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Francisco
de Aquino Júnior* - Presbítero.
Limoeiro do Norte (CE-Brasil) En
primer lugar, por tratarse de una cuestión
central y decisiva - incluso escatológica (cf. Mt 25,31-46)
- en el seguimiento de Jesús a quien confesamos como Cristo.
Ser cristiano es vivir como vivió Jesús y de
lo que él vivió. La vida de Jesús
fue un constante y progresivo des-vivirse para que vivir pudiesen
los pobres. Y ello en obediencia y fidelidad al Padre. ¿Qué otra
alternativa cabría, pues, a quienes siguen el camino de
Jesús? En segundo lugar, por ser testigos del gran bien que
la vida religiosa ha proporcionado a los pobres de este mundo,
pese a tantos y tantos males. Son multitud los hermanos y hermanas
- con tantos y tan diversos carismas - que se
dedican a los pobres y a sus luchas, que asumen su causa, pero
que se ven no pocas veces incomprendidos - incluso dentro de la
misma comunidad religiosa - calumniados, perseguidos, hasta asesinados.
Más aún. Existen comunidades enteras que se entregan
a los pobres y se dejan configurar por ellos. Contamos, incluso,
con instituciones que se dedican por entero a los pobres, como,
por ejemplo, la Universidad Centroamericana de los Jesuitas en
El Salvador. En
tercer lugar, porque ante la ausencia y el lamento evangélico de no pocos compañeros y amigos religiosos
y religiosas, nos percatamos de cuán distanciado se ha la
vida religiosa, en estos últimos años, de los empobrecidos
y excluidos y, consiguientemente, del Dios de Jesús. Es
impresionante - por no decir blasfemo, que sería más
exacto - cómo pueden vivir y configurar tantas y tantas personas “una
forma de vida” en la que no encuentren los pobres y sus sufrimientos
más atención que la de unos discursos retóricos
y abstractos - ¿como descargo de conciencia? - y se atrevan
a calificar de cristiana tal “forma de vida”. Dichas
razones traspasan las fronteras de lo personal: algo que deseamos
dejar claro desde el principio. Aun habiendo vivido casi seis
años con religiosos durante los estudios
teológicos en Belo Horizonte y habiendo trabajado siempre
con religiosas y religiosos, el hecho de no ser religioso sitúa
nuestra reflexión “fuera
de la vida religiosa”. No obstante, puesto que la “opción
por los pobres” es una realidad central en la fe cristiana,
y la vida religiosa es “una forma” de vivir la fe cristiana,
creemos que la distancia entre nosotros no es tan grande como pudiera
parecer a primera vista y que la gente puede entenderse “en
casa”. Por
otra parte, en estos últimos tiempos, se
ha hablado mucho de “refundación” de la vida
religiosa. No vamos a entrar ahora en discusiones. Pero eso de
refundación no deja de ser una ambigüedad. No sólo
por ese ingenuo lirismo que niega el pasado y construye un presente
sin raíces ni fundamentos -“refundación” puede
oler a fundación - sino también por fomentar una
cierta visión idealista de los orígenes, una especie
de paraíso profanado. Creemos preferible hablar de
replanteamiento
[iii]
. “Replantear es mirar lúcidamente
nuestras tradiciones, ver lo que está pasando y cómo
nos volvemos a resituar en fidelidad al carisma y a nuestro momento actual”
[iv]
. En todo caso, lo que ahora interesa es tomar conciencia
de que “refundación”, “retorno a
las fuentes”, o “replanteamiento” de la vida religiosa
sólo es algo viable a partir de esa realidad que da origen y fundamento
y que constantemente vigoriza tanto la vida religiosa - nuestros diversos
carismas - como las demás formas de vida cristiana: la vida, muerte
y resurrección de Cristo
Jesús continuadas por la comunidad de quienes profesan la fe en
Jesús y viven la fe de Jesús. Cierto
que no puede pensarse ni vivirse la fe cristiana desvinculada
de las formas concretas que va adoptando a través
de la historia. Pero no es menos cierto que hay una realidad más
central y más fundamental como criterio constante de discernimiento
de todas esas configuraciones históricas: “Jesús
de Nazaret es confesado por las Iglesias cristianas como el Ungido
de Dios, el Cristo de Dios. Tal confesión de fe supone,
para todo creyente cristiano, que el vivir, morir, y vivir para
siempre de Jesús es la referencia normativa de todo acceso
a la Divinidad. Para el creyente cristiano, todo lo de Dios tiene
que ver con Jesús; y Jesús tiene que ver con todo
lo de Dios. Quien se proclama cristiano, está refiriéndose
a Jesús de Nazaret, el Ungido de Dios”
[v]
. En
una palabra, Cristo Jesús es el criterio
absoluto de discernimiento de la vida cristiana. Discernimiento
que debe entenderse aquí bajo un doble aspecto o como una
doble tarea: “como un poner en “crisis” o someter
a “prueba” nuestro hablar y
sentir sobre Jesús, para no caer en ilusiones o alucinaciones
meramente subjetivas y, por tanto, irreconocibles para la comunidad
cristiana; y como un “pleitear” o someter a juicio nuestra
forma de ser y de estar en la vida, ya que no pocas veces el lenguaje
es falaz y enmascarador de la realidad”
[vi]
. Evidentemente,
no tenemos una biografía de Jesús.
La Biblia no es un libro de historia, en el sentido moderno de
esta palabra
[vii]
. Es un libro de fe. Recoge y expresa, con su
lenguaje propio, la experiencia de Dios vivida primeramente por
Israel y, en el “final
de los tiempos”, por Jesús y por los con-Jesús. Su objetivo
no es informar periodísticamente sobre episodios de la vida de Jesús,
sino - como bien dice el apóstol Juan - animar la fe
en Cristo Jesús y el estilo de vida que brota de esa raíz (cf.
Jn 20,31). Sin
embargo, y aunque no tengamos una biografía
de Jesús, el testimonio de la fe de las primeras comunidades
cristianas, recogido en las Sagradas Escrituras, nos prohíbe “crear
a Jesús” a nuestra “imagen y semejanza”. A no ser que, previa y descaradamente, queramos negar
en Jesús una realidad objetiva e independiente
de nuestro gustos e intereses. Y como no hay acceso a dicha realidad
más que a través de quienes nos precedieron en la
fe, o bien acogemos su testimonio, o nos callamos por completo,
o -negando la realidad objetiva a Jesús- construimos una
imagen y un discurso como para camuflar o legitimar intereses,
normalmente ajenos al Evangelio. Según las Escrituras, hay dos realidades indiscutiblemente
centrales y definitivas en la vida de Jesús: su confianza
en y su obediencia a un Dios Abba, y un total des-vivirse,
hasta las últimas consecuencias, por el reinado de
ese Dios Abba en este mundo. No son, no, realidades paralelas
o yuxtapuestas. Todo lo contrario: “El reino da razón
de ser de Dios como Abba, y la paternidad de Dios da
fundamento y razón de ser del reino”
[viii]
. Con otras palabras, la práctica misericordiosa
de Jesús -reinado de Dios- revela un Dios bondadoso y misericordioso
(Padre); y solamente un Dios bondadoso y misericordioso (Padre) puede generar
bondad y misericordia, es decir, reinado de Dios. El
anuncio y la realización del reinado de Dios
constituían el centro de la vida de Jesús. “No
sólo no se predicó a sí mismo; tampoco para él
fue Dios simplemente, y sin el “reinado de Dios”, la
realidad última”
[ix]
. Jesús vivió en función de dicho
reinado, que no es sino la soberanía real de Dios, la realización
de su justicia. Y justicia, en la mentalidad israelítica, a
diferencia de la imparcialidad (¡?) occidental, significa esa “protección
que el rey extiende sobre los desamparados, los débiles y los pobres, sobre las viudas y los huérfanos”
[x]
. ¡Es parcial! Si
el reinado de Dios significa, pues, realización
de su justicia, y ésta
aparece orientada hacia las víctimas, es evidente que el
reinado de Dios se dirige fundamentalmente a las víctimas.
Jeremías, exégeta alemán, llega a afirmar
que “pertenece a
los pobres”
[xi]
. Y si es así, nos afecta -
a los que no somos o no vivimos como pobres - solamente en la
medida en que comulgamos, de alguna manera, con la vida y el destino de los
pobres. Volveremos después sobre esta cuestión, polémica
y fundamental. Pero, ¿en qué consiste, concretamente,
este reinado de Dios? Jesús nunca lo definió conceptualmente.
En vez de definirlo, realizó signos y adujo parábolas,
señalando ya su proximidad, su presencia, su realización
[xii]
. Tal
llegada del reinado de Dios devolvía creatividad
a las víctimas de parálisis, libertad a los cautivos
y a los posesos del demonio, y creaba comunidad con los excluidos.
Es caso típico el del geraseno (Lc 8, 26-39): pasa el “grito” a
la “palabra”, de la “auto-lesión” a
la “auto-estima”, del “cementerio y el sepulcro” a
la “aldea”, de las “cadenas” a “estar sentado
y vestido”. Y no menos típico es el caso de la comensalidad
de Jesús con los “pecadores” o excluidos (Mc
2, 15-17; Lc 7, 36-47; etc.). Para comprender aquí tal significado,
hay que tener presente que “en Oriente recibir a alguien
como comensal sigue significando hasta
hoy un honor, que quiere decir oferta de paz, de confianza, de
fraternidad, de perdón, de comunión de vida... En
el judaísmo, concretamente, comensalidad es comunión
en presencia o a la vista de Dios..., participación en la
bendición que el dueño de la casa pronuncia
sobre el pan antes de partirlo”
[xiii]
. El
reinado de Dios, como realización de su justicia,
siempre partidaria, era una Buena Nueva para los pobres: garantía
de vida, libertad y protección, ruptura con la lógica
de exclusión, restauración de la comunión.
Rompía dependencia y creaba comunión. Pero
nunca tal anuncio-realización fue tranquilo.
Las fuerzas del “anti-reino” nunca tardan. Preferían
- ¡y prefieren! - las cadenas, el sepulcro, la distancia...
Para ellas, lo que era - ¡y es! - Buena Nueva para los pobres
era - ¡y es! - mala noticia. Razón por la que el reinado
de Dios siempre fue - ¡y será siempre! - una realidad
profundamente conflictiva, cuyo precio puede ser la vida, como confirma
la Cruz de Jesús. Si,
por un lado, el reino del que habla y hace presente Jesús es siempre, según él
mismo, reino y reinado de Dios, por otro lado, tal reinado revela
a un Dios justo, bondadoso y misericordioso, a quien se llama Abba,
papaíto.
La centralidad del reinado de Dios en la vida de Jesús solamente
puede entenderse, en última instancia, a partir de su experiencia
de Dios como Abba. Y a la inversa: una praxis de bondad
y misericordia no puede sino revelar a un Dios bondadoso y rebosante
de misericordia. Solamente un Dios de bondad y misericordia puede
llevar a una praxis bondadosa y misericordiosa. “La experiencia de tal vinculación Abba-reino...
constituye toda una clave de lo que personalmente transparenta
estar viviendo Jesús, así como todo un horizonte
de lo que Jesús quiso proclamar; y constituye, igualmente,
todo un sentido de ese discipulado que, para Jesús, no viene
a ser sino una introducción a tal experiencia”
[xiv]
. La
Iglesia cristiana es la comunidad de los seguidores de Cristo
Jesús. Su misión es continuar la misión
de Jesús. Es, cabalmente, esa identificación con
la vida y la misión de Jesús la que confiere a la
Iglesia su ser cristiano. Una persona y una comunidad son cristianas
solamente en la medida de su participación en la acción
mesiánica de Jesús. El ser cristiano no pasa, en
primer lugar, por una identificación sociológica
- soy cristiano, católico - ni por una confesión
doctrinal – catecismo -
[xv]
, ni por unas prácticas rituales - misa, rosario,
ayunos... - aun sin negarlas, e incluso implicándolas. Todo esto,
además de periférico, sólo adquiere consistencia y densidad
cristiana como expresión de una vida de seguimiento de los pasos de
Cristo Jesús. En una palabra: somos cristianos solamente en la medida
con que, en obediencia al Padre, participamos en la acción mesiánica
de Jesús o reinado del Abba. Ahí es donde se
juega, se juzga y se mide nuestro ser cristiano. La
vida religiosa no sería, pues, sino una forma
concreta, entre otras muchas, de vivir y seguir a Cristo Jesús.
En principio, ni más ni menos importante, perfecta o santa
que las otras formas. Simplemente, una forma
de vida y de seguimiento en pobreza, castidad y obediencia. Es
el seguimiento el que, cabalmente, confiere realidad y legitimidad
cristianas a los votos. Se
ha de ir, pues, constantemente explicitando el carácter
y los fundamentos cristológicos de los votos. No pueden
ser entendidos ni vividos a partir de sí mismos o de la
congregación. Deben entenderse y vivirse como forma de vida
y de seguimiento de Cristo Jesús. Y, dentro de esta perspectiva, “es
urgente releer los votos (y esto es tarea de todos y todas, y no
sólo de teólogos y teólogas) desde el descentramiento,
desde la abnegación y mortificación (¡palabras
en nuestra cultura horribles y feas!). Es urgente pasar del
ego-centrismo y del comunitario-centrismo al potchoi-centrismo; pasar
a que los pobres (ptochoi) de Jesucristo sean el referente
normativo de nuestra vida religiosa. En este momento no se trata
de que todos y todas tengamos que estar en la misma misión
con ellos... De lo que se trata es de tener todos y todas el mismo
referente común, que no es ideológico, sino radicalmente teológico”
[xvi]
. Dentro de esta perspectiva, el voto de pobreza no
puede ser simplemente una clasificación sociológica o sinónimo de austeridad, ni simple
actividad con o en favor de los pobres; ha de ser una participación
en el despojo y el des-vivirse de Jesús y en su consiguiente encarnación en
la vida y en el mundo de los despojados y los desvividos. El voto
de obediencia no es simple sumisión o servil condescendencia -
por miedo o por cinismo - a los “superiores”, sino
obediencia al Abba de Cristo Jesús y fidelidad a
su reinado de justicia
entre los pobres. El voto de castidad no es, simple, ni
fundamentalmente, renuncia al matrimonio o abstinencia-continencia
sexual, sino vivencia de los afectos y deseos en la libertad del
Espíritu de Cristo Jesús, amando gratuitamente a
todos, preferencialmente a los pobres y a los pequeños. “Cuando
los votos se viven desde el status
confessionis, y no
desde el status perfectionis, y se viven ante el Padre
de nuestro Señor Jesucristo, y no ante un “dios-amo”,
dejan de ser un “ideal” para ser nuestra herida realidad
personal en el seguimiento del Crucificado”
[xvii]
. La
vida religiosa, en expresión de Toni Catalá,
es un camino lleno de peligros y de insidias; pero también
apasionante en el seguimiento de Cristo Jesús. Sus fundamentos
nos vienen ya dados de una vez para siempre. No creamos, pues,
tener que “refundar” la vida religiosa. Creamos, sí,
en el “reto de no olvidar en la vida religiosa apostólica
que no hemos sido llamados y llamadas personas de un barro distinto
al común de los mortales, que no vamos a vivir ninguna perfección,
pero que sí que podemos por pura gracia y fortaleza del
Espíritu, hacer un poco más visible que lo único
que importa en esta historia es ser cauces de Misericordia y que
los pobres de Jesucristo encuentren respiro y dignificación”
[xviii]
. La
revelación de Dios no es tanto comunicación
doctrinal, cuanto acción salvífica y liberadora de
las víctimas. Valoremos, pues, seriamente el hecho de no
tener, en la tradición bíblica, una manifestación
de Dios anterior o al margen de su opción por los
pobres. “Jesús, confesado como Hijo, no es una manifestación
de Dios aislada de la suerte de los excluidos y los sufrientes...
No se manifiesta la divinidad, para optar después, preferencialmente
por los pobres. No hay manifestación superior a las realidades
de la humanidad sufriente”
[xxi]
. En
segundo lugar, se ha de tener claro que para los cristianos,
como seguidores de Cristo Jesús, no se trata
propiamente de una “opción” en el sentido de
poder no optar. Se trata de una condición y una exigencia
radicales, innegociables, fundamentales. El ser cristiano queda,
definitivamente, marcado y constituido por su toma de partido en
favor de los pobres. Es imposible ser cristiano - de verdad - y no tomar partido por los pobres o no
asumir su causa. A no ser que el cristiano nada tenga que ver o
pueda prescindir del mesianismo de Jesús: el reinado
del Abba. En
todo caso, aun cuando el término “opción” fuera
inadecuado para expresar la toma de partido por los pobres que
caracteriza y constituye la identidad cristiana, seguiríamos
utilizándolo aquí - si bien entre comillas - dada la importancia
y tradición que en la Iglesia latino-americana ha tenido
y sigue teniendo dicho término. Pero
no tardó en hacerse sentir, dentro y fuera
de la misma Iglesia - incluso a nivel de discurso - la reacción
ante este nuevo - pero tan antiguo, por lo menos, como el
judaísmo y el cristianismo- modo de ser Iglesia. Como no
era fácil negar, aquí, la centralidad de los
pobres en la vida de Cristo Jesús – incluso, era imposible
- se comenzó por yuxtaponer adjetivaciones, que, más
que precisar el sentido teológico de “la opción
de los pobres”, acabarían relativizando y suavizando
tal “opción”. Ya
en Puebla, la “opción por los pobres” venía
afirmada como “opción preferencial y solidaria” (1134ss)
y “no exclusiva” (1145, 1165). Se trataba de una acción “correctiva” (¡?).
Y el mismo documento no deja duda a este propósito (cf.
1134). Santo Domingo sigue el mismo procedimiento y consolida la “correción”.
Habla de “opción evangélica y preferencial,
no exclusiva ni excluyente” (178). Pueden,
sí, a primera vista, parecer fecundas
y enriquecedoras tales discusiones y matizaciones; y lo fueron, efectivamente, bajo no pocos
aspectos. Pero, por otro lado, mal lograron disimular su real distanciamiento
de los pobres y de la acción mesiánica de Jesús
y el real compromiso con los poderosos y los poderes de este mundo
por parte de sus incansables defensores. ¡Muy sintomático! En
todo caso tres cosas nos parecen evidentes a partir de la revelación y de la fe cristianas. Se imponen, además,
por la fuerza de su realismo. Son las siguientes: Pobres, según Sobrino,
son “aquellos que no dan la vida como supuesto: los que están
abajo en la historia, oprimidos por la sociedad y segregados de
la misma; no son, pues, todos los seres humanos, sino los de abajo,
y estar abajo significa ser oprimido”
[xxii]
. Por éstos opta,
toma partido, asume su causa - “sin glosas”, diría Francisco de Asís
(Test. 12) - el Dios-Abba de Jesús. A
los seguidores de Jesús no les queda más
alternativa que hacer suya – asumir - la opción de
Dios. Lo cual no significa negación del destino universal
de la salvación (cf. 1 Tim 2, 3-4) ni indiferencia
por la salvación de los ricos y los opresores. Significa
acogida de la salvación aportada por Cristo, el Jesús
de Nazaret, y no auto-salvación o reducción/perversión
de la salvación a las proyecciones/idealizaciones, normalmente
ajenas al Evangelio. La salvación aportada por Cristo Jesús
pasa necesaria y primariamente por la defensa y garantía
de la vida de los pobres, si bien no se reduce a eso. Y no podría
ser de otra manera. Si salvación tiene que ver con vida
nueva “en Cristo” - vida que sólo se realiza
en la comunión con Dios, que asume en el amor y la misericordia
la totalidad de la realidad - supone la garantía y conservación
de la vida en su nivel más primario, en su misma materialidad.
Negar tal materialidad es negar posibilidades de vida en comunión
con Dios, ya que la materialidad de la vida es el nivel más
elemental y fundamental de toda vida en comunión con Dios.
La universalidad de la salvación pasa por la parcialidad
- por los pobres - de su realización histórica. En
primer lugar, porque los votos no pueden vivirse ni entenderse
como compartimentos estancos de vida. Si lo fueran, probablemente
seguirían los pobres encarcelados en la celda
de la pobreza - voto de pobreza -. En la sala de los afectos - ¡la
más cómoda! - estarían los convidados de honor
- voto de castidad -. En el “tribunal escatológico” estarían
sentados los verdaderos señores: ¿institución,
superiores, “perfección”, fama? - voto de obediencia
-. En
segundo lugar, porque la “opción por
lo pobres” debe configurar la vida religiosa entera -pobreza,
castidad, obediencia - de todos los religiosos y religiosas - y
no sólo de quienes trabajan más directamente con
los pobres - como configuró la de Cristo Jesús, el
Crucificado entre los crucificados, el resucitado que abrió la “puerta
del infierno” a los crucificados, el que vivió y
vive para siempre en un des-vivirse por los pobres. Por
lo que más respecta directamente al voto
de pobreza, tal vez sea éste uno de los votos con los que
menos se sabe qué hacer
[xxiii]
. Tan notorio es el desconcierto, que un religioso
jesuita que destaca por la radicalidad de su “opción por los pobres” en
el primer mundo, y por su lucidez teológica, Toni Catalá, llega
a afirmar: “Por mucho que nos duela, ya que de momento no sabemos dar
otro nombre a este voto, me imagino que en el futuro encontraremos otro nombre
que no enmascare nuestra realidad”
[xxiv]
. En todo caso, sugerimos algunos puntos que pueden ayudar
en la reflexión sobre este voto y en su relación con la “opción
por los pobres”. El
voto de pobreza, en la concreta realidad de una gran mayoría de congregaciones religiosas, no se identifica
con la pobreza sociológica. Por eso dice Catalá: “Nos
tenemos que decir bien claro que los pobres no somos nosotros.
Si no nos lo decimos, nos mentimos, y entonces las palabras ya
no dicen nada”
[xxv]
. Ni siquiera la inserción
geográfica en la periferia convierte a los religiosos o
religiosas en pobres con los pobres. No pocas veces, al entrar
en una casa religiosa de la periferia, se tiene la impresión
de cambiar, por arte de magia, ¡o de un control automático!,
de distrito. Incluso en las casas más populares, normalmente,
es muy escaso el riesgo de vida. A la hora de precisar, se sabe
a dónde y a quién recurrir. Y ahí queda claro
quiénes son o no son los pobres. El
voto de pobreza no parece pueda reducirse o identificarse con
la austeridad de vida, aun contando con ella. Aun viviendo austeramente,
es posible la falta de austeridad y de misericordia: economizo,
sí, pero no comparto. ¡Acumulo! El
voto de pobreza, finalmente, no debe reducirse ni identificarse
tampoco con el trabajo pastoral al lado de los pobres. Lo cual,
además de convertir el voto de pobreza en el voto
de algunos - los que trabajan con los pobres - o de dispensárselo
a la gran mayoría de los religiosos - los que no trabajan
con los pobres -, puede convertirlo en un peso todavía mayor para los pobres. O, peor aún, además de fardo
pesado, en instrumento útil en nuestra vida: cuidando de
los pobres, además de bien vistos por el mundo - en cierta
clase de cuidados -, ganamos puntos ante Dios. Actuamos, pues,
no por ellos mismos, que ni lo merecen. Fazemos por deus ou
a deus (seja lá qual for!) Es terrible constatar cómo
se trafica con el dolor y el sufrimiento de los demás. Con
el peso de su propia vida, tienen incluso que soportarnos ellos
a nosotros, sirviendo de escala que nos lleva a Dios. Peor aún,
cuando se trata de tráfico religioso travestido de cristiano.
Vale aquí la advertencia de González Faus: “El
vaso de agua dado al pobre no puede llegar a Cristo sin haber antes
llegado a la sed de dicho pobre”
[xxvi]
. El voto de pobreza debe vivirse y entenderse bajo un doble aspecto: como un asumir nuestra
condición creatural - no somos Dios - y pecadora - luchamos
contra Dios -, y como
un asumir el camino de Cristo Jesús, “que pasó haciendo
el bien” (Hch 10,38). Uno y otro aspecto solamente son posibles
dentro de una proximidad - no simplemente geográfica - a
los pobres de este mundo. Ellos nos devuelven a nuestra condición
creatural; y nos revelan,
con su simple presencia, nuestra condición de pecadores.
Pero nos dicen, además, lo que se ha de hacer, sentir y
pensar en el camino; ellos mismos son camino. La proximidad a ellos
permite vivir “la pobreza evangélica como aceptación
de la propia limitación y precariedad junto con la posibilidad
de aliviar sufrimiento”
[xxvii]
. Y ahí es donde austeridad, inserción y
trabajo directo con los pobres hunden sus verdaderas raíces. La pregunta por el hoy de
la “opción por los pobres” implica una percepción real - en todos los sentidos de ver, oír,
pensar, tocar - de los pobres reales, así como una percepción
y vivencia reales del carisma de cada congregación. Por lo que respecta a la percepción
real de los pobres reales, habrá que vencer tanto la tentación
de espiritualizar a los pobres - pobres espirituales
[xxviii]
cuanto la tentación de la omnisciencia,
que nos indispone para acercarnos a los pobres reales y a su
mundo real (conocimiento previo de los pobres y de la pobreza). Debemos permitir que los pobres mismos nos digan -
con su vida, no sólo con sus palabras - quiénes son
y cómo es su mundo. Lo cual supone un desinstalarnos de
nosotros mismos, un abrirnos a ellos. Tal actitud, además
de respetuosa y honesta, nos libera de la tentación de espiritualizar
o idealizar - positiva o negativamente - a los pobres y a su mundo.
Los pobres son lo que son y no lo que imaginamos o queremos que
sean. Su mundo es complejo y plural. Aun siendo la pobreza económica
la expresión límite del empobrecimiento y la exclusión,
hay otras formas de empobrecimiento y exclusión: social,
política, religiosa, sexual, étnica... La realidad
del pobre no puede reducirse a una única dimensión,
cual si las otras fuesen o no fuesen sino privilegio de los no
pobres. Por lo que respecta a la percepción
y vivencia reales del carisma de cada congregación religiosa,
es preciso superar todo tipo de fundamentalismo e idealismo.
Fidelidad al carisma no significa repetición ni imitación.
Nadie está llamado a imitar a nadie. Nadie tiene vocación
de papagayo. El carisma de una congregación no se identifica,
sin más, con su configuración histórica
en los orígenes, aun cuando sólo se tenga acceso
a dicho carisma a través de su configuración histórica
inicial. El “espíritu” tampoco se identifica
con la “letra”, aun cuando se materialice en ella.
Permítasenos un ejemplo aclaratorio: el hábito
franciscano. Evidentemente, no es el mismo del siglo XIII. Si en Francisco era signo de radical
cercanía a los pobres
de Asís, hoy, en una periferia, en una favela, en un arrabal...
tal vez sea lo contrario. La “letra” - el hábito
- puede ser la misma; el “espíritu” - la radical
cercanía a los pobres-
no. Otro ejemplo, más complejo y hasta más polémico:
las “obras” de las congregaciones (colegios, hospitales...).
Aun siendo su letra la misma, ¿tienen el mismo espíritu
que en los orígenes? La razón fundamental por la
que tantas congregaciones mantienen sus colegios, hospitales,
etc., en su gran mayoría particulares, ¿es la misma
de los orígenes? ¿No es, en última instancia,
una razón empresarial travestida de religiosa? Hay que
ser realistas y honestos con nosotros mismos y con los demás.
Solamente la verdad libera. Más aún: un carisma es tal en cuanto
seguimiento de Cristo Jesús; y en éste los pobres
ocupan un puesto central: Por tanto, hay que preguntarse
de continuo por la centralidad de los pobres en la vivencia de
dicho carisma. Y digo centralidad. No simplemente de asistencia
filantrópica. De
suerte que, por una u otra razón, la “opción
por los pobres” pasa hoy, en primer lugar, por
una actitud de realismo en el seguimiento de Jesús: de realismo
en el pecado y en la gracia. Y tal realismo - como exigencia de
la “opción por los pobres” - no es, teológicamente,
sino una participación en el misterio de la Encarnación
de Cristo Jesús: encarnarse - tomar carne - en el mundo
de los pobres; incluso, y si se quiere, participar en el misterio
kenótico de Cristo (Flp 2, 5-11). Se trata, pues, de un “sentir
y pensar” (Flp 2, 5) activos, configurados por la realidad
- o más bien por lo contrario a la realidad - y configuradores,
a la vez, de esa misma realidad (en fidelidad al Padre y a su reinado).
El dato fundamental de la fe - “la
Palabra se hizo carne” - que expresa la voluntad y decisión
de hacerse Dios visible, constituye “el paradigma decisivo
para la fe, para la Iglesia y para la
teología”
[xxix]
. Lo cual tiene serias consecuencias en orden
a asumir con realismo la “opción por
los pobres”. Y
aquí no hay recetas. Cada realidad es lo que
es, y exige su tipo de reacción. Se imponen, pues, la creatividad
y la profecía, dones del Espíritu
de Cristo Jesús. Lo acertado en una situación puede
no serlo en otra. Una metodología puede funcionar bien aquí,
pero no allí. La mayor necesidad de una persona o de un
grupo puede no serlo de otra persona u otro grupo. Hay que caminar,
abrir caminos, ser camino... El
mundo de los pobres es durísimo y pesado.
Y ahí es donde más especialmente se hace sentir con
toda su fuerza y su perversidad el pecado como realmente mortal.
Encarnarse en este mundo es, de alguna forma, cargar con él.
Quien haya tomado o tome ya parte en este mundo sabe bien lo que
eso significa. No pocas veces se tiene la sensación de que
Satanás no ha
sido vencido; de que, cuanto más se reza, más oscuro
parece el horizonte. La impotencia, la frustración, la desesperanza,
la rebeldía... son algo que se deja sentir. Y no
vale simplemente decir que “Jesús salva”,
o que “Jesús
te ama”... Aquí, las más de las veces, sólo
se consigue gritar o murmurar: “Dios mío, Dios mío, ¿por
qué me has abandonado?” (Mc 15, 34). Y eso sin hablar
de conflictos, de persecuciones, de amenazas y hasta de muerte. Si
antes rehuimos toda romántica idealización
de los pobres, acentuando la fuerza y la capacidad mortífera
del pecado, ahora alzamos la voz contra la satanización
de este mundo. Hay en él muchos valores. No somos los buenos,
los de Dios, quienes vamos a los malos, a los del diablo. Ya antes
de llegar nosotros, Dios está ahí, nos habla y nos
guía partir de ahí. Y el primero
y más fundamental signo de la presencia de Dios en el mundo
de los pobres y de la fidelidad de Dios es la lucha por la vida.
En vivir y dar vida se irradia la santidad en su nivel primario
y más fundamental
[xxxiv]
. Y esta santidad es la que nos convierte, nos salva y
nos redime. Y
los ama así, no por méritos personales
-piedad, sencillez, bondad-, sino simplemente por la situación
en que se encuentran. Por un acto de justicia. El Dios de Jesús
no es imparcial. Ni podría serlo, con miras incluso a la
igualdad. En un mundo donde la balanza se inclina siempre hacia
el lado más fuerte, para que haya verdadera igualdad es
preciso privilegiar al lado más débil.
Donde hay, efectivamente, dos pesos, tiene que haber también
dos medidas. El
Dios de Jesús toma partido por los pobres.
Y a partir de ahí es como se aproxima y salva a los que
no somos pobres. Su reinado está dirigido a los pobres;
y sólo a través de ellos llega a los demás
y se torna universal. Es decir: sólo nos afecta en la medida
en que, de una u otra forma, comulgamos con el destino de los pobres. El
mundo, la Iglesia y, en ella, la vida religiosa serán
juzgados por lo que hayan hecho o no en favor de los pobres (cf.
Mt 25, 40. 45). La identidad cristiana de la vida religiosa, su legalidad,
su eficacia..., se miden , no por su crecimiento,
su cohesión interna o el éxito de sus actividades,
ni siquiera por la cantidad e intensidad de sus prácticas
religiosas, sino por su capacidad de convertir a los religiosos
y religiosas en buenos samaritanos de los pobres de este mundo.
Ellos son sus jueces, nuestros jueces; ellos tienen la última
palabra sobre la vida religiosa, como tienen
sobre el mundo. Y
son jueces por elección del mismo Dios, que los hizo, en expresión de San Gregorio
de Nisa (335-394), su “representación” en la
tierra. “He ahí por qué el Señor, en
su gran bondad, les prestó su identidad a fin de que, así,
conmuevan a los duros de corazón y enemigos de los pobres...
Los pobres son los dispensadores de los bienes que esperamos, los
porteros del reino de los cielos, los que
lo abren a los buenos y lo cierran a los malos e inhumanos. Y ellos
son, a su vez, duros
acusadores y excelsos defensores. Y defienden y
acusan, no por lo que dicen, sino por el mero hecho de ser tomados
en consideración por el Juez. Todo cuanto se haga por ellos
clama, ante quien conoce los corazones, con una voz más
fuerte que la de un pregonero”
[xxxv]
. [Traducido del portugués por M. Díez
Presa]
[ii]
Cf., a este propósito, Boff,
Clodovis.- Pixley, Jorge. Opçâo pelos pobres.
Petrópolis: Vozes, 1987 (*Madrid: Paulinas, 1986); Fabris,
Rinaldo. A opçao pelos pobres na Biblia. Sâo
Paulo: Paulinas 1991 (*Estella: Verbo Divino, 1992); Vigil,
José María. (ed) Opçâo pelos
pobres hoje. Sâo Paulo: Paulinas, 1992 (*Santander: Sal
Terrae, 1991).
[iii]
Encontramos varias posibilidades
de traducción de esta expresión: re-poner, re-proponer,
re-trazar, re-establecer, re-exponer, entre otras más. Por
no parecernos suficiente ninguna de ellas, mantendremos la versión
original del texto español: replantear. Esos diversos
sinónimos con la definición que del término
da el autor, permiten su comprensión.
[iv]
Catalá, Toni. Seguir
a Jesús en pobreza, castidad y obediencia desde los excluidos. Vitoria-Gasteiz:
Cuadernos Frontera, 1997, 9.
[v]
Catalá, Toni. Discernimiento y vida cotidiana. Barcelona:
Cristianisme i justicia (Cuadernos EIDES), 1997, 5.
[vi]
Catalá, ib. 3.
[vii]
La discusión sobre
lo histórico o
no histórico en la vida de Jesús e, incluso, sobre
lo que se entiende por histórico, es discusión compleja
y no es ésta la ocasión de abordarla. Nos limitamos
a sugerir cierta bibliografía sobre el tema: Zuurmond,
Rochus. Procurais o Jesus histórico? Sâo
Paulo: Loyola, 1998; Gnilka, Joachim. Jesus de Nazaré: Mensagem e historia.
Petrópolis: Vozes, 2000 (*Barcelona: Herder, 1993); Fabris, Rinaldo. Jesus de Nazaré:
História e interpretaçâo. Sâo Paulo:
Loyola, 1988 (*Salamanca: Sígueme, 1998); Sobrino, Jon. Jesus, o libertador: A história de Jesus
de Nazarè. Petrópolis:
Vozes, 1996 (*Madrid: Trotta, 2001); González Faus, José Ignacio. Acesso a Jesus: Ensaio de teologia
narrativa. Sâo Paulo: Loyola, 1981 (*Salamanca, Sígueme).
[viii]
González Faus. Ob. cit. 36.
[ix]
Sobrino. Ob. cit. 107.
[x]
Jeremías, Joachim. Teologia
do Novo Testamento: A pregaçao de Jesus. Sâo Paulo:
Paulinas, 1977, 154 (*Salamanca: Sígueme).
[xi]
Ib. 181.
[xii]
En Sobrino,
ob. cit. 105-121, puede encontrarse una visión sistemática
y de conjunto sobre las vías de acceso a la realidad del
reinado del Abba y su tratamiento en las cristologías
actuales.
[xiii]
Jeremías. Ob. cit.179.
[xiv]
González Faus. Ob.
cit. 36.
[xv]
. Dice Catalá (cf. Ob.cit. 38s): “Insisto
en que se puede tener una correcta y ‘ortodoxa’ confesión
de fe y un planteamiento teológico liberador en su formulación.
Pero podemos generar modos de estar en la vida de seguimiento muy
poco discernidos y, por lo tanto, con consecuencias muy poco o
nada evangélicas”.
[xvi]
Ib. 44.
[xvii]
Ib. 43.
[xviii]
Ib. 57.
[xix]
Sobre este aspecto ha insistido mucho
Gustavo Gutiérrez. “La base de tal opción es
la gratuidad del amor de Dios. Y tal es el fundamento último de
la preferencia... Se trata de una opción teocéntrica y
profética, que hunde sus raíces en la gratuidad del
amor de Dios v por ella viene requerida”. (Gutiérrez Gustavo. Onde dormirâo
os pobres? Sâo Paulo: Paulus, 1998).
[xx]
Tal aspecto es, para Vigil,
una cuestión pendiente y todo un desafío a la teología
actual: “Tiempo ha... que se registra una tendencia a resituar
la opción por los pobres en la línea de la gratuidad
de Dios, prescindiendo -puesto
que su negación explícita sería imposible-
de su fundamentación en la justicia de Dios. Imperceptiblemente,
por ese camino, se va en dirección a una opción por
los pobres que representa una simple preferencia de Dios, no una
parcialización insobornable que Dios no puede dejar de adoptar
cuando se trata de justicia. El lenguaje de la gratuidad actúa
como una suavización de la opción por los pobres,
un ocultamiento de sus rasgos más característicos, una conciliación con quienes se
niegan a definirla como simple opción o amor preferencial”.
(Vigil, José María. ‘Opçâo
pelos pobres e trabalho da teologia’, en Susin,
Luiz Carlos (ed) Sarça ardente. Teologia na America
Latina: Prospectivas. Sâo Paulo: Paulinas, 2000, 297-307;
cit.300).
[xxi]
Catalá, Toni. Salgamos a buscarlo fuera de la ciudad: Notas
para una teología y espiritualidad desde el cuarto mundo.
(A modo de manuscrito), 4. [Edición en Santander: Sal Terrae
1992]
[xxii]
Sobrino. Ob.
cit. 126.
[xxiii]
Catalá, Seguir a Jesús en pobreza..., 46.
[xxiv]
Ib. 46
[xxv]
Ib. 47
[xxvi]
González Faus, José Ignacio. La humanidad nueva: Ensayo de Cristología II. Santander:
Sal Terrae, 1979, 646.
[xxvii]
Catalá. Ob.
cit. 49.
[xxviii]
No se olvide que, incluso cuando la Escritura habla de “pobre
espiritual” (Mt 5, 3; Gal 4, 9; Apoc
3, 17), la expresión griega utilizada para
designar a los pobres es ptochos,
del verbo ptosso: agacharse, someterse, encogerse. Lo “espiritual” aquí,
no anula al pobre, sino que lo cualifica.
[xxix]
Sobrino, Jon. ‘Teologia e realidade’, en Susin, Luiz Carlos (ed). Terra Prometida: Movimento social, engajamento
cristâo e teologia. Petrópolis: Vozes, 2001, 277-309;
cit. 287.
[xxx]
Sobrino, Jon. ‘Igreja Samaritana e princípio misericórdia’,
en O princípio misericórdia: Descer da cruz os
povos crucificados. Petrópolis: Vozes, 1994, 31-45 (*Santander:
Sal Terrae, 1992).
[xxxi]
Ib. 31.
[xxxii]
[xxxiii]
Sobrino, Jon. ‘Teologia e realidade’, loc. cit.
307.
[xxxiv]
Cf Sobrino,
Jon. ‘Reflexôes a própósito do terremoto
de El Salvador’, Convergência 340 (2001) 110-118. (Existen abundantes ediciones
en castellano) [xxxv] Cf. González Faus, José Ignacio. Vigários de Cristo: os pobres na teología e na espiritualidade cristâ - Antologia comentada. Sâo Paulo: Paulus, 1996, 23 (*Madrid: Trotta, 1991). Réf.: VIDA RELIGIOSA, marzo-abril 2004, vol. 96, pp. 25-39.
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