Hna.
Elza Ribeiro, IPG (Rio de Janeiro - Brasil)
La vida religiosa, signo y esperanza en el continente
latinoamericano hoy y mañana
Introducción
Cuando, en el mes de abril, recibí el primer fax con la invitación
para participar de este simposio, no tuve la menor duda en responder
inmediatamente con un no. Mis razones eran muy claras: seguramente estaban
buscando a la Presidente de la CLAR. Mi gestión terminaría
en el mes de junio. Por eso, no tendría que ser yo la persona
buscada. Además, no siendo teóloga no presentaría
las condiciones necesarias para participar en un Simposio como éste.
Me sentía libre y tranquila. Cuál no fue mi sorpresa cuando,
sin tardanza, recibo una llamada telefónica reiterando la invitación
y rechazando las razones expuestas. "No buscamos diplomas ni cargos..."
Sorpresa, susto y, al mismo tiempo, una profunda alegría. Me
parecía que algo diferente acontecía y que una nueva orientación
era dada en la línea de una reflexión de Iglesia, que
lleva más en cuenta a la gente sencilla, la experiencia vital,
lo que puede aportar una reflexión gestada en lo cotidiano, en
la vivencia de la fe, de búsqueda, de caminar sencillo y desnudo
de adornos y no de elevadas consideraciones teóricas.
En ese momento hice una oración, pidiendo al Padre que, cada
vez más, en la Iglesia se encuentre espacio para los pequeños
y sencillos, para aquellos y aquellas que sólo tienen la garantía
de una fe "cocida en puchero de barro, en fogón de leña".
Traigo como "curriculum" mis cabellos blancos y un corazón
lleno de gratitud a la Providencia que me da, a través de los
años, oportunidad de andar por los caminos de la vida religiosa
como mujer, como consagrada, como hermana y compañera de miles
de otras mujeres en nuestra América Latina, "el continente
de la esperanza".
El hecho de estar aquí, entre religiosas y religiosos, en su
mayoría primeros responsables de sus institutos y, seguramente,
comprometidas/os con América Latina, deseando también
encontrar respuestas a tantos interrogantes que nos inquietan al final
de este milenio, me es motivo de ánimo: vamos compartir lo que
Vds. conocen y buscar brechas por donde la vida religiosa pueda penetrar
y, humildemente, izar su bandera evangelizadora al amanecer de un nuevo
milenio.
Haré mi exposición conforme el siguiente esquema: - la
realidad de América Latina - la vida religiosa en esa realidad
- posibles caminos - retos y esperanzas.
1.
La realidad de América Latina
Me permito presentar aquí las mismas ideas expuestas en el mes
de myo, en un coloquio organizado por el Centro Católico de Informaciones
de la Unesco, en la solemnidad conmemorativa de sus 50º
años.
Los cambios que se procesan en el mundo entero, por su ambigüedad,
implican un riesgo a las posibilidades de humanización y de desarrollo
de esta parte del mundo, y dificultan las perspectivas de una liberación
más completa y de una realización plena de su destino.
1.1 El proceso de globalización de la economía y del mercado,
de la tecnología y de la comunicación, constituye una
realidad para América Latina. La globalización, como consecuencia
del nuevo orden mundial, no es un concepto teórico y sí
un dato concreto que causa un tremendo impacto sobre los pueblos y sobre
las economías en América Latina. En un Seminario de Teología
de la CLAR, en febrero de este año, los participantes fueron
unánimes en afirmar que los fenómenos de cambio en el
continente no pueden ser comprendidos sino a partir de una interpretación
más crítica del neo-liberalismo, presentado como único
camino posible para la solución de los grandes problemas y para
las decisiones mundiales. El futuro de América Latina, su economía,
su organización social y sus culturas están inexorablemente
limitados a los espacios que les ofrezca - o no - el liberalismo globalizante.
1.2 Debido a su dependencia estructural e histórica en relación
a los centros exteriores de decisión, América Latina es,
siempre, un continente reflejo. Siempre tuvo que luchar para tener su
cultura y su identidad, su manera de ser y su independencia. América
Latina, una amalgama de pueblos, es fruto de una primera globalización,
inaugurada en la Península Ibérica, en el siglo XVI. Nació
como colonia, sus primeros habitantes sólo conocieron el estado
de dominación. Su gente siempre vivió la situación
subalterna de quienes tienen que luchar para poder subsistir. El Documento
de Santo Domingo, en su nº 178, nos ofrece de manera profundamente
dramática, el rostro sufriente y marcado de esos pueblos:
"Descubrir
en los rostros sufrientes de los pobres el rostro del Señor es
algo que desafía a todos los cristianos a una profunda conversión
personal y eclesial. En la fe encontramos los rostros desfigurados por
el hambre, consecuencia de la inflación, de la deuda externa
y de las injusticias sociales; los rostros humillados a causa de su
propia cultura, que no es respetada, cuando no despreciada; los rostros
aterrorizados por la violencia diaria e indiscriminada; los rostros
angustiados de niños abandonados, que caminan por nuestras calles
y duermen bajo nuestros puentes; los rostros sufrientes de mujeres humilladas
y despreciadas; los rostros cansados de los emigrantes, que no encuentran
una acogida digna; los rostros envejecidos por el tiempo y por el trabajo
de los que no tienen el 'minimum' para sobrevivir dignamente".
Hoy podemos añadir - con énfasis - los rostros de los
"sin tierra", expoliados en sus derechos y víctimas
de sistemas que cierran los oídos a sus clamores y menosprecian
sus reivindicaciones y derechos.
El neo-liberalismo inaugura una nueva época, ideológicamente
presentada como nueva oportunidad de modernización e integración
de América Latina en el conjunto de las naciones desarrolladas.
Pero la realidad apunta en una dirección muy distinta. El nuevo
orden económico-político puede muy bien "prescindir"
de la existencia y de la cultura de nuestros pueblos. Por estar atrasados,
son excluídos del campo de las prioridades e intereses de esta
nueva realidad.
Lo que presenciamos, con angustia y terror, es la degradación
acelerada de la vida de millones de latino-americanos: de pobres a empobrecidos,
de empobrecidos a marginalizados, de marginalizados a excluídos
y, de excluídos a eliminados...Análisis terrible hecho
por uno de nuestros cronistas (Carlos Heitor Cony, "Folha de São
Paulo", 02/06/97):
"Después
de la explotación del hombre por el hombre en nombre del capital,
el neo-liberalismo y su brazo operacional, que es la globalización,
criaron, mantienen y amplían, en nombre de la sacralidad del
mercado, la exclusión de gran parte del género humano.¿El
paso siguiente será la eliminación? ¿Caminamos hacia
un holocausto universal, cuando la economía moderna tendrá
repugnancia para pagar por la sobrevivencia de 4/5 de la población
mundial? ¿Después de explotados y excluídos, billones
de seres humanos, considerados superfluos ("desechables"),
deben ser exterminados?
El
raciocinio es un desdoblar lógico del horror económico,
fabricado en el laboratorio de los economistas en este final de siglo.
La masa de excluídos constituirá un formidable dinosaurio,
que la economía eliminará como no factible en el Estado
neo-liberal. No se trata de un apocalipsis, sino de un nuevo quicio
de la historia. Solamente los 'económicamente arios' deberán
sobrevivir. Los 'no-arios' formarán un gueto y, dado que mantener
un gueto es un paradoxo económico (¿para qué producir
para quien no puede consumir?...), la solución, a medio y largo
plazo, será el exterminio en masa. Menos gastos y más
beneficios para los presupuestos de los gobiernos y empresas".
¿Ficción
de cronista? ¿Realidad que ya podemos presenciar? ¿Futuro?
¿Presente?..
1.3 Otra constatación: muchos datos apuntan para una realidad
de nuevo siglo, que es igualmente asustadora. Todo indica que será
un siglo de "sistemas" y no de "personas humanas".
La periferia, o sea, los 2/3 de la humanidad se aleja irremisiblemente
de los centros de avance tecnológico y científico. Un
diagnóstico preciso, hecho por los Obispos en Puebla y retomado
enfáticamente por el Documento de Santo Domingo, confirma la
frase lapidar de Juan Pablo II sobre el abismo que separa, cada vez
más, a ricos y pobres: "Los ricos cada vez más
ricos y los pobres cada vez más pobres".
Al Estado neo-liberal no le interesa una política social seria
y coherente. Tiene otras prioridades que no son el investir en educación,
salud, seguridad social, vivienda.
Las masas latino-americanas son cada vez más atraídas
por los grandes centros, en busca de mejores condiciones de vida y donde
se ven expuestas a toda suerte de violencia, de miseria, de deshumanidad:
constituyen los llamados grandes "cinturones de pobreza".
Sin embargo, aunque en las clases populares se observa una tendencia
al conformismo y al desánimo, - tendencia que puede ser llamada
"depresión social colectiva" (J.M. Vigil), típica
en las situaciones en que no se ven alternativas para las frustraciones
y sufrimientos morales, culturales y sicológicos, con ausencia
de perspectivas futuras, - el pueblo latino-americano no está
anestesiado, ni en su conciencia ni en su alma. Tal vez, como en otros
momentos similares de la historia, nuestros pueblos, sobre todo en las
clases populares, con sus organizaciones de base, sólo "retroceden
para poder saltar mejor.." La estrategia más eficaz
-nuestra gente lo sabe- ni siempre es hacer oposición al poder
que oprime. Hay, en la índole latino-americana, una reserva de
esperanza y de energía, una sabiduría multisecular, que
se expresan en gestos y actitudes de afirmación constructiva
y consciente. El proceso de forma-ción de un pueblo latino-americano,
sujeto de su propia historia, avanza, aunque sea a pasos lentos y casi
imperceptibles. Lo importante es que está teniendo lugar. El
gran problema que se nos presenta es aceptar la modernización
de nuestra sociedad, sin que pierda sus raíces y, sobre todo,
sin que acepte un tipo de mundialización que perpetúe
la exclusión histórica, cultural y económica de
la mayoría de las personas.
1.4 Entre los grandes problemas de nuestra realidad actual, apuntamos:
-
el escándalo de la deuda externa,
- la pérdida de las raíces de las economías locales,
- la desproporción entre el índice de urbanización
y la infra-estructura de las ciudades,
- ausencia de espacio para todos en la economía formal de mercado
acompañada del desempleo y de la seducción del consumismo,
- rol de la mujer en la sociedad y en la cultura,
- la opresión de los Estados Unidos sobre culturas frágiles
(indígenas, culturas regionales, minorías, culturas
populares en general),
- la supremacía tecnológica de los países ricos
(informática, biogenética, robótica).
¿
Cómo salvar, en este contexto, lo que es original en cada persona
humana, en cada cultura, en cada realidad de nuestras situaciones particulares
de latino-americanos? ¿No tendremos nosotros, los cristianos, las
religiones, la vida religiosa, un rol histórico de gran peso
en esta situación? ¿Habrá pasado ya nuestra época,
o es necesario lanzarse, con audacia, esperanza y "nuevo ardor",
en busca de una nueva imagen, un rostro nuevo?
La Exortación Apostólica "Vita Consecrata",
a partir del Sínodo de 1994, se refiere varias veces a palabras
como: reto, provocación, nuevos areópagos, fidelidad
creativa, mirar al futuro... Parecen palabras de orden y
preguntas que piden respuestas actuales para los problemas y situaciones
de hoy y una mirada contemplativa para esos "signos de los tiempos"
en los que el Espíritu se manifiesta y nos interpela.
2.
La vida religiosa en esa realidad
La vida religiosa en América Latina está siendo llamada
a adecuar su misión a tiempos y necesidades nuevas que surgen
de las situaciones concretas del mundo y de la sociedad en que vivimos.
2.1 No podemos hablar de situación actual sin una visión
prospéctica, señalando al futuro. El fenómeno de
mundialización, de globalización, por una parte, la eliminación
de barreras y fronteras económicas entre los pueblos, la creciente
proliferación de nuevos valores, muchos de los cuales totalmente
opuestos a los parámetros vigentes, crean una situación
de malestar, desconcierto, interrogantes, recelos y miedos, que sólo
una mirada más profunda sobre la "verdad del hombre",
marcada por la fe, puede aliviar. Lado a lado con la globalización,
el fenómeno de la exclusión, de la eliminación:
dos situaciones aparentemente tan opuestas, pero, en realidad, en alianza
ideológica tan profunda.
La vida religiosa, como cualquier otra forma de vida cristiana, tiene
como deber y responsabilidad estar atenta a las mociones del Espíritu,
en actitud de vigilia constante, de búsqueda y de discernimiento,
centinela de la aurora que sondea un nuevo amanecer y se detiene ante
todo signo de alerta, de riesgo, de combate.
2.2 La vida religiosa pos-conciliar, al entrar en un proceso de "aggiornamento",
recibió la impronta latino-americana a partir de Medellín
y, aun más específicamente, de Puebla. Ese proceso ha
sido dinamizador y parece haber sido el "despertador" de una
situación de instalación, producida por el gran número
de vocaciones, el brillo de las obras, la valoración y reconocimiento
de la vida religiosa por parte de una sociedad sacral y sacralizada.
Los cambios logrados fueron, en muchas ocasiones, periféricos,
no llegando a la esencia misma de la realidad. En algunos casos, se
dio una actualización sin profundidad. Hubo muchas crisis personales,
muchas deserciones y rupturas en los cuadros de las congregaciones,
afectando sus obras y su misión.
El gran mérito de Medellín y Puebla ha sido el de abrir
las mentes y los corazones de las personas de vida consagrada para la
realidad social de nuestro continente. Se prestó atención
a los pobres y se despertaron las conciencias para una realidad que
se alejaba mucho de la que juzgaban ser la que merecía su atención
y misión.
Muchas familias religiosas asumieron la "opción preferencial
por los pobres" como marco referencial para su misión,
y el fenómeno de la inserción en los medios populares,
el desplazarse hacia las periferias, fueron las grandes fuerzas dinamizadoras
de su presencia apostólica. Esta característica se refiere
especialmente a la vida religiosa femenina, que pronto se abrió
al toque del Espíritu y dio su respuesta. Esa "opción
por los pobres" costó muchas crisis para la vida religiosa,
ya sea a nivel personal, comunitario o institucional. Cambio tan grande,
no podía tener otro efecto.
Actualmente, la vida religiosa inserta experimenta un cierto cansancio,
un estancamiento entre gran número de religiosas y religiosos.
¿
Signo de los tiempos? ¿Influencia de la sociedad, volcada sobre
los valores del individuo, del enclausuramiento dentro de sus propios
intereses y bienestar? ¿No estará la vida religiosa más
identificada con "los hijos de este mundo" que con
"los hijos de la luz"?
2.3 Por otra parte, gracias da Dios, de manera significativa se observa
el contrapeso de esa situación, con signos vitales mucho más
animadores y capaces de garantir la esperanza. Podemos citar:
-
un nuevo esfuerzo de relectura de los carismas en los institutos religiosos,
buscando situarlos en el tiempo presente, como respuesta a las carencias
y necesidades de nuestro hoy. "Vita Consecrata", con su
llamada a una "fidelidad creativa", es un
aliciente para las congregaciones y hay, en nuestro medio, preocupación
con la "refundacion" de la vida religiosa
- el surgimiento de nuevas congregaciones, en casi todos los países
de América Latina. Brasil cuenta hoy con 105 congregaciones
nativas ( 97 femeninas y 8 masculinas). Son congregaciones que
surgen como respuesta a una necesidad actual y local, en su mayoría.
Son pequeñas, sin muchos recursos financieros, sin obras, cumpliendo
una misión en medio del pueblo, con presencia y eficacia evangelizadoras.
El número de religiosas y religiosos que pertenecen a esas
congregaciones son cerca de 10.000. Presentan, más fácilmente,
el rostro de la vida religiosa del país donde nacieron.
- El surgimiento de congregaciones femeninas y masculinas para grupos
de culturas específicas: afro, indígena.
- El esfuerzo de inculturación, de presencia en los medios
marginalizados (moradores de la calle, sin tierra, "meninos de
rua", enfermos de sida, prostitutas). Una presencia que expresa
la gratuidad y cercanía de Dios, su misericordia.
- La búsqueda de nuevas expresiones de los carismas fundacionales
de educación y salud, fuera de las instituciones, comprometidas
con los menos favorecidos, en una lucha por la vida: educación
popular, salud y alimentación alternativas, núcleos
familiares.
- La participación en las CEBs o comunidades cristianas, de
forma más espontánea, adaptada a las peculiaridades
de la gente.
- Las comunidades intercongregacionales que buscan dar respuesta a
apelos y situaciones de emergencia, en misiones temporales o efectivas,
en el propio país o en tierras lejanas.
- La respuesta a solicitaciones para la misión "ad gentes",
dando de la propia pobreza.
- La revalorización de las relaciones cercanas de vecindad,
de la vida sencilla de la gente, que resulta modelo para muchas comunidades
y ofrece un amplio campo propicio a la conversión personal
y un volver a las primeras intuiciones de las fundadoras y fundadores.
- Los cambios impuestos por la presencia de generaciones más
jóvenes, que no quieren o no pueden ajustarse a viejos modelos,
que caracterizan la vida de muchas congregaciones: estructuras, formalismos,
estilos de gobierno, vida comunitaria, misión. Todo pasa por
la necesaria revisión y auto-crítica. La exigencia evangélica
de "odres nuevos para vino nuevo" es una realidad, hoy,
para la vida religiosa.
2.4 Es importante subrayar el papel de las Conferencias Nacionales de
Religiosas y Religiosos, presentes en todos los países de América
Latina y del Caribe. Son 25 y representan una fuerza de armonía
y de orientación para el futuro de la vida religiosa. Manifiestan
la comunión que existe entre la mayor parte de las congregaciones.
Esas Conferencias, agrupadas en una Confederación - la CLAR -
se articulan entre sí y animan la vida religiosa, respetando
características y expresiones culturales propias a cada situación,
según el proyecto elaborado por las Asambleas Nacionales.
Ese punto de referencia de la vida religiosa ha contribuído enormemente
para una reflexión teológica más encarnada de la
formación bíblica, la formación inicial y permanente,
la espiritualidad, la misión, la comunión eclesial, la
inculturación, la opción por los pobres, la situación
de la mujer.
La reflexión teológica, hecha por grupos de teólogos
en cada país, ayuda mucho nuestra andadura como vida religiosa
latino-americana. El resultado de esa formación ofrece el contenido
para la formación de religiosas y religiosos y se publica en
las diversas revistas mantenidas por las Conferencias o a través
del boletín de la CLAR.
Creo que la vida religiosa en América Latina y Caribe vive el
compartir. Las cuatro Regiones (Centro América-México
y Panamá; Venezuela y Caribe; Países Andinos, y Cono Sur)
están atentas a las necesidades que les son peculiares y hay
un dinamismo muy grande a nivel de superiores mayores, de formación
y en los centros de formación intercongregacional.
2.5 Las relaciones con organismos de Iglesia son, en general, buenas.
Existen conflictos y situaciones delicadas en algunos países,
pero el diálogo ha sido el instrumento más eficaz y más
empleado para solucionar esos "impasses".
Con el CELAM ha habido un crecimiento cualitativo a nivel de relaciones
y se puede afirmar que vivimos bellos momentos de efectiva construcción
de comunión eclesial. Las sospechas se evaporaron y hay un clima
de verdad, de transparencia en las relaciones humanas, de cercanía,
de colaboración, de busca de caminos reveladores de abertura
y de buena voluntad. Se trata de un valor que debe ser defendido: favorece
al Pueblo de Dios y a la misma vida religiosa como tal. Todas y todos
somos responsables por el testimonio que el mundo espera de aquellas
y aquellos que construyen sus vidas teniendo los valores evangélicos
como marco de referencia.
Las relaciones de las diversas Conferencias Episcopales con la vida
religiosa presentan matices diversos: desde una relación muy
buena, hasta otra regular.
Con la CIVCSVA (Congregación de los institutos de vida consagrada
y sociedades de vida apostólica), la CLAR mantiene buenas relaciones
en estos últimos años. Hubo situaciones muy críticas,
superadas por el empeño valiente de diálogo, de transparencia,
de busca de la verdad y de respeto a las debidas competencias.
Este cuadro, incompleto, pero que abarca la realidad, puede dar una
idea de nuestra situación como vida religiosa en este mundo,
en esta realidad. Todo esto, con la fragilidad de una información
que está lejos de alcanzar la realidad vital y existencial, que
sólo la participación directa puede ofrecer. Sintetizando,
diría: la vida religiosa en América Latina, en este final
de siglo y de milenio, se caracteriza por la impronta que le da un mundo
en cambio y siente, ella misma, necesidad de renovarse para responder
a las esperanzas, anhelos, angustias y sufrimientos de la persona humana.
3.
Caminos posibles
En principio podemos plantearnos algunos interrogantes: ¿Este mundo,
es decir, la realidad en que vivimos en este cambio de siglo y de milenio,
esperan algo de la vida religiosa? ¿Cómo estar en el mundo,
actuar en el mundo, sin ser del mundo? ¿Cómo ser signo,
símbolo, parábola o profecía del Reino del Resucitado,
en una sociedad secularizada, en la cual predominan los valores anti-evangélicos
y se rinde culto a los ídolos del poder, del tener y del placer?
Son interrogantes que desafían la vida religiosa en su esencia
y esperan respuestas de religiosas y religiosos que saben el porqué
de su consagración y en Quién han depositado su fe y su
esperanza.
Para ayudar la vida religiosa en este momento de encrucijada, de crisis,
de caos, de apocalipsis, la CLAR, en su última Asamblea General,
realizada en Lima - Perú - el mes de junio, aceptó el
reto e hizo una lectura de los principales anhelos y preocupaciones
actuales, fundamentada en la realidad y en la experiencia de los casi
150 mil religiosas y religiosos del continente.
En el esquema de su Plano Global para el trienio 1997-1990 define como
objetivo general:
"Ante
el desafío del cambio de época, la CLAR se propone dinamizar,
con audacia evangélica, desde la experiencia de Dios y desde
una renovada Opción Preferencial por los Pobres, la Vida Consagrada
de América Latina y del Caribe, para que sea signo profético
de esperanza."
Inspirada en ese objetivo general, traza cinco líneas inspiradoras
que deben estar presentes en todas sus iniciativas y proyectos como
telón de fondo sobre el cual se desarrollarán las actividades
fundamentales del trienio. Son las líneas que señalo a
continuación.
3.1 Renovada opción preferencial por los pobres
Esta línea atraviesa los 38 años de existencia de la CLAR.
Ella configuró toda la vida de Jesús y debe configurar
la vida de sus seguidoras y seguidores. Pertenece al núcleo del
Evangelio y es una dimensión del Reino de Dios, un imperativo
ético y evangélico válido para todos.
En su carta a los religiosos de América Latina, Juan Pablo II
acentúa: "Esta opción es particularmente connatural
a todos aquellos que viven el consejo evangélico de la pobreza
y están llamados a amar, a acoger y servir a los pobres con las
entrañas de Jesucristo".
Esta línea tiene como objetivo específico: renovar la
opción por los pobres desde un análisis actualizado de
la realidad, que ayude a la vida religiosa a dar respuestas nuevas a
situaciones nuevas.
La nueva situación mundial se opone con violencia a la búsqueda
de alternativas más solidarias y humanizadoras para las grandes
mayorías de nuestros pueblos tan empobrecidas y marginadas. La
CLAR nos recuerda que la opción preferencial por los pobres debe
ser la "inspiración fundante" de la vida de las religiosas
y religiosos.
En los últimos años han aparecido nuevas y lacerantes
formas de pobreza (enfermos de SIDA, refugiados, emigrantes, ancianos
marginados por la sociedad, niños de la calle, en fin, todos
los considerados "sobrantes" en la sociedad). Por otro lado,
en los años 90, dicha opción asume otro estilo diferente
al de los años 70 y 80. Sin renunciar a las líneas fuertes
del período anterior, acentúa otras, como el acompañamiento,
la presencia silenciosa, la modestia, la paciencia, la solidaridad y
la creatividad esperanzada.
Esta opción admite en América Latina y el Caribe múltiples
expresiones. Una de las más significativas es, sin duda, la
inserción, ya que transparenta, con mayor diafanidad,
el amor de Dios a los pobres y su presencia en ellos. Merece, por tanto,
acogida, apoyo y estímulo.
3.2
El mundo de los jóvenes
Los jóvenes son, como decía Medellín, "manifestación
de los signos de los tiempos"; ellos "enuncian valores
que renuevan las diversas épocas de la historia" (Medellín,
Juventud nº 13). Es la población más sensible a los
cambios. Son, sin duda, los protagonistas del tercer milenio.
Esta línea tiene como objetivos específicos:
-
tomar conciencia y acoger el aporte significativo de los jóvenes
para recrear, juntos, la vida religiosa en este cambio de época;
- descubrir el universo simbólico de las culturas juveniles
y tomar conciencia de los desafíos que presenta a nuestra práctica
educativa y pastoral.
Junto a los valores que nos enuncian los jóvenes, nos asalta
el hecho de que son ellos la población más directamente
golpeada por los diferentes dramas que enfrentan nuestros países:
la pobreza, el desempleo, la violencia, la droga, el consumismo, la
migración, la desintegración familiar, la prostitución.
Los jóvenes, con menos de 25 años, son más del
50% de la población de América Latina y el Caribe. Ellos
manifiestan heridas muy sangrantes que nos permiten revaluar nuestros
proyectos sociales, políticos, culturales y religiosos. Pero
ellos manifiestan también, con la misma fuerza y con un nuevo
lenguaje, los nuevos caminos por los que debemos transitar para reencontrarnos
permanentemente con la vida. Esos jóvenes son un desafío
para la vida religiosa. Muchos ya nutren una vida religiosa con nueva
savia. Ellos tienen una voz nueva que quiere ser escuchada, tienen una
historia que quiere ser compartida, nos reclaman un espacio en esa tarea
permanente de renovar y refundar juntos la vida religiosa.
La reflexión sobre los jóvenes, dentro y fuera de la vida
religiosa, nos parece prioritaria en nuestro quehacer. No se puede entender
opción por los pobres en nuestro continente fuera de esta opción
por los jóvenes. Confiamos que ellos, en su aparente fragilidad,
sean la "fuerza renovadora" de la Iglesia, de la vida religiosa
y "esperanza del mundo".
3.3 La mujer y lo femenino
Uno de los signos de esperanza en este cambio de época en que
vivimos, con todas sus incertidumbres e interrogantes, es el fortalecimiento
del rol de la mujer en la Iglesia y la sociedad. Corresponde a la vida
religiosa, predominantemente femenina, traer su aporte para la superación
del patriarcalismo, sexismo, machismo y prácticas discrimina-torias
dominantes, tanto en la sociedad como en la Iglesia.
La conciencia de la necesidad de que las mujeres recuperen la posición
que les cabe en la sociedad y en la Iglesia, es otro "signo de
los tiempos". Esto no concierne sólo a las mujeres, sino
a toda la humanidad, varones y mujeres. "Es obligado reconocer
igualmente que la nueva conciencia femenina ayuda también a los
hombres a revisar sus esquemas mentales, su manera de autocomprenderse,
de situarse en la historia e interpretarla y organizar la vida social,
política, económica, religiosa, eclesial" (VC 57).
Su objetivo específico: seguir potenciando a través de
diversas temáticas la conciencia que nos lleve a construir una
sociedad con relaciones de comunión.
La mujer, portadora y defensora de la vida, debe estar presente en todos
los foros (en la política nacional y mundial, en el arte, en
la ciencia). Es constructora de relaciones nuevas a partir de lo humilde
y lo pequeño; es promotora de organizaciones de base, grupos
orantes y otros semejantes. Todos ellos buscan respuesta ante los atentados
a la vida, que el sistema de muerte impone, practicando el ecumenismo
en la cotidianidad.
Es indispensable la manifestación del rostro materno de Dios,
que es ternura y misericordia. En una sociedad donde tenga lugar, se
generarán, sin duda, relaciones fundamentalmente diferentes de
las actuales.
La CLAR y las Conferencias Nacionales se proponen proseguir con el proyecto
que ya se está implementando sobre la recuperación de
la memoria histórica de la Vida Religiosa en América Latina
y el Caribe. Igualmente, hay que seguir potenciando la conciencia crítica
frente al sexismo, machismo, patriarcado y discriminación. Otra
tarea importante es la formación permanente de varones y de mujeres
en el sentido de la creación de una sociedad de iguales, por
la superación de prejuicios y la construcción de relaciones
mutuas, respetuosas de la diferencia.
3.4 Espiritualidad encarnada, liberadora e inculturada
Esta línea inspiradora se propone impulsar el análisis
de la realidad y el compromiso con la misma; favorecer el crecimiento
personal y afectivo desde la fe: experiencia de Dios y comunitaria;
apoyar la lectura orante de la Biblia y la lectura orante de los signos
de los tiempos.
Se trata de cultivar una espiritualidad que se alimente de los dos libros
a través de los cuales Dios nos habla: el libro de la Biblia
y el libro de la vida. Leer el uno a la luz del otro. O sea, esta línea
nos invita a aprender a discernir los "signos de los tiempos"
y a dejarnos interpelar por ellos a la luz de la Palabra del Señor;
cómo leer la Biblia desde la historia y situación de nuestros
pueblos. La espiritualidad así entendida nos compromete, desde
la brisa suave de la experiencia de Dios (1Re 19,12), con las
grandes causas de la humanidad: la defensa de la vida, la superación
de la pobreza, la justicia, la no-violencia, la dignidad de las personas,
el rol de la mujer en la sociedad y en la Iglesia, el cuidado de la
creación. Es, pues, encarnada, liberadora e inculturada.
3.5 Nueva eclesialidad
El cambio de época plantea nuevos retos a la Iglesia y a la vida
religiosa.Concretamente estamos llamados a revisar nuestras relaciones
entre hombres y mujeres, entre los miembros de nuestras comunidades,
entre comunidades eclesiales y con el mundo en su diversidad. Esta revisión
no es una simple adaptación, sino, de alguna manera, una refundación
a partir de los criterios de solidaridad, de justicia, de igualdad y
de respeto gozoso de las diferencias.
Al hablar de nueva eclesialidad aludimos a esta conversión radical
de nuestra fraternidad humana, eclesial y comunitaria. Para eso, la
CLAR propone como objetivo específico:
-
cambiar nuestras actitudes de superioridad y nuestras prácticas
de dominación en relación con los laicos;
- promover la reflexión y sensibilización en torno a
la vida comunitaria como experiencia fundante que brota de la Trinidad
y testifica el amor, la unidad, la solidaridad.
Esta línea propone tres puntos:
-
la vida religiosa como experiencia profética de la fraternidad,
- la comunión entre diversos carismas del pueblo de Dios,
- diálogo macroecuménico con el mundo.
Me parece que, de alguna manera, en estas líneas inspiradoras
para el plano global de la CLAR (1997-2000) están algunas posibles
respuestas o caminos para que la vida religiosa pueda enfrentar los
grandes desafíos y provocaciones de nuestra realidad.
La necesidad de ser significativa como presencia en este mundo, en este
final de milenio pasa por un proceso de redescubrimiento del sentido
de la vida religiosa. Es interpelada: como religiosas y religiosos,
tenemos que dar sentido y razón a nuestra vida, encontrando,
en la fidelidad de la promesa divina, promesa que nos precede, la fuerza
y la justificación de nuestro caminar.
Renovada opción preferencial por los pobres, el mundo de los
jóvenes, la mujer y lo femenino, una espiritualidad encarnada,
liberadora e inculturada y una nueva eclesialidad: por ahí van
los caminos que vislumbramos, las mociones del Espíritu, los
retos de la realidad, las puntas de lanza que claman por seguidoras
y seguidores animados por una fe viva, una esperanza sincera, una caridad
incansable. Todo con el sello de la valentía y audacia evangélicas.
¿Caminos posibles? ¿Caminos imposibles?
4.
Desafíos y esperanzas
La realidad actual de nuestros países, marcados por la miseria
y opresión, la injusticia, la exclusión - consecuencias
de un sistema de muerte, un neoliberalismo salvaje - constituye por
sí misma un desafío y una amenaza para la vida religiosa,
o mejor, para la vida cristiana, dentro o fuera de la institución
eclesial.
Los efectos de esa situación: las atrocidades del poder, el hambre,
el desempleo, la marginalización, la discriminación, afectan
profundamente la vida religiosa. Ante ese cuadro, ella está llamada
a tomar conciencia más comprometida de la necesidad y urgencia
de romper las cadenas del pacto con el virus del individualismo, del
consumismo, del bienestar, de la riqueza, del status, de las alianzas
y compromisos deturpados. Está llamada a buscar la autenticidad
y la verdad de su vocación.
Llamo "tentaciones", "situaciones generadoras de inquietud,
de amenazas", algunos elementos sintomáticos en el área
de la espiritualidad, de la vida fraterna en comunidad, de la misión,
de la formación.
En el camino de la esperanza, como signo de la presencia del Espíritu,
como respuesta a las situaciones de desconcierto y dudas, la vida religiosa
experimenta un momento de reflorecimiento y redescubrimiento de su significado
más profundo, anclándose en el seguimiento de un Jesús
que está revestido de todas las enfermedades engendradas por
el sistema vigente.
Recientemente, en un seminario de junioristas, de la Región Nordeste
del Brasil, introduje los trabajos preguntando a aquel grupo de jóvenes
si estaría dispuesto a asumir una vida religiosa sin brillo,
sin poder, sin grandeza y sin prestigio a los ojos del mundo.
Pasan por ahí las grandes huellas de la esperanza: la vida religiosa
en América Latina está siendo despojada de aquello que
le garantizaba protagonismo y visibilidad en una sociedad sacral. Hoy,
la situación es otra. La presencia de la vida religiosa - desconocida
por los grandes del mundo - es la presencia del ejercicio cotidiano
de ministerios que le ofrecen un rostro más comprensible de cara
a los pequeños y los pobres.
La vida religiosa se fortalece en las autopistas sin asfalto de una
presencia solidaria, de valoración de toda expresión de
vida, de resistencia, de compartir, de verdadera comunión con
los destinos de la persona humana.
Viviendo la alegría, la compasión, la misericorida, la
ternura, la amistad, la vigilancia, la vida religiosa está abriendo
las puertas para un mundo más humanizado y dignificado. Sobre
todo, la toma de conciencia del hecho que el momento presente está
exigiendo una "cultura de solidaridad", está
recriando una nueva manera de ser, más coherente y auténtica,
fundada en las exigencias y valores de la encarnación y de la
inculturación.
Expresar con la vida la realidad de un mundo de relaciones nuevas, de
participación y organización, que puedan confirmar en
el pequeño y en el pobre, en aquel que no tiene crédito
ante el mundo o es excluído, la fuerza del Evangelio y los valores
cristianos,... eso es signo de esperanza y de futuro. Tener la valentía
de reconocer los nuevos sujetos emergentes para la construcción
de una nueva sociedad, he ahí otro signo de esperanza. Apostar
por el joven, creer en la mujer, en la fuerza del laicado, en el potencial
de las culturas negra e indígena; en la capacidad creativa de
la poblaciones excluídas, buscando en ellas y con ellas caminos
o brechas para nuevas expresiones de lo humano, donde lo divino se pueda
manifestar, ...todos ellos son otros signos de esperanza.
En fin, abrirse al Espíritu, fuerza constante de nueva creación,
de recriación, de transformación, dejándose conducir
por Él, interpretando y discerniendo los signos de los tiempos;
soñar alto y alegrarse con los pequeños resultados; sembrar,
sembrar, sembrar, confiando en que la tierra es fecunda y el Señor
la hace fértil aun cuando aparente ser estéril; creer
en la fuerza de lo pequeño y lo inútil a los ojos del
mundo, en la fuerza de gestos desapercibidos; sumar utopías y
caminar por sendas tan conocidas y tan sorprendentes... son también
signos de esperanza.
Así caminamos. Hay pequeños espacios abiertos. La tarea
es agrandarlos. La vida religiosa en América Latina, a lo largo
de estos 500 años, joven como el continente que la sostiene,
conoció las intemperies y conflictos, fuerzas represoras e incomprensiones,
sufrió golpes y gozó de certezas, se arrimó a los
grandes y se convirtió a los pequeños. Hoy es ella la
que sostiene una actividad evangelizadora imprescincible, en el umbral
del tercer milenio.
Conclusión
La vida religiosa, signo y esperanza en el continente latinoamericano
hoy y mañana, fue el tema propuesto para esta charla. Quizás
no correspondí del todo a ese objetivo. Lo que intenté
fue recorrer los caminos conocidos de todos, detectando en ellos los
puntos clave, sea en la realidad social, sea en la realidad de nuestra
vida de mujeres y hombres consagrados.
Ser presencia en el mundo; creer en la fuerza transformadora del testimonio,
de la cercanía, de la participación en todas las situaciones
de la vida de las personas; abrirse cada vez más al mundo de
la pobreza; comprometerse con la construcción de una sociedad
humanizada; actuar con nuevo ardor; rescatar la valentía y la
audacia iniciales y ser capaces de hacer de ellas la bandera para las
nuevas exigencias y necesidades; buscar respuestas para las nuevas situaciones
y retos de este momento histórico; tener los ojos, los oídos,
el corazón atentos a las manifestaciones del Espíritu;
saber esperar, discernir, avanzar, retroceder...
Cerremos los ojos, los oídos y el corazón a las profecías
de muerte y derrota; a los gritos de victoria de la desesperación,
de la desilusión, de la violencia, de la corrupción, del
fracaso, del desaliento, a los que anuncian caminos sin salida y abismos
sin vuelta... Caminemos teniendo ante nosotros la presencia del Resucitado,
que es confirmación de la promesa que acompaña la vida
cristiana, promesa del "estoy con vosotros", en el
"id por todo el mundo..." Sabemos que sobre nosotros
reposa el mismo Espíritu y realiza la misma unción, el
mismo envío para que seamos anunciadoras y anunciadores de un
tiempo de gracia y de Buena Nueva.
¿No
son éstas algunas pistas de la profecía de la esperanza
para nuestros tiempos?
Me gusta contemplar como ícono, para la vida religiosa de este
momento histórico, la parábola del banquete: somos siervas
y siervos, aquellas y aquellos a quienes el Dueño de la Fiesta
ordena salir por las calles, caminos y encrucijadas, por las "favelas"
y cortijos, por las periferias, desierto y fronteras, por las noches
violentas y violentadas, para invitar a aquellos a quienes el mundo
ignora, excluye y discrimina, pero que - seguramente -
son los destinatarios del grande proyecto que el Padre tiene para el
mundo y la Iglesia en el nuevo milenio.
Una vez más, el cántico de María - la Madre de
la espera y de la esperanza, - la consagrada por excelencia, podrá
proclamar con alegre osadía , con lucidez e ingenuidad en el
corazón de la vida religiosa:
el
Señor hace en mí maravillas,
el Señor hace por mí maravillas,
el Señor hace conmigo maravillas.
¡Santo es su nombre!
Que
la Virgen de Guadalupe continúe manifestando a América
Latina su cariño de madre: "¿No soy yo tu madre?