Francisco de Aquino Júnior* - Presbítero. Limoeiro do Norte (CE-Brasil)
La “opción” por los pobres: realidad central de la vida religiosa


Desde la combinación del estudio y la docencia de la Teología, y la vida compartida con personas y pueblos que sufren la pobreza y la exclusión, el autor profundiza en el seguimiento de Jesús y su postura ante los pobres. De él se deduce el carácter ineludible de lo que solemos llamar ‘opción’ por los pobres. ¿Qué sugiere eso para la vida consagrada?

Son tres las razones que nos han movido a aceptar la invitación a escribir sobre la “opción” por  los pobres [i] - opción preferencial, audaz, actualizada... - señalada como prioridad por la última Asamblea general Ordinaria de la Conferencia Brasileña de Religiosos (crb) [ii] .

En primer lugar, por tratarse de una cuestión central y decisiva - incluso escatológica (cf. Mt 25,31-46) - en el seguimiento de Jesús a quien confesamos como Cristo. Ser cristiano es vivir como vivió Jesús y de lo que él vivió. La vida de Jesús fue un constante y progresivo des-vivirse para que vivir pudiesen los pobres. Y ello en obediencia y fidelidad al Padre. ¿Qué otra alternativa cabría, pues, a quienes siguen el camino de Jesús?

En segundo lugar, por ser testigos del gran bien que la vida religiosa ha proporcionado a los pobres de este mundo, pese a tantos y tantos males. Son multitud los hermanos y hermanas - con  tantos y tan diversos carismas - que se dedican a los pobres y a sus luchas, que asumen su causa, pero que se ven no pocas veces incomprendidos - incluso dentro de la misma comunidad religiosa - calumniados, perseguidos, hasta asesinados. Más aún. Existen comunidades enteras que se entregan a los pobres y se dejan configurar por ellos. Contamos, incluso, con instituciones que se dedican por entero a los pobres, como, por ejemplo, la Universidad Centroamericana de los Jesuitas en El Salvador.

En tercer lugar, porque ante la ausencia y el lamento evangélico de no pocos compañeros y amigos religiosos y religiosas, nos percatamos de cuán distanciado se ha la vida religiosa, en estos últimos años, de los empobrecidos y excluidos y, consiguientemente, del Dios de Jesús. Es impresionante - por no decir blasfemo, que sería más exacto - cómo pueden vivir y configurar tantas y tantas  personas “una forma de vida” en la que no encuentren los pobres y sus sufrimientos más atención que la de unos discursos retóricos y abstractos - ¿como descargo de conciencia? - y se atrevan a calificar de cristiana tal “forma de vida”.

Dichas razones traspasan las fronteras de lo personal: algo que deseamos dejar claro desde el principio. Aun habiendo vivido casi seis años con religiosos durante los estudios teológicos en Belo Horizonte y habiendo trabajado siempre con religiosas y religiosos, el hecho de no ser religioso sitúa nuestra reflexión  “fuera de la vida religiosa”. No obstante, puesto que la “opción por los pobres” es una realidad central en la fe cristiana, y la vida religiosa es “una forma” de vivir la fe cristiana, creemos que la distancia entre nosotros no es tan grande como pudiera parecer a primera vista y que la gente puede entenderse “en casa”.

La vida religiosa como forma de seguimiento de Jesús

La discusión sobre la identidad y diversidad de los carismas - dones del Espíritu - parece ofuscar no pocas veces el hecho de que se trata de dones y carismas en el seguimiento de Cristo Jesús. Y es esto lo que, en última instancia, confiere identidad cristiana a tales dones y carismas. Se habla tan enfáticamente de espiritualidad franciscana, ignaciana, redentorista, sacramentina, benedictina, etc., que llega a silenciarse y hasta olvidar que tales adjetivos no hacen más que destacar o intensificar un aspecto o exigencia-desafío de la única espiritualidad cristiana: el seguimiento de Cristo Jesús. El hecho es tan real, que hasta en serias facultades de teología viene a “reducirse” el curso de espiritualidad al estudio  de las escuelas religiosas de espiritualidad, como si fuera de tales escuelas “carismáticas” no existiese espiritualidad cristiana.

Por otra parte, en estos últimos tiempos, se ha hablado mucho de “refundación” de la vida religiosa. No vamos a entrar ahora en discusiones. Pero eso de refundación no deja de ser una ambigüedad. No sólo por ese ingenuo lirismo que niega el pasado y construye un presente sin raíces ni fundamentos -“refundación”  puede oler a fundación - sino también por fomentar una cierta visión idealista de los orígenes, una especie de paraíso profanado. Creemos preferible hablar de replanteamiento [iii] . “Replantear es mirar lúcidamente nuestras tradiciones, ver  lo que está pasando y cómo nos volvemos a resituar en fidelidad al carisma y a nuestro momento actual” [iv] . En todo caso, lo que ahora interesa es tomar conciencia de que “refundación”, “retorno  a las fuentes”, o “replanteamiento” de la vida religiosa sólo es algo viable a partir de esa realidad que da origen y fundamento y que constantemente vigoriza tanto la vida religiosa - nuestros diversos carismas - como las demás formas de vida cristiana: la vida, muerte y  resurrección de Cristo Jesús continuadas por la comunidad de quienes profesan la fe en Jesús y viven la  fe de Jesús.

Cierto que no puede pensarse ni vivirse la fe cristiana desvinculada de las formas concretas que va adoptando a través de la historia. Pero no es menos cierto que hay una realidad más central y más fundamental como criterio constante de discernimiento de todas esas configuraciones históricas: “Jesús de Nazaret es confesado por las Iglesias cristianas como el Ungido de Dios, el Cristo de Dios. Tal confesión de fe supone, para todo creyente cristiano, que el vivir, morir, y vivir para siempre de Jesús es la referencia normativa de todo acceso a la Divinidad. Para el creyente cristiano, todo lo de Dios tiene que ver con Jesús; y Jesús tiene que ver con todo lo de Dios. Quien se proclama cristiano, está refiriéndose a Jesús de Nazaret, el Ungido de Dios” [v] .

En una palabra, Cristo Jesús es el criterio absoluto de discernimiento de la vida cristiana. Discernimiento que debe entenderse aquí bajo un doble aspecto o como una doble tarea: “como un poner en “crisis” o someter a “prueba” nuestro hablar  y sentir sobre Jesús, para no caer en ilusiones o alucinaciones meramente subjetivas y, por tanto, irreconocibles para la comunidad cristiana; y como un “pleitear” o someter a juicio  nuestra forma de ser y de estar en la vida, ya que no pocas veces el lenguaje es falaz y enmascarador de la realidad” [vi] .

Jesús de Nazaret es Cristo

Obvio y evidente: nadie negaría explícitamente, como criterio último y permanente, que Jesús es el iniciador y consumador de la fe cristiana (Hbr 12,12). En esto, y por principio, estamos todos de acuerdo. Por eso formamos parte de la “misma” Iglesia y compartimos la “misma” fe. El gran problema es saber quién es realmente ese Jesús  a quien confesamos como Cristo y que configura nuestra vida. Y ahí sí que tenemos un “Jesús” para todos los gustos. Cada cual se escoge o se  fabrica el suyo propio.

Evidentemente, no tenemos una biografía de Jesús. La Biblia no es un libro de historia, en el sentido moderno de esta palabra [vii] . Es un libro de fe. Recoge y expresa, con su lenguaje propio, la experiencia de Dios vivida primeramente por Israel y, en el “final de los tiempos”, por Jesús y por los con-Jesús. Su objetivo no es informar periodísticamente sobre episodios de la vida de Jesús, sino - como bien dice el apóstol Juan - animar la  fe en Cristo Jesús y el estilo de vida que brota de esa raíz (cf. Jn 20,31).

Sin embargo, y aunque no tengamos una biografía de Jesús, el testimonio de la fe de las primeras comunidades cristianas, recogido en las Sagradas Escrituras, nos prohíbe “crear a Jesús” a nuestra “imagen  y semejanza”. A no ser que,  previa y descaradamente, queramos negar en Jesús una realidad objetiva e  independiente de nuestro gustos e intereses. Y como no hay acceso a dicha realidad más que a través de quienes nos precedieron en la fe, o bien acogemos su testimonio, o nos callamos por completo, o -negando la realidad objetiva a Jesús- construimos una imagen y un discurso como para camuflar o legitimar intereses, normalmente ajenos al Evangelio.

Según las Escrituras, hay dos realidades indiscutiblemente centrales y definitivas en la vida de Jesús: su confianza en y su obediencia a un Dios Abba, y un total des-vivirse, hasta las últimas consecuencias, por el reinado de ese Dios Abba en este mundo. No son, no, realidades paralelas o yuxtapuestas. Todo lo contrario: “El reino da razón de ser de  Dios como  Abba, y la paternidad de Dios da fundamento y razón de ser del reino” [viii] . Con otras palabras, la práctica misericordiosa de Jesús -reinado de Dios- revela un Dios bondadoso y misericordioso (Padre); y solamente un Dios bondadoso y misericordioso (Padre) puede generar bondad y misericordia, es decir, reinado de Dios.

El anuncio y la realización del reinado de Dios constituían el centro de la vida de Jesús. “No sólo no se predicó a sí mismo; tampoco para él fue Dios simplemente, y sin el “reinado de Dios”, la realidad última” [ix] . Jesús vivió en función de dicho reinado, que no es sino la soberanía real de Dios, la realización de su justicia. Y justicia, en la mentalidad israelítica, a diferencia de la imparcialidad (¡?) occidental, significa esa “protección que el rey extiende sobre los desamparados, los débiles y los  pobres, sobre las viudas y los huérfanos” [x] . ¡Es parcial!

Si el reinado de Dios significa, pues, realización de  su justicia, y ésta aparece orientada hacia las víctimas, es evidente que el reinado de Dios se dirige fundamentalmente a las víctimas. Jeremías, exégeta alemán, llega a afirmar que “pertenece  a los  pobres” [xi] . Y si es así, nos afecta  - a los que no somos o no vivimos como pobres - solamente en  la medida en que comulgamos, de alguna manera, con la vida y el destino de los pobres. Volveremos después sobre esta cuestión, polémica y fundamental.

Pero, ¿en qué consiste, concretamente, este reinado de Dios? Jesús nunca lo definió conceptualmente. En vez de definirlo, realizó signos y adujo parábolas, señalando ya su proximidad, su presencia, su realización [xii] .

Tal llegada del reinado de Dios devolvía creatividad a las víctimas de parálisis, libertad a los cautivos y a los posesos del demonio, y creaba comunidad con los excluidos. Es caso típico el del geraseno (Lc 8, 26-39): pasa el “grito” a la “palabra”, de la “auto-lesión” a la “auto-estima”, del “cementerio y el sepulcro” a la “aldea”, de las “cadenas” a “estar  sentado y vestido”. Y no menos típico es el caso de la comensalidad de Jesús con los “pecadores” o excluidos (Mc 2, 15-17; Lc 7, 36-47; etc.). Para comprender aquí tal significado, hay que tener presente que “en Oriente recibir a alguien como comensal sigue significando  hasta hoy un honor, que quiere decir oferta de paz, de confianza, de fraternidad, de perdón, de comunión de vida... En el judaísmo, concretamente, comensalidad es comunión en presencia o a la vista de Dios..., participación en la bendición  que el dueño de la casa pronuncia sobre el pan antes de partirlo” [xiii] .

El reinado de Dios, como realización de su justicia, siempre partidaria, era una Buena Nueva para los pobres: garantía de vida, libertad y protección, ruptura con la lógica de exclusión, restauración de la comunión. Rompía dependencia y creaba comunión.

Pero nunca tal anuncio-realización fue tranquilo. Las fuerzas del “anti-reino” nunca tardan. Preferían - ¡y prefieren! - las cadenas, el sepulcro, la distancia... Para ellas, lo que era - ¡y es! - Buena Nueva para los pobres era - ¡y es! - mala noticia. Razón por la que el reinado de Dios siempre fue - ¡y será siempre! - una realidad profundamente conflictiva, cuyo precio puede ser la vida, como  confirma la Cruz de Jesús.

Si, por un lado, el reino del que habla y hace presente Jesús es siempre, según él mismo, reino y reinado de Dios, por otro lado, tal reinado revela a un Dios justo, bondadoso y misericordioso, a quien se llama Abba, papaíto. La centralidad del reinado de Dios en la vida de Jesús solamente puede entenderse, en última instancia, a partir de su experiencia de Dios como Abba. Y a la inversa: una praxis de bondad y misericordia no puede sino revelar a un Dios bondadoso y rebosante de misericordia. Solamente un Dios de bondad y misericordia puede llevar a una praxis bondadosa y misericordiosa.

“La experiencia de tal vinculación Abba-reino... constituye toda una clave de lo que personalmente transparenta estar viviendo Jesús, así como todo un horizonte de lo que Jesús quiso proclamar; y constituye, igualmente, todo un sentido de ese discipulado que, para Jesús, no viene a ser sino una introducción a tal experiencia” [xiv] .

Cristianos son los seguidores de Cristo Jesús

En la confesión de fe: “Jesús es Cristo”, se ha de afirmar, sí , que Cristo es Jesús y no otro cualquiera; pero ha de explicitarse igualmente quien es ese Jesús a quien confesamos como Cristo. La calificación de una persona, un grupo o una institución  como cristiana supone, para ser consecuente, una identificación -diferente de la imitación- con aquella vida concreta que da contenido y realidad al mesianismo/cristianismo: Jesús de Nazaret.

La Iglesia cristiana es la comunidad de los seguidores de Cristo Jesús. Su misión es continuar la misión de Jesús. Es, cabalmente, esa identificación con la vida y la misión de Jesús la que confiere a la Iglesia su ser cristiano. Una persona y una comunidad son cristianas solamente en la medida de su participación en la acción mesiánica de Jesús. El ser cristiano no pasa, en primer lugar, por una identificación sociológica - soy cristiano, católico - ni por una confesión doctrinal – catecismo - [xv] , ni por unas prácticas rituales - misa, rosario, ayunos... - aun sin negarlas, e incluso implicándolas. Todo esto, además de periférico, sólo adquiere consistencia y densidad cristiana como expresión de una vida de seguimiento de los pasos de Cristo Jesús. En una palabra: somos cristianos solamente en la medida con que, en obediencia al Padre, participamos en la acción mesiánica de Jesús o reinado del Abba. Ahí es donde se juega, se juzga y se mide nuestro ser cristiano.

La vida religiosa no sería, pues, sino una forma concreta, entre otras muchas, de vivir y seguir a Cristo Jesús. En principio, ni más ni menos importante, perfecta o santa que las  otras formas. Simplemente, una forma de vida y de seguimiento en pobreza, castidad y obediencia. Es el seguimiento el que, cabalmente, confiere realidad y legitimidad cristianas a los votos.

Se ha de ir, pues, constantemente explicitando el carácter y los fundamentos cristológicos de los votos. No pueden ser entendidos ni vividos a partir de sí mismos o de  la congregación. Deben entenderse y vivirse como forma de vida y de seguimiento de Cristo Jesús. Y, dentro de esta perspectiva, “es urgente releer los votos (y esto es tarea de todos y todas, y no sólo de teólogos y teólogas) desde el descentramiento, desde la abnegación y mortificación (¡palabras en nuestra cultura horribles y feas!). Es urgente pasar del ego-centrismo y del comunitario-centrismo al potchoi-centrismo; pasar a que los pobres (ptochoi) de Jesucristo sean el referente normativo de nuestra vida religiosa. En este momento no se trata de que todos y todas tengamos que estar en la misma misión con ellos... De lo que se trata es de tener todos y todas el mismo referente común, que no es ideológico, sino radicalmente teológico [xvi] .

Dentro de esta perspectiva, el voto de pobreza no puede ser simplemente una clasificación sociológica  o sinónimo de austeridad, ni simple actividad con o en favor de los pobres; ha de ser una participación en el despojo y el des-vivirse de Jesús y en su consiguiente encarnación en la vida y en el mundo de los despojados y los desvividos. El voto de obediencia no es simple sumisión o servil condescendencia  - por miedo o por cinismo - a los “superiores”, sino obediencia al Abba de Cristo Jesús y fidelidad a su  reinado de justicia entre los pobres. El voto de castidad no es, simple, ni fundamentalmente, renuncia al matrimonio o abstinencia-continencia sexual, sino vivencia de los afectos y deseos en la libertad del Espíritu de Cristo Jesús, amando gratuitamente a todos, preferencialmente a los pobres y a los pequeños.

“Cuando los votos se viven desde el status confessionis, y  no desde el status perfectionis, y se viven ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, y no ante un “dios-amo”, dejan de ser un “ideal” para ser nuestra herida realidad personal en el seguimiento del Crucificado” [xvii] .

La vida religiosa, en expresión de Toni Catalá, es un camino lleno de peligros y de insidias; pero también apasionante en el seguimiento de Cristo Jesús. Sus fundamentos nos vienen ya dados de una vez para siempre. No creamos, pues, tener que “refundar” la vida religiosa. Creamos, sí, en el “reto de no olvidar en la vida religiosa apostólica que no hemos sido llamados y llamadas personas de un barro distinto al común de los mortales, que no vamos a vivir ninguna perfección, pero que sí que podemos por pura gracia y fortaleza del Espíritu, hacer un poco más visible que lo único que importa en esta historia es ser cauces de Misericordia y que los pobres de Jesucristo encuentren respiro y dignificación” [xviii] .

La “opción” por los pobres como realidad constitutiva, esencial y fundamental de la vida religiosa

En primer lugar, se ha de tomar muy en consideración  el hecho de que opción por los pobres es, dentro de la fe cristiana, algo que dice relación, propiamente, con el Dios  Abba y con la praxis - reinado de Dios - de Jesús.  Es Dios mismo quien toma partido por  los pobres en Israel;  y, al “final de los tiempos”, en Cristo Jesús. Se trata de una opción como fruto, al mismo tiempo, de la gratuidad de su amor [xix] y como acto de justicia [xx] .

La revelación de Dios no es tanto comunicación doctrinal, cuanto acción salvífica y liberadora de las víctimas. Valoremos, pues, seriamente el hecho de no tener, en la tradición bíblica, una manifestación de Dios anterior o al margen de su opción por los pobres. “Jesús, confesado como Hijo, no es una manifestación de Dios aislada de la suerte de los excluidos y los sufrientes... No se manifiesta la divinidad, para optar después, preferencialmente por los pobres. No hay manifestación superior a las realidades de  la humanidad sufriente” [xxi] .

En segundo lugar, se ha de tener claro que para los cristianos, como seguidores de Cristo Jesús, no se trata propiamente de una “opción” en el sentido de poder no optar. Se trata de una condición y una exigencia radicales, innegociables, fundamentales. El ser cristiano queda, definitivamente, marcado y constituido por su toma de partido en favor de los pobres. Es imposible ser cristiano - de verdad -  y no tomar partido por los pobres o no asumir su causa. A no ser que el cristiano nada tenga que ver o pueda prescindir del mesianismo de Jesús: el reinado del Abba.

En todo caso, aun cuando el término “opción” fuera inadecuado para expresar la toma de partido por los pobres que caracteriza y constituye la identidad cristiana, seguiríamos utilizándolo aquí  - si bien entre comillas - dada la importancia y tradición que en la Iglesia latino-americana ha tenido y sigue teniendo dicho término.

“Opción” por los pobres, simplemente

En los años setenta, la expresión “opción por los pobres” se adoptó como lema o eslogan de la Iglesia latino-americana, que, como ninguna otra, respondiendo a la llamada de Juan XXIII, se convirtió en “Iglesia de los pobres”. Si hablar hoy de “opción por los pobres” - al menos a nivel de discurso - es algo “normal” - ¡tal vez ya no tan normal! - no lo fue en décadas pasadas.

Pero no tardó en hacerse sentir, dentro y fuera de la misma Iglesia - incluso a nivel de discurso - la reacción ante este nuevo - pero tan antiguo, por lo menos, como el judaísmo y el cristianismo- modo de ser Iglesia. Como no era fácil negar, aquí, la centralidad  de  los pobres en la vida de Cristo Jesús – incluso, era imposible - se comenzó por yuxtaponer adjetivaciones, que, más que precisar el sentido teológico de “la opción de los pobres”, acabarían relativizando y suavizando tal “opción”.

Ya en Puebla, la “opción por los pobres” venía afirmada como “opción preferencial y solidaria” (1134ss) y “no exclusiva” (1145, 1165). Se trataba de una acción “correctiva” (¡?). Y el mismo documento no deja duda a este propósito (cf. 1134). Santo Domingo sigue el mismo procedimiento y consolida la “correción”. Habla de “opción evangélica y preferencial, no exclusiva  ni excluyente” (178).

Pueden, sí, a primera vista, parecer fecundas y enriquecedoras tales discusiones y matizaciones; y  lo fueron, efectivamente, bajo no pocos aspectos. Pero, por otro lado, mal lograron disimular su real distanciamiento de los pobres y de la acción mesiánica de Jesús y el real compromiso con los poderosos y los poderes de este mundo por parte de sus incansables defensores. ¡Muy sintomático!

En todo caso tres cosas nos parecen evidentes a partir de la revelación y de la fe cristianas. Se imponen, además, por la fuerza de su realismo. Son las siguientes:

Pobres,  según  Sobrino, son “aquellos que no dan la vida como supuesto: los que están abajo en la historia, oprimidos por la sociedad y segregados de la misma; no son, pues, todos los seres humanos, sino los de abajo, y estar abajo significa ser  oprimido” [xxii] .

Por éstos opta, toma partido, asume su causa - “sin glosas”, diría Francisco de Asís (Test. 12) -  el Dios-Abba de Jesús.

A los seguidores de Jesús no les queda más alternativa que hacer suya – asumir - la opción de Dios. Lo cual no significa negación del destino universal de la salvación (cf. 1 Tim 2, 3-4) ni  indiferencia por la salvación de los ricos y los opresores. Significa acogida de la salvación aportada por Cristo, el Jesús de Nazaret, y no auto-salvación o reducción/perversión de la salvación a las proyecciones/idealizaciones, normalmente ajenas al Evangelio. La salvación aportada por Cristo Jesús pasa necesaria y primariamente por la defensa y garantía de la vida de los pobres, si bien no se reduce a eso. Y no podría ser de otra manera. Si salvación tiene que ver con vida nueva “en Cristo” - vida que sólo se realiza en la comunión con Dios, que asume en el amor y la misericordia la totalidad de la realidad - supone la garantía y conservación de la vida en su nivel más primario, en su misma materialidad. Negar tal materialidad es negar posibilidades de vida en comunión con Dios, ya que la materialidad de la vida es el nivel más elemental y fundamental de toda vida en comunión con Dios. La universalidad de la salvación pasa por la parcialidad - por los pobres - de su realización histórica.

“Opción por los pobres” y voto de pobreza

Que la “opción  por los pobres” pertenezca constitutivamente al seguimiento de Cristo Jesús es algo indiscutible, aun cuando su significado y su práctica dependan de cada concreta situación. Que la vida religiosa, como forma de seguimiento de Cristo Jesús, suponga e implique tal “opción”, es  también algo  indiscutible. Que en la vida religiosa la “opción por los pobres” se identifique, sin más, con el voto de pobreza, como quieren  y  piensan algunos, es ya más discutible.

En primer lugar, porque los votos no pueden vivirse ni entenderse como compartimentos estancos de vida. Si lo fueran, probablemente seguirían los pobres encarcelados en la celda de la pobreza - voto de pobreza -. En la sala de los afectos - ¡la más cómoda! - estarían los convidados de honor - voto de castidad -. En el “tribunal escatológico” estarían sentados los verdaderos señores: ¿institución, superiores, “perfección”, fama? - voto de obediencia -.

En segundo lugar, porque la “opción por lo pobres” debe configurar la vida religiosa entera -pobreza, castidad, obediencia - de todos los religiosos y religiosas - y no sólo de quienes trabajan más directamente con los pobres - como configuró la de Cristo Jesús, el Crucificado entre los crucificados, el resucitado que abrió la “puerta del infierno” a los crucificados, el que vivió  y vive para siempre en un des-vivirse por los pobres.

Por lo que más respecta directamente al voto de pobreza, tal vez sea éste uno de los votos con los que menos se sabe qué hacer [xxiii] . Tan notorio es el desconcierto, que un religioso jesuita que destaca por la radicalidad de su “opción por los pobres” en el primer mundo, y por su lucidez teológica, Toni Catalá, llega a afirmar: “Por mucho que nos duela, ya que de momento no sabemos dar otro nombre a este voto, me imagino que en el futuro encontraremos otro nombre que no enmascare nuestra realidad” [xxiv] . En todo caso, sugerimos algunos puntos que pueden ayudar en la reflexión sobre este voto y en su relación con la “opción por los pobres”.

El voto de pobreza, en la concreta realidad de una gran mayoría de congregaciones religiosas, no se identifica con la pobreza sociológica. Por eso dice Catalá: “Nos tenemos que decir bien claro que los pobres no somos nosotros. Si no nos lo decimos, nos mentimos, y entonces las palabras ya no dicen nada” [xxv] .

Ni siquiera la  inserción geográfica en la periferia convierte a los religiosos o religiosas en pobres con los pobres. No pocas veces, al entrar en una casa religiosa de la periferia, se tiene la impresión de cambiar, por arte de magia, ¡o de un control automático!, de distrito. Incluso en las casas más populares, normalmente, es muy escaso el riesgo de vida. A la hora de precisar, se sabe a dónde y a quién recurrir. Y ahí queda claro quiénes son o no son los pobres.

El voto de pobreza no parece pueda reducirse o identificarse con la austeridad de vida, aun contando con ella. Aun viviendo austeramente, es posible la falta de austeridad y de misericordia: economizo, sí, pero no comparto. ¡Acumulo!

El voto de pobreza, finalmente, no debe reducirse ni identificarse tampoco con el trabajo pastoral al lado de los pobres. Lo cual, además de convertir el voto de pobreza en el voto de algunos - los que trabajan con los pobres - o de dispensárselo a la gran mayoría de los religiosos - los que no trabajan con los pobres -, puede convertirlo en un peso  todavía mayor para los pobres.  O, peor aún, además de fardo pesado, en instrumento útil en nuestra vida: cuidando de los pobres, además de bien vistos por el mundo - en cierta clase de cuidados -, ganamos puntos ante Dios. Actuamos, pues, no por ellos mismos, que ni lo merecen. Fazemos por deus ou a deus (seja lá qual for!) Es terrible constatar cómo se trafica con el dolor y el sufrimiento de los demás. Con el peso de su propia vida, tienen incluso que soportarnos ellos a nosotros, sirviendo de escala que nos lleva a Dios. Peor aún, cuando se trata de tráfico religioso travestido de cristiano. Vale aquí la advertencia de González Faus: “El vaso de agua dado al pobre no puede llegar a Cristo sin haber antes llegado a la sed de dicho pobre” [xxvi] .

El voto de pobreza debe vivirse  y entenderse bajo un doble aspecto: como  un asumir  nuestra condición creatural - no somos Dios - y pecadora - luchamos contra Dios -,  y como un asumir el camino de Cristo Jesús, “que pasó haciendo el bien” (Hch 10,38). Uno y otro aspecto solamente son posibles dentro de una proximidad - no simplemente geográfica - a los pobres de este mundo. Ellos nos devuelven a nuestra condición creatural;  y nos revelan, con su simple presencia, nuestra condición de pecadores. Pero nos dicen, además, lo que se ha de hacer, sentir y pensar en el camino; ellos mismos son camino. La proximidad a ellos permite vivir “la pobreza evangélica como aceptación de la propia limitación y precariedad junto con la posibilidad de aliviar sufrimiento” [xxvii] . Y ahí es donde austeridad, inserción y trabajo directo con los pobres hunden sus verdaderas raíces.

“Opción” por los pobres hoy

Sabiendo que la vida religiosa es una forma concreta de vivir el seguimiento de Cristo Jesús; que tal seguimiento implica y exige “la opción por los pobres”; que ambas cosas - seguimiento y “opción por lo pobres” - son realidad concreta, histórica y real, resta todavía una pregunta: ¿cómo vivirlos hoy?

La pregunta por el hoy de la “opción  por los pobres” implica una  percepción real  - en todos los sentidos de ver, oír, pensar, tocar - de los pobres reales, así como una percepción y vivencia reales del carisma de cada congregación.

Por lo que respecta a la percepción real de los pobres reales, habrá que vencer tanto la tentación de espiritualizar a los pobres - pobres espirituales [xxviii] cuanto la tentación de la omnisciencia, que nos indispone para acercarnos a los pobres reales y a su mundo real (conocimiento previo de los pobres y de la pobreza).

Debemos permitir que los pobres mismos nos digan - con su vida, no sólo con sus palabras - quiénes son y cómo es su mundo. Lo cual supone un desinstalarnos de nosotros mismos, un abrirnos a ellos. Tal actitud, además de respetuosa y honesta, nos libera de la tentación de espiritualizar o idealizar - positiva o negativamente - a los pobres y a su mundo. Los pobres son lo que son y no lo que imaginamos o queremos que sean. Su mundo es complejo y plural. Aun siendo la pobreza económica la expresión límite del empobrecimiento y la exclusión, hay otras formas de empobrecimiento y exclusión: social, política, religiosa, sexual, étnica... La realidad del pobre no puede reducirse a una única dimensión, cual si las otras fuesen o no fuesen sino privilegio de los no pobres.

Por lo que respecta a la percepción y vivencia reales del carisma de cada congregación religiosa, es preciso superar todo tipo de fundamentalismo e idealismo. Fidelidad al carisma no significa repetición ni imitación. Nadie está llamado a imitar a nadie. Nadie tiene vocación de papagayo. El carisma de una congregación no se identifica, sin más, con su configuración histórica en los orígenes, aun cuando sólo se tenga acceso a dicho carisma a través de su configuración histórica inicial. El “espíritu” tampoco se identifica con la “letra”, aun cuando se materialice en ella. Permítasenos un ejemplo aclaratorio: el hábito franciscano. Evidentemente,  no es el mismo del siglo  XIII. Si en Francisco era signo de radical cercanía a los  pobres de Asís, hoy, en una periferia, en una favela, en un arrabal... tal vez sea lo contrario. La “letra” - el hábito - puede ser la misma; el “espíritu” - la radical cercanía a los  pobres- no. Otro ejemplo, más complejo y hasta más polémico: las “obras” de las congregaciones (colegios, hospitales...). Aun siendo su letra la misma, ¿tienen el mismo espíritu que en los orígenes? La razón fundamental por la que tantas congregaciones mantienen sus colegios, hospitales, etc., en su gran mayoría particulares, ¿es la misma de los orígenes? ¿No es, en última instancia, una razón empresarial travestida de religiosa? Hay que ser realistas y honestos con nosotros mismos y con los demás. Solamente la verdad libera.

Más aún: un carisma es tal en cuanto seguimiento de Cristo Jesús; y en éste los pobres ocupan un puesto central: Por tanto, hay que  preguntarse de continuo por la centralidad de los pobres en la vivencia de dicho carisma. Y digo centralidad. No simplemente de asistencia filantrópica.

De suerte que, por una u otra razón, la “opción por los pobres” pasa hoy, en primer lugar,  por una actitud de realismo en el seguimiento de Jesús: de realismo en el pecado y en la gracia. Y tal realismo - como exigencia de la “opción por los pobres” - no es, teológicamente, sino una participación en el misterio de la Encarnación de Cristo Jesús: encarnarse - tomar carne - en el mundo de los pobres; incluso, y si se quiere, participar en el misterio kenótico de Cristo (Flp 2, 5-11). Se trata, pues, de un “sentir y pensar” (Flp 2, 5) activos, configurados por la realidad - o más bien por lo contrario a la realidad - y configuradores, a la vez, de esa misma realidad (en fidelidad al Padre y a su reinado). El dato fundamental de la fe  - “la Palabra se hizo carne” - que expresa la voluntad y decisión de hacerse Dios visible, constituye “el paradigma decisivo para la  fe, para la Iglesia y  para  la teología” [xxix] . Lo cual tiene serias consecuencias en orden a asumir con realismo la “opción  por los pobres”.

Hacerse cargo del mundo

En primer lugar, encarnarse en el mundo de  los pobres es sentirse responsable ante él, encargarse de él. Lo que ahí tiene lugar, me pide respeto.  Más aún: en cierta  manera, tiene lugar dentro de mí mismo. No puedo ser ajeno, o lavarme las manos ante lo que acontece con los pobres. Ni puedo reaccionar de cualquier manera. En el seguimiento de Jesús, la única forma de reaccionar ante el sufrimiento es la misericordia: reacción solamente motivada y justificada por el sufrimiento ajeno interiorizado [xxx] . Encarnarse significa, pues, “llevar a cabo una misión, anunciar la buena noticia del reino de Dios, iniciarlo con signos de todo tipo y denunciar la espantosa realidad del anti-reino” [xxxi] .

Y aquí no hay recetas. Cada realidad es lo que es, y exige su tipo de reacción. Se imponen, pues, la creatividad y  la profecía, dones del Espíritu de Cristo Jesús. Lo acertado en una situación puede no serlo en otra. Una metodología puede funcionar bien aquí, pero no allí. La mayor necesidad de una persona o de un grupo puede no serlo de otra persona u otro grupo. Hay que caminar, abrir caminos, ser camino...

Cargar con el mundo

En segundo lugar, encarnarse en el mundo de los pobres es cargar con dicho mundo. Lo cual  no significa ni masoquismo, ni místico deseo de identificación con el crucificado, ni euforia revolucionaria, sino simplemente una consecuencia de encarnarse en su mundo. Asumir realmente la realidad y la causa de los pobres tiene sus consecuencias: que lo diga la vida de Jesús y de sus mártires.

El mundo de los pobres es durísimo y pesado. Y ahí es donde más especialmente se hace sentir con toda su fuerza y su  perversidad el pecado como realmente mortal. Encarnarse en este mundo es, de alguna forma, cargar con él. Quien haya tomado o tome ya parte en este mundo sabe bien lo que eso significa. No pocas veces se tiene la sensación de que Satanás no  ha sido vencido; de que, cuanto más se reza, más oscuro parece el horizonte. La impotencia, la frustración, la desesperanza, la rebeldía... son algo que se deja sentir. Y  no vale simplemente decir que “Jesús salva”, o  que “Jesús te ama”... Aquí, las más de las veces, sólo se consigue gritar o murmurar: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34). Y eso sin hablar de conflictos, de persecuciones, de amenazas y hasta de muerte.

Dejarse cargar por el mundo

Finalmente, encarnarse en el mundo de los pobres es dejarse cargar por él. En última instancia, y contra toda evidencia, este mundo es un mundo agraciado por Dios. Dios está ahí. Díganlo Jesús y los pobres. Puede muy bien ilustrar lo que queremos decir el siguiente hecho. En 1967 tuvo lugar en Münster (Alemania) un encuentro entre el filósofo checo, Milan Machovec, y los teólogos Karl Rahner y Johann Baptist Metz. Al finalizar el coloquio -y recordando una palabra  de Adorno: “Después de Auschwitz ya no  hay  poesía” - Machovec preguntó a Metz si podía haber todavía oraciones para los cristianos, después de Auschwitz. A lo que respondió Metz: “Podemos, sí, rezar después de Auschwitz porque se rezaba en Auschwitz” [xxxii] . Merece destacarse el  por qué “insistir en ese dejarse agraciar, dejarse cargar, puesto que todo dejarse encierra siempre su peligro de hybris, de arrogancia de  los humanos” [xxxiii] .

Si antes rehuimos toda romántica idealización de los pobres, acentuando la fuerza y la capacidad mortífera del pecado, ahora alzamos la voz contra la satanización de este mundo. Hay en él muchos valores. No somos los buenos, los de Dios, quienes vamos a los malos, a los del diablo. Ya antes de llegar nosotros, Dios está ahí, nos habla y nos guía partir de ahí. Y el  primero y más fundamental signo de la presencia de Dios en el mundo de los pobres y de la fidelidad de Dios es la lucha por la vida. En vivir y dar vida se irradia la santidad en su nivel primario y más fundamental [xxxiv] . Y esta santidad es la que nos convierte, nos salva y nos redime.

Los pobres son nuestros jueces y señores

El mayor mérito de la teología de la liberación ha  sido, sin duda ninguna, ayudar a toda la Iglesia a redescubrir y reasumir la densidad teológica de los pobres. En ellos, y en la medida en que por su encarnación asumió toda carne humana - a partir de la carne crucificada - sigue Dios rechazado y crucificado; ellos revelan, con su simple existencia, el pecado del mundo; ellos son los destinatarios privilegiados del reinado de Dios; ellos son el clamor, la palabra y la llamada más auténtica de Dios a la conversión del mundo. Y ellos son los preferidos de Dios. Él los ama más que a los demás que dan la vida por supuesta.

Y los ama así, no por méritos personales -piedad, sencillez, bondad-, sino simplemente por la situación en que se encuentran. Por un acto de justicia. El Dios de Jesús no es imparcial. Ni podría serlo, con miras incluso a la igualdad. En un mundo donde la balanza se inclina siempre hacia el lado más fuerte, para que haya verdadera igualdad es preciso  privilegiar al lado más débil. Donde hay, efectivamente, dos pesos, tiene que haber también dos medidas.

El Dios de Jesús toma partido por los pobres. Y a partir de ahí es como se aproxima y salva a los que no somos pobres. Su reinado está dirigido a los pobres; y sólo a través de ellos llega a los demás y se torna universal. Es decir: sólo nos afecta en la medida en que, de una u otra forma, comulgamos con el destino de los pobres.

El mundo, la Iglesia y, en ella, la vida religiosa serán juzgados por lo que hayan hecho o no en favor de los pobres (cf. Mt 25, 40. 45).

La identidad cristiana de la vida religiosa, su legalidad, su eficacia..., se miden , no por su  crecimiento, su cohesión interna o el éxito de sus actividades, ni siquiera por la cantidad e intensidad de sus prácticas religiosas, sino por su capacidad de convertir a los religiosos y religiosas en buenos samaritanos de los pobres de este mundo. Ellos son sus jueces, nuestros jueces; ellos tienen la última palabra sobre la vida religiosa, como  tienen sobre el mundo.

Y son jueces por elección del mismo Dios, que  los hizo, en expresión de San Gregorio de Nisa (335-394), su “representación” en  la tierra. “He ahí por qué el Señor, en su gran bondad, les prestó su identidad a fin de que, así, conmuevan a los duros de corazón y enemigos de los pobres... Los pobres son los dispensadores de los bienes que esperamos, los porteros del reino de los cielos, los  que lo abren a los buenos y lo cierran a los malos e inhumanos. Y ellos son, a su  vez, duros acusadores y excelsos defensores. Y defienden  y acusan, no por lo que dicen, sino por el mero hecho de ser tomados en consideración por el Juez. Todo cuanto se haga por ellos clama, ante quien conoce los corazones, con una voz más fuerte que la de un pregonero” [xxxv] .

 

                                                                       [Traducido  del portugués por M. Díez Presa]

Notas

Profesor de Teología. Miembro de la Comisión de Pastoral de la Tierra. Este texto vio la luz en la revista Convergência, de Brasil. Agradecemos las facilidades recibidas para su reproducción.

[i] (Nota de la redacción) Las obras citadas por el autor aparecen normalmente en portugués. Incluimos a su lado alguna edición en castellano cuando ésta nos consta, indicando editorial y año (*).

[ii] Cf., a este  propósito, Boff, Clodovis.- Pixley, Jorge. Opçâo pelos pobres. Petrópolis: Vozes, 1987 (*Madrid: Paulinas, 1986); Fabris, Rinaldo. A opçao pelos pobres na Biblia. Sâo Paulo: Paulinas 1991 (*Estella: Verbo Divino, 1992); Vigil, José María. (ed) Opçâo  pelos pobres hoje. Sâo Paulo: Paulinas, 1992 (*Santander: Sal Terrae, 1991).

[iii] Encontramos varias posibilidades de traducción de esta expresión: re-poner, re-proponer, re-trazar, re-establecer, re-exponer, entre otras más. Por no parecernos suficiente ninguna de ellas, mantendremos la versión original del texto español: replantear. Esos diversos sinónimos con la definición que del término da el autor, permiten su comprensión.

[iv] Catalá, Toni. Seguir a Jesús en pobreza, castidad y obediencia desde los excluidos. Vitoria-Gasteiz: Cuadernos Frontera, 1997, 9.

[v] Catalá, Toni. Discernimiento y vida cotidiana. Barcelona: Cristianisme i justicia (Cuadernos EIDES), 1997, 5.

[vi] Catalá, ib. 3.

[vii] La discusión sobre lo histórico  o no histórico en la vida de Jesús e, incluso, sobre lo que se entiende por histórico, es discusión compleja y no es ésta la ocasión de abordarla. Nos limitamos a sugerir cierta bibliografía sobre el tema: Zuurmond, Rochus. Procurais o Jesus histórico? Sâo Paulo: Loyola, 1998; Gnilka, Joachim. Jesus de Nazaré: Mensagem  e   historia. Petrópolis: Vozes, 2000 (*Barcelona: Herder, 1993); Fabris, Rinaldo. Jesus de Nazaré: História e interpretaçâo. Sâo Paulo: Loyola, 1988 (*Salamanca: Sígueme, 1998);  Sobrino, Jon. Jesus, o  libertador: A história de Jesus de Nazarè.  Petrópolis: Vozes, 1996 (*Madrid: Trotta, 2001); González Faus, José Ignacio. Acesso a Jesus: Ensaio de teologia narrativa. Sâo Paulo: Loyola, 1981 (*Salamanca, Sígueme).

[viii] González Faus. Ob. cit. 36.

[ix] Sobrino. Ob. cit. 107.

[x] Jeremías, Joachim. Teologia do Novo Testamento: A pregaçao de Jesus. Sâo Paulo: Paulinas, 1977, 154 (*Salamanca: Sígueme).

[xi] Ib. 181.

[xii]   En Sobrino, ob. cit. 105-121, puede encontrarse una visión sistemática y de conjunto sobre las vías de acceso a la realidad del reinado del Abba y su tratamiento en las cristologías actuales.

[xiii] Jeremías. Ob. cit.179.

[xiv] González Faus. Ob. cit. 36.

[xv] . Dice Catalá (cf. Ob.cit. 38s): “Insisto en que se puede tener una correcta y ‘ortodoxa’ confesión de fe y un planteamiento teológico liberador en su formulación. Pero podemos generar modos de estar en la vida de seguimiento muy poco discernidos y, por lo tanto, con consecuencias muy poco o nada evangélicas”.

[xvi] Ib. 44.

[xvii] Ib. 43.

[xviii] Ib. 57.

[xix] Sobre este aspecto ha insistido  mucho Gustavo Gutiérrez. “La base de tal opción es la gratuidad del amor de Dios. Y  tal es el fundamento último de la preferencia... Se trata de una opción teocéntrica y profética, que hunde sus raíces en la gratuidad del amor de Dios v por ella viene requerida”. (Gutiérrez Gustavo. Onde dormirâo os pobres? Sâo Paulo: Paulus, 1998).

[xx] Tal aspecto es, para Vigil, una cuestión pendiente y todo un desafío a la teología actual: “Tiempo ha... que se registra una tendencia a resituar la opción por los pobres en la línea de la gratuidad de Dios, prescindiendo  -puesto que su negación explícita sería imposible- de su fundamentación en la justicia de Dios. Imperceptiblemente, por ese camino, se va en dirección a una opción por los pobres que representa una simple preferencia de Dios, no una parcialización insobornable que Dios no puede dejar de adoptar cuando se trata de justicia. El lenguaje de la gratuidad actúa como una suavización de la opción por los pobres, un ocultamiento de sus rasgos más característicos,  una conciliación con quienes se niegan a definirla como simple opción o amor preferencial”. (Vigil, José María. ‘Opçâo pelos pobres e trabalho da teologia’, en Susin, Luiz Carlos (ed) Sarça ardente. Teologia na America Latina: Prospectivas.  Sâo Paulo: Paulinas, 2000, 297-307; cit.300).

[xxi] Catalá, Toni. Salgamos a buscarlo fuera de la ciudad: Notas para una teología y espiritualidad desde el cuarto mundo. (A modo de manuscrito), 4. [Edición en Santander: Sal Terrae 1992]

[xxii] Sobrino.  Ob. cit. 126.

[xxiii] Catalá, Seguir a Jesús en pobreza..., 46.

[xxiv] Ib. 46

[xxv] Ib. 47

[xxvi] González  Faus, José Ignacio. La  humanidad nueva:  Ensayo de Cristología II. Santander: Sal Terrae, 1979, 646.

[xxvii] Catalá.  Ob. cit. 49.

[xxviii] No se olvide que,  incluso cuando la Escritura habla de “pobre espiritual” (Mt 5, 3; Gal 4, 9;  Apoc 3, 17), la expresión griega utilizada  para designar a los pobres es  ptochos, del verbo ptosso: agacharse, someterse, encogerse. Lo “espiritual” aquí, no anula al pobre, sino que lo cualifica.

[xxix] Sobrino, Jon. ‘Teologia e realidade’, en Susin, Luiz Carlos (ed). Terra  Prometida: Movimento social, engajamento cristâo e teologia. Petrópolis: Vozes, 2001, 277-309; cit. 287.

[xxx] Sobrino, Jon. ‘Igreja Samaritana e princípio misericórdia’, en O princípio misericórdia: Descer da cruz os povos crucificados. Petrópolis: Vozes, 1994, 31-45 (*Santander: Sal Terrae, 1992).

[xxxi] Ib. 31.

[xxxii] Metz, Johann Baptist. Para além de uma religiâo burguesa. Sâo Paulo:Paulinas, 1984, 27s (*Salamanca: Sígueme, 1982).

[xxxiii] Sobrino, Jon. ‘Teologia e realidade’, loc. cit. 307.

[xxxiv] Cf  Sobrino, Jon. ‘Reflexôes a própósito do  terremoto de El Salvador’, Convergência 340 (2001)

110-118. (Existen abundantes ediciones en castellano)

[xxxv] Cf. González Faus, José Ignacio. Vigários de Cristo: os pobres na teología e na espiritualidade cristâ - Antologia comentada. Sâo Paulo: Paulus, 1996, 23 (*Madrid: Trotta, 1991).

 

Réf.: VIDA RELIGIOSA, marzo-abril 2004, vol. 96, pp. 25-39.