a esta realidad sectaria y engañosa, el laico misionero debe buscar el diálogo con las religiones y, en comunión con ellas, llenar de sentido la vida de las personas, mostrándolas el camino de la oración, del misterio y de la transcendencia[59]. Este diálogo, como decía Juan Pablo II en su exhortación a los laicos, “tiene una importancia preeminente, porque conduce al amor y al respeto recíprocos, elimina, o al menos disminuye, prejuicios entre los seguidores de las distintas religiones, y promueve la unidad y amistad entre los pueblos”[60].

El diálogo interreligioso es, por consiguiente, un recorrido obligado de la misión del laico en el del camino hacia el autoconocimiento del hombre. Pues, empeña al sujeto humano en plenitud y, en modo particular, la subjetividad de cada una de las personas que forman esa comunidad[61]. Ahora bien, en este camino, san Pablo VI, nos ponía al tanto de algunos de los peligros y de las tentaciones a las que nos puede conducir el diálogo, si mantenemos una actitud que busque evitar todas las dificultades, y en especial, la doctrinal. Existe la tentación, argüía, de poner a parte los puntos contradictorios, esconderles, debilitarles, modificarles, relativizarles y negarles, para obtener más cómodamente la unión deseada. Esto, puntualizaba, no se puede hacer, ya que el cristianismo es una verdad divina que a nosotros no nos está permitido cambiar, sino sólo aceptarla para nuestra salvación. La fe religiosa, que posee cada tradición, y que le da el carácter específico a su identidad, no es negociable en el diálogo. La fe no es un bien que se pueda vender o cambiar; es un don recibido de Dios y, por ello, no se puede disponer de él a la ligera[62].

Por otro lado, también es cierto que el diálogo interreligioso debe  evitar, tanto la tentación del “integrismo” -que nace de un apego excesivo a la propia fe y lleva a cerrarse en sí mismo y rechazar todo lo demás-, como la del “sincretismo” -que mezcla y relativiza todo, hasta el punto de perder la propia identidad religiosa. De lo que se sigue, explicaba el misionero Manuel Zago, que el diálogo interreligioso -para ser auténtico y no olvidar su objetivo-, no puede buscar la vía fácil e ilusoria, queriendo disimular las eventuales contradicciones entre la fe de las diversas religiones, sino que debe asumirlas con paciencia[63]. De este modo, se dará un verdadero diálogo de la vida, de las obras, de la experiencia religiosa y de estudio teológico entre los creyentes de todas las religiones. Sólo así, conseguiremos desafiar a las realidades del mundo globalizado y postmoderno que atenazan la vida del ser humano y su sentido de la transcendencia.

 

(Ref.: Misiones extranjeras, N° 287 Noviembre-Diciembre 2018, pp.543-557; An English translation can be found at SEDOS website. Pictures are taken from Comboni Lay Missionary website.)

[1] M. de Cervantes, El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, cap. 48. Prt. I.

[2] Cf. AG 2; EN 14; RMis 2. 3. 18. 21. Lectura de siglas: AG [Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Ad gentes]. EN [Pablo VI, Exhortación apostólica: Evangelii Nuntiandi (8 diciembre 1975)]. RMis [Juan Pablo II, Carta encíclica: Redemptoris missio (7 diciembre 1990)].

[3] Cf. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen Gentium (LG), 10.

[4] W. Kasper, “Berufung und Sendung des Laien in Kirche und Welt” (“Vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo”), Geschichtliche und systematische Perspektiven, Stimmen der Zeit, 205 (1987) 579-593. 580. 583-585.

[5] Idem, 580. 583-585. 587.

[6] Idem, 580. 583-585. 587-588.

[7] Cf. LG, cap. II y IV.

9 Francisco, carta del papa al presidente (cardenal Marc Armand Ouellet), Pontificia Comisión para América Latina (CAL), Vaticano, 19 de marzo de 2016.

[9] M. de Cervantes, o. c, cap. 26. Prt. I.

[10] Idem, cap. 43. Prt. II.

[11] Cf. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Christifideles Laíci (CHL), 17. LG, 39-42. Francisco, Discurso a los participantes en la plenaria del Pontificio Consejo para los para los Laicos, n° 9-14, 7 de diciembre de 2013.

[12] Cf. Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem (AA), 2. Juan Pablo II, CHL, 17. RM, 71. Francisco, Discurso a los participantes… Laicos, n° 9-14. Id, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium (EG). 120.

[13] Cf. LG 35-36. AA 6; AG 15. Pablo VI, EN, 73. Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), 901. 904-905. 909. Francisco, Discurso a los participantes… Laicos, n° 9-14.

[14] M. de Cervantes, o. c, cap. 8. Prt. II.

16  Cf. Juan Pablo II, Discurso a la Conferencia Episcopal de las Antillas, 7 de mayo de 2002, 2. Benedicto XVI, Diálogo con los sacerdotes en el Encuentro internacional de sacerdotes, 10 de junio de 2010. Francisco, Discurso al Comité de Coordinación del CELAM, 28 de junio de 2013.

[16] Cf. Juan Pablo II, Discurso… Antillas. Benedicto XVI, Diálogo con los sacerdotes… Francisco, Discurso al … CELAM.

[17] M. de Cervantes, o. c, cap. 46. Prt. II.

19  Benedicto xvi. Mensaje para la cuaresma 2013.

20 Cf. XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, Mensaje del Sínodo para la Nueva Evangelización, 7-28 de octubre de 2012, n. 6 (en lo sucesivo vamos a citar este documento con las siglas MS. NE). Id, Proposiciones del Sínodo para la Nueva Evangelización, Ciudad del Vaticano, octubre de 2012, nn. 9. 26. 33. 35. 36. 39. 42. 57 (en adelante este documento vamos a citarlo con las siglas Prp.S. NE). RMi, nn. 13.  26. 51. 78. 80. 91. Este texto, teniendo como fuente el Sínodo para la Nueva Evangelización, fue escrito por M” Jesús Hernando con la colaboración del Foro de Misiones que, durante varios años, se ha reunido en la sede del IEME, para estudiar, profundizar y reflexionar en la teología misionera.

[20] Cf. Francisco. Exhortación apostólica Gaudete et exultate (GEx), n. 34.

[21] Cf. Id., Homilía en Palexpo (Ginebra), 21 de junio de 2018.

[22] Cf. Id., GEx, n. 19. 23.

[23] Cf. Prp. S. NE, n. 35.

[24] Cf. SC, 10. MS. NE, n. 3. Prp.S. NE, nn. 11. 26. 34. 36. RMi, nn. 22. 74. M. J. Hernando, Foro 1EME sobre la Nueva Evangelización.

[25] M. de Cervantes, o. c, cap. 42. Prt. I.

[26] Cf. Z. Bauman, Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica de España, Madrid 2017, 39-40. 59. 174-176. C. Geffré, “El futuro de la religión entre el fundamentalismo y la modernidad”: Debate, 98-110, 99-105.

[27] Cf. F. J. Nguyln van Thuán, Cinco panes y dos peces: mi gozoso testimonio de fe desde el sufri­miento en la cárcel, México 19999, 21. MS. NE, n. 6. Prp.S. NE, nn. 6. 56. 57. RMi, nn. 2. 28. 38. 86.

29 Cf. Francisco, Homilía en Palexpo (Ginebra), 21 de junio de 2018. C. Geffré, “El futuro de la religión…”, 99-105.

30 Cf. MS. NE, n. 6. Prp.S. NE, nn. 6. 56. 57. RMi, nn. 2. 28. 38. 86. Francisco, Encuentro Ecu­ménico. Discurso en el Centro Ecuménico de Ginebra, 21 de junio de 2018.

[30] M. de Cervantes, o. c., cap. 18. Prt. II.

[31] Cf. Juan Pablo II, CHL, 35. RM, 72. Francisco, EG. 160.

[32] Cf. Juan Pablo II, Discurso de la Unesco, París el 2 de junio de 1980.

[33] Cf. Id., Allocuzione all’Organizzazione delle Nazione Unite per l’educazione, la scienza e la cultura (UNESCO), de 2 de junio de 1980.

[34] Cf. Francisco. EG, n. 132-134, 242-245, 257.

[35] Cf. Juan Pablo II, Encíclica Fides et Ratio, n. 33-35.

[36] Cf. GS 5,33. Juan Pablo II, Incontro con i docenti e con gli studenti dell’Ateneo torinese, 3 de septiembre de 1988.

[37] P. Davies, “Science and Religión in the XXII Century”, en Dizionario Interdísciplinare di Scienza e Fede, 2286.

[38] Cf. A. Strumia, L ‘uomo e la scienza nel magisterio di Giovani Paolo II, Cásale Monferrato 1987, Píeme, 17-51.

[39] Cf. MS. NE, n. 10. Prp.S. NE, nn. 18. 51. RMi, nn. 37. 83.

[40] M. de Cervantes, o. c, cap. 42. Prt. I

[41] Francisco, EG, n. 49.

[42] Cf. Id., Encuentro Ecuménico… de Ginebra.

[43] Cf. MS. NE, n. 7. Prp.S. NE, nn. 21. 27. 41. 45. 46. 48. 51. RMi, nn. 42. 45. 57. 71-74. 80.

[44] Francisco, Homilía del Papa Francisco en la Misa de clausura del Sínodo de los Obispos, Vaticano 28 de octubre de 2018.

[45] Cf. MS. NE, n. 9. Prp.S. NE, nn. 20. 51. RMi, nn. 37. 72. 80. 82.

[46] Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, Documento final de la XV Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, sobre el tema “los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”, Vaticano, 27 de octubre de 2018.

[47] Cf. Pablo VI, homilía de beatificación de Nunzio Sulprizio. 1 de diciembre de 1963. Fran­cisco, Homilía en la canonización de Pablo VI, Óscar Romero, Nazaria Ignacia, Francesco Spinelli, P. Vincenzo Romano, María Caterina Kasper y Nunzio Sulprizio, 14 de octubre de 2018.

49 Cf. Juan Pablo II, Homilía durante la Misa para la evangelización de los pueblos en Santo Domingo, 11 de octubre de 1984, 5: AAS 77 (1985), 358. ID, Carta ene. Sollicitudo rei socialis, 30 de diciembre de 1987, 42: AAS 80 (1988), 572. Benedicto XVI, Discurso en la Sesión inaugural de la V Conferencia general del Episcopado Latinoamericano y del Caribe. 13 de mayo de 2007, 3: AAS 99 (2007), 450.

50 Francisco, Homilía en la canonización de Pablo VI.

[50] M. de Cervantes, o. c. cap. 43. Prt. II.

[51] P. Casaldáliga y J.M., Vigil, Espiritualidad de la liberación, 23.

[52] Cf. MS. NE, n. 10. Prp.S. NE, nn. 5. 17. 48. 53. RMi, nn. 2. 17. 25. 29. 55-57.

[53] Cf. Francisco, Encuentro Ecuménico… Ginebra.

[54] Concilio Vaticano II, Decreto Unitatis redintegratio, 1.

[55] Cf. Francisco, Discurso en la audiencia con participantes de la Asamblea Plenaria del Ponti­ficio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, 28 de septiembre de 2018.

[56] San Gregorio de Nisa, Homilía 15. Comentario sobre el libro del Cantar de los Cantares.

[57] Francisco, Discurso en el encuentro ecuménico en Riga (Letonia). 24 de septiembre de 2018.

[58] C. Geffré, “El futuro de la religión….”, 99-105.

[59] Cf. Juan Pablo II, RMi, 55.

[60] Id., ChL, 35.

[61] Cf. Id., Encíclica Ut Unum Sint, 28, Vaticano 25 de mayo de 1995.

[62] Cf. Pablo VI, EN, n. 53. Id., “Audienza genérale del 20 gennaio di 1965”: Osservatore Romano, (21 gennaio di 1965), 3.

[63] Cf. M. Zago, Nostra Aetate: dialogo interreligioso a 20 anni dal Concilio, o. c, 16. Francisco, EG, n. 251. Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana, 21 dicembre 2012. Juan Pablo II, Visita “adlimina apostolorum” con los obispos de Tailancia, Vaticano, 16 noviembre 2001. J. Dupuis, Gesú Cristo incontro alle religioni, Cittadela, Assisi 1989, 63. 330-332.

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